¿Pero dónde se supone que está Ciudad Rodríguez? ¿Y Cuévano? ¿Y Pacotas? No soy experto en el topónimos mexicanos pero diría que esos sitios no existen... ah, claro, salvo en esta novela. Ibargüengoitia hace referencia a lugares reales como Laredo o Tampico y los mezcla con otros de su invención de la misma forma que ubica la acción en el año 1929, cuando la revolución mexicana ya había concluido y ya sólo luchaba contra los cristeros, para conformar un espejo a medida, porque en el fondo, lo que encontramos en esta obra es una visión retrospectiva y satírica de la revolución mexicana, y mediante esa imagen puede recorrer a grandes rasgos las dinámicas de este proceso histórico sin someterse a las ataduras y obstáculos de la realidad, que es justo lo que en general suelen realizar los relatos oficiales de cualquier país; también es la forma de proceder de los personajes de esta novela.
Para comenzar, el general José Guadalupe Arroyo, el protagonista y narrador, es un narrador no fiable canónico, su palabra alude de forma vaga a la realidad, pues la imagen de dignidad, de bravura e integridad que proyecta de sí mismo, luego no tiene apenas correspondencia con los hechos. El militar íntegro y bravo en verdad es un borracho, mujeriego y oportunista, repleto de afán de rapiña (cómo se demuestra en el incidente del reloj legado del inicio de esta historia), que pierde batallas por tomar decisiones absurdas o que baja los brazos cuando la situación requiere sobreponerse y realizar un esfuerzo más.
Con esta imagen burlona y satírica se ironiza acerca de la validez de los relatos oficiales, porque dentro de la fachada de dignidad y lucha por la justicia social cohabita un gran zafarrancho de oportunismo, veleidad, cinismo o simple avaricia. Y a pesar de todo ello, los cambios históricos se producen. Porque también es cierto que, en algunos momentos, estos personajes filisteos, son capaces de alguna acción loable y digna, este relato de ficción sí admite matices y contrastes que lo enriquecen, de forma que al final podemos interrogarnos acerca de cuanto en los procesos históricos es fruto de la casualidad y cuanto consecuencias de meritorias acciones, en el fondo todo es un gran absurdo igual que también lo es el desenlace de la propia novela.
Me parece a mí que la tesis central de la novela está en esa idea de la sospecha, que hay que ser conscientes que bajo esa pátina de heroicidad laten muchas cosas nada loables, que siempre es buena idea cuanto no se nos escatima o se disfraza para fabricar narrativas aseadas y vendibles.
Estamos frente a una gran novela cómica, no qupa duda, aunque en verdad su ironía resulta más convencional, como cuando un personaje resulta leal en una página y en la siguiente se descubre lo contrario y encima es premiado por ello. No se trata del momento de mejor forma de su autor. Si te encantó Las muertas entonces sí es recomendable que leas Los relámpagos de Agosto para continuar con la fiesta, aunque aquí no alcance esas mismas cimas de brillantez, de puro Sciascia en clave latinoamericana. Si es al revés, si has leído Los relámpagos de Agosto y no Las muertas (no es un caso imposible) entonces sal corriendo de inmediato a la librería más próxima y conoce una de las novelas más brillantes escritas en español en la segunda parte del siglo XX.