¿Por qué es tan importante la hierba en los aeropuertos? ¿Se puede ser un copista extraordinario sin saber leer ni escribir? ¿Existen músicos exitosos que sólo tocan una sola nota en su vida? Libro tras libro, los cuentos de Fabio Morábito se han hecho cada vez más radicales en su manera de mostrarnos que la imaginación no es un gracioso atributo de la mente, sino tal vez la única manera de no sentirnos excluidos del mundo real. Con una prosa depurada de toda explicación innecesaria y adornos descriptivos, La sombra del mamut insiste una vez más en el principio rector de la obra de Morábito: jugar limpio con el lector, que avanza en la lectura de estas historias como él lo hizo al escribirlas, abierto a cualquier rumbo que pudieran tomar y sin imponerles nada que no fuera una fuerte exigencia de estilo y de economía. Por eso, estos cuentos son tan inesperados como diferentes entre sí, unidos todos por ese placer de narrar que ha sido siempre el sello inconfundible de Morábito.
Veinticuatro cuentos cortos del poeta Morábito, que supongo comparten con su poesía el exceso de depuración, pues están escritos de forma muy escueta, casi seca y sin adornos. En uno de ellos habla de prosa enjuta, deshidratada, poco amable... Sí, así escribe.
No veo de por sí una unidad temática, tan solo comparten el hecho de haber sido escritos en pandemia. Bueno, sí, en todos hay mucho de observación de pequeños detalles usualmente desapercibidos– los clavos tras los cuadros, la hierba de los aeropuertos, los extras de las películas– que pasan de episodios aparentemente banales a protagonistas. Algunos relatos son relatos dentro de relatos, otros te dejan con finales abiertos, y otros se cierran en una esfera borgeana como en El asesino entre gladiolos y La sombra del mamut. La espacialidad en todos juega un papel preponderante: hay túneles para el paso de fauna, ductos de la basura, ascensores y albercas, cuevas y laberintos... Borges otra vez. Luego está el sentido de lo fantástico, entre lo real y lo fabuloso, como en el cuento chino El gran camino volado que tiene algo de homenaje a El barón rampante de Italo Calvino... Los hay muy desasosegantes, como La llegada a la luna y El animador, y está también el juego con los sucesivos personajes llamados siempre Boris Pencroff, en honor a La isla misteriosa, libro favorito de la infancia del autor.
Los mejores para mí, Artemisa y el ciervo, sobre un músico que siempre interpreta una sola nota, cazado en sus inseguridades, y Danzón, sobre la piedad filial, conmovedor hasta el tuétano, que me ha hecho subirle al total una estrella.
Quizá el libro que más me ha costado de Morábito. Por lo mismo también salía de él pensando que era el que menos me había gustado. Es una colección que evidentemente es más deliberación de giros en las tramas y maquinación de la estructura narrativa que sudor. Morábito no suelta la pluma. Durante la lectura de estos veinticuatro cuentos se dejan ven las perfectas tuercas apretadas por horas y horas y de planeación y revisión. Y siento que eso termina debilitando, cuando no entorpeciendo, la lectura.
Decía que salí pensando que es el libro que menos me ha gustado de Morábito, pero no estoy tan seguro (y no los he leído todos), pero regresando a mis subrayados y notas veo que al menos a nivel de núcleos —las ideas resumidas de sus cuentos— y el estilo de su prosa, hay unas ideas muy buenas.
Los que lo han leído, hablan muy bien de Morábito. Yo no lo conocía, este La sombra del mamut me llamó la atención: estaba de saldo en una librería que cerraba, me lo llevé por impulso, a ciegas. Hace ahora —en el momento de escribir esto— cerca de un año en el que he ido picoteando sus cuentos con la sensación de que, bueno, no están mal, hay oficio, buena letra pero, para mi entender y mi gusto, demasiada paja para poco grano. Lo he abandonado, lo he dejado por incompatible, ha regresado, le he dado varias oportunidades, y así, como digo, más de un año rondando el caudaloso rimero de pendientes encima de mi mesa hasta que, como un desafío pendiente, lo he echado a la mochila. · En mi mochila un libro se la juega. En ese saco suele haber un libro solo, sin competencia. En el metro, en el tren, en las esperas, en el café o en la cerveza es el único del que puede echar mano mi bulimia lectora. Y así, con este del mamut de Morábito, el año largo de encuentros y desencuentros se ha consumido en un par de días, entre ambos, a solas. · La impresión general, final, no difiere casi nada de la primera, tan lejana: demasiada paja para poco grano. · El del cuento es un arte —por breve— difícil, que a menudo se resuelve con la anécdota, el chascarrillo o, aun peor, con la ocurrencia, como es el caso que nos ocupa. Pocos autores (Cortázar, Chejov, Poe, Borges, por soltar un póquer sobre la mesa) consiguen construir grandes edificios con pocos ladrillos. Morábito, en cambio, resultonas chozas de paja.
Lo que hace Morábito es voltear a ver en los detalles incómodos, u olvidados, los matices de la naturaleza humana más básica: son historias de necesidad de afecto y compañía, de traición y avaricia, de la búsqueda del entendimiento de los patrones universales, de la complejidad de las relaciones humanas, de la búsqueda y la pérdida de la confianza, todo ello siempre enmarcado en la amplitud cultural que sólo un escritor que proviene de 3 países al mismo tiempo nos puede regalar. Una joya que nos recuerda que no todas las fábulas tienen un final feliz, sino a veces buscan expresar un sentir más primordial.
La sombra del mamut me hizo recordar Los pastores sin ovejas, también de Fabio Morábito. El primero de cuentos, el otro de ensayos, comparten la particularidad de la observación. Aunque al final, la mayoría de sus trabajos tienen está característica (no por nada poeta). Si no supiera que es ficción, creería que algunos de los cuentos que integran este libro son ensayos. De nuevo, Morábito escribe y pone la mirada donde nadie más lo hace para contar historias: el pasto, los cuadros, las sombras o los extras de las películas.
Un libro fantástico para ser leído mientras vas de viaje, lectura de noche o para intercalar con otras lecturas. Se me hace interesante la forma de escribir de este escritor el cual tengo más curiosidad por leer otros cuentos suyos. En definitiva tengo que agregar los títulos que más me gustaron de este libro lo tendré pendiente. Hubo cuentos y finales con los que no conecté, aún así no considero que sean malos. Tengo pendiente escribir una mejor reseña.
Si les soy franca, sentí que a esta obra le faltó un poquitín; no es mala, no me mal entiendan, mi error fue haberla comparado con su obra “Madres y perros”, la cual considero es una obra de arte, pero en este, hubieron historias rescatables pero no todas. La última historia, misma que se llama igual que el libro, me estaba encantando, la leí de corrido, pero el final me dejó mucho a de ver.
Aún así, considero que es de esos libros para los bloqueos creativos; historias cortas y muy interesantes.
Es un libro sencillo, con los desarrollos e imágenes clásicas de Morábito. Siempre me gustó mucho leerlo, no es pretencioso y hace pasar un buen momento.