A ver, ya tiene que ser malo un cómic de Conan para que le dé menos de tres estrellas. No soy imparcial, lo reconozco. Pero si tuviera que dárselas, se las daría a prácticamente toda esta colección, a excepción de algunos honrosos números (no presentes en este tomo) firmados por Owlsley e Isherwood, con portadas de un inmenso Mike Kaluta. El resto, sobre todo los episodios finales, varían entre sosos y directamente absurdos. De estos, tenemos varios ejemplos en este ómnibus.
Los de Thomas-Buscema-Chan (más Chan que Buscema) son simplemente pasables. No he tenido el dudoso placer de leer las novelas que adaptan, pero sin duda son horribles, por lo que el equipo creativo hasta tiene mérito. Cuando Moench toma las riendas de los guiones, se ve que el hombre decide que no había suficiente brujería, y saca hechiceros y demonios hasta de debajo de las piedras. En sus manos, Conan es un tanque capaz de derrotar a lo que sea que le echen, sean cientos de matones o un diablo ancestral con una espada del tamaño de dos Conan. El dibujo cae en picado de una manera rapidísima: así, en un número tenemos a Chan sin Buscema (con resultados bastante tristes), y en el siguiente al inútil de Paul Kupperberg. En fin, una etapa breve y olvidable, pero excelente comparada con los aburridísimos números de Alan Zelenetz, guionista limitadísimo incapaz de escribir sobre algo más que intrigas palaciegas soporíferas y rebeliones inmediatamente sofocadas por un Conan que vuelve a parecer el doble de animal que en sus años mozos. En cuanto a Marc Silvestri... pues, qué decir salvo que siempre ha sido más bien malo, excepto cuando lo entintaba Dan Green en la Patrulla-X; las tintas de Green lo hacían soportable, que no bueno. Aquí, lo entinta Ricardo Villamonte, con resultados discretos.
En fin, un pufo notable de colección. Y porque no me pongo tiquis miquis con cosas como que la reina Zenobia pase de ser una guerrera como un pino en un número a una damisela en apuros en el siguiente, o que a Conan le salgan unas barbas imponentes de un día para otro, o que tenga preferencia por una espada en concreto (cuando siempre se ha caracterizado por partirse la cara con quien sea con lo que sea), que se mencione a sus varios hijos, pero que en 19 números solo salga Conn una y otra vez (qué chaval más soso, por Crom), que los pictos sean nativos americanos, que los dibujantes pinten bisontes y en el guion se mencionen uros (o leopardos por guepardos)... en fin, un montón de detalles ilógicos que menoscaban todavía más esta colección de tercera. Café para muy cafeteros, o para gente a la que le importe un bledo el canon conaniano, que es vulnerado una y otra vez por los diferentes guionistas. Para los demás, no merece la pena.