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128 pages, Hardcover
First published January 1, 1996
La budeidad no se encuentra en ningún punto de la rueda si no en su centro.
La persona que trata de zafarse del dolor, la persona que trata de deshacerse de el, es, fundamentalmente, una persona que teme al dolor. En consecuencia, el camino ascético no es la solución y tampoco lo es su opuesto, el hedonismo. Así fue como el Buda descubrió la doctrina denominada el “camino medio”.
Mucha gente afirma que la religión le da la seguridad necesaria para soportar la vida, pero el budista, por su parte, afirma que tenemos que acabar con ese tipo de vínculos. Mientras sigamos teniendo la necesidad de aferrarnos a algo, nos hallaremos muy lejos de la verdadera religión. Sólo podemos ser religiosos cuando nuestra cordura y felicidad no dependen de ninguna idea o creencia y podemos desapegarnos de todo. […] Como no hay nada a lo que podamos aferrarnos y tampoco existe “alguien” que pueda aferrarse a nada, la única posibilidad real de la que disponemos es la de soltar […] en cuyo caso uno llega a descubrir algo mucho mejor que la creencia, porque entonces habrá alcanzado lo real, aunque no pueda explicar de qué se trata.
En otras palabras, la construcción de un edificio obliga a erigir un andamio que acabará retirándose al terminar la obra. Bien podríamos decir en este sentido, aue la religion es una especie de andamio. Es posible que para cruzar un río sea necesaria una barca, pero una vez en la orilla no tenemos porque seguir cargando con la barca. El andamio o la barca representan el método o la tecnología religiosa de la que finalmente debemos desprendernos.
La actividad específicamente religiosa se asemeja a “ponerle patas a una serpiente“ porque, al fin de cuentas, cuando cae individuo sea autónomo y capaz de relacionarse con su hermano, la religión, igual que el Estado, resultarán innecesarios.
El único objetivo del diálogo zen entre el maestro y su discípulo, consiste en reducir el absurdo el juego de ser una entidad separada. El hecho de que uno no puede hacer ni dejar de hacer nada para resolver una determinada situación. Supone inexistencia del ego en tanto que entidad separada esta es precisamente la ficción que queda en evidencia cuando se patentiza que uno no puede ni hacer ni dejar de hacer nada, entonces es cuando se revela la ilusión de la creencia de un ego, separado, en tanto el sujeto o objeto del mundo.
Tal vez entonces el discípulo increpe a su maestro diciéndole: “para usted resulta muy fácil serrar la rama que me sostiene, ¿pero qué es lo que me propone en su lugar?”, a lo cual el maestro, que parece una persona normal y feliz sin ningún tipo de concepto al que agarrarse, responde: “no propongo nada”.
Sunya no significa que el mundo y la energía del mundo sean nada, sino que ningún concepto sobre el mundo es válido. Ninguna idea, creencia, doctrina, sistema, o teoría pueden contener al universo.
El hecho de meditar no tiene nada que ver con reflexionar hasta hallar una respuesta intelectual, si no contemplar más de cerca el sujeto que hace la pregunta.
Es imposible separar El poeta de la luna sin destruir el universo, al igual que es imposible separar la cabeza de los pies sin destruir el cuerpo.
Desde el punto de vista oriental, la sensación de ser un ego separado encerrado en el interior de un saco de piel e independiente del resto del mundo no es más que una alucinación. Nuestro ser más íntimo es la energía misma del universo jugando al juego de ser cada uno de nosotros.
[…]Seguir atado a la rueda de la vida es creer que positivo y negativo son opuestos, y que uno puede existir separado del otro. Pero ésa no es más que una ilusión ya que sólo es posible saber “lo que es” cuando lo contrastamos con “lo que no es”. La cara de una moneda implica la existencia de la ceca.
[…]Detrás de todos los colores del espectro luminoso se encuentra la luz blanca. En un sentido figurado, detrás de todo lo que experimentamos, detrás de todas las diversas sensaciones de sonido, color, forma y tacto, existe una especie de luz blanca que subyace a todas las sensaciones. Cuando uno explora sus sensaciones y trata de reducirlas al sentir básico, está en camino de alcanzar la realidad y de actualizar aquello que subyace a todas las cosas, el fundamento del ser, la energía básica. En la medida en que uno toma consciencia de esa energía básica y cae en la cuenta de que es idéntico a ella, trasciende y supera la ilusión de que es fulanito.
Ésa es la situación por la que debería pasar todo aquel que sienta que la vida es un problema. El hecho de considerar la vida como un problema resolver, ya sea a través del psicoanálisis de la integración o de la salvación o de la budeidad, nos lleva a definirnos en un cierto modo.
No existe la vida por un lado y nosotros por el otro, porque nosotros y la vida somos lo mismo. No obstante, eso es algo que no puede comprenderse de inmediato.
el maestro zen, insiste en replicar “yo no tengo ninguna respuesta que ofrecerle” una respuesta a la que nadie da crédito, porque parece tan seguro de sí cuando nos mira que no podemos creer que no tenga respuestas. Sin embargo, en el fondo la verdadera enseñanza del zen es que no hay nada que decir, ni nada que enseñar.
No existe separación alguna entre le conocedor y lo conocido, entre el sujeto y el objeto.
Habitualmente creemos ser testigos de un conjunto de experiencias en continuo movimiento del que nosotros nos mantenemos separados y ajenos. Cuando digo “veo una imagen o experimento una sensación” estoy cayendo en la reduncancia porque el hecho de ver implica también la vista. La experiencia es lo mismo que el experimentador.
En ningún lugar del universo, existe un evento aislado e independiente; el único acontecimiento independiente es la totalidad de ellos, ese es el único átomo verdadero, la única cosa aislada posible. Sólo podemos conocer lo que somos en relación a lo que no somos; sólo podemos conocernos a nosotros mismos en el trasfondo que nos proporciona la relación con los demás. Nosotras dependemos de los demás como la cara de una moneda depende de la seca.
Existen caminos de salvación liberación que recurren al poder propio, jiriki, es decir los propios actos, y caminos que recurren al poder externo, tariki, es decir lo que los cristianos denominarían gracia.
En el mundo del arte es posible experimentar la fatiga artística. En este dominio, la excelencia depende de la intervención de algo ajeno a nuestra voluntad, lo que puede llamarse gracia o inspiración. Eso, precisamente, es tariki. Todo el mundo quiere saber cómo puede alcanzarse ese estado pero, si supiéramos cómo hacerlo, caeríamos ya en el dominio del ego. La gracia trasciende los límites de nuestra voluntad precisamente porque no sabemos cómo provocarla. La fe implica la seguridad de que la gracia acabará manifestándose, sólo que no sabemos cuándo y, por ello, debemos esperar. Pero no debemos esperar ansiosamente, porque cualquier esfuerzo de la voluntad sería un esfuerzo de ego que, en consecuencia, obstaculizaría la manifestación de la gracia.
Tal vez pudiéramos decir que la verdadera visión de esas estrellas sería la que aparecería ante nosotros en caso de que pudiéramos observarlas desde todos los puntos de vista a la vez. Ésa sería la verdad.