Tras labrarse una meteórica –aunque algo tramposa– trayectoria como curador de exposiciones, el Comisario, un ser cínico e ingenuo a partes iguales, vuelve al barrio de su infancia para construir lo que pretende ser su obra magna: un parque temático dedicado a la literatura.
Allí, entre audaces planes de negocio, atracciones vanguardistas y reproches vecinales, se reencontrará tanto con algunos fantasmas de juventud –los problemas de clase, la honestidad sentimental– como con los nuevos desafíos que plantea la edad adulta: de su capacidad o incapacidad para tolerar la imperfección de los sueños cumplidos dependerá que su quijotesca empresa –en insólitas acepciones de «lo quijotesco»– acabe en éxito o fracaso.
«El problema de España, quién sabe si del mundo, es que no ha leído bien el Quijote. La única revolución pendiente es la de la comprensión lectora. El libro no va de un pobre viejo del que todos se ríen. No va del fracaso. Nada de héroe romántico. La obra versa sobre el éxito de Alonso Quijano. Sobre un tipo maduro que decide vivir un sueño y, contra todo pronóstico, lo consigue. […] Si lo leyeran los coaches, lo convertirían en su libro de cabecera».
Carlos Robles Lucena (Terrassa, 1977) es escritor, profesor y crítico cultural. Es autor de Cerbantes Park (Navona) y No pregunten por Gagarin (Témenos Edicions). Algunos de sus relatos han formado parte de la antología lengua inglesa Best European Fiction 2017 (Dalkey Archive Press) y de Uno más ocho (Reservoir Books). Fue galardonado con la beca Montserrat Roig de creación literaria, dentro del marco Barcelona Ciutat de Literatura Unesco. También ha sido cofundador, coeditor y fotocopiador en exclusiva de los fanzines difuntos Sedhante y Hebdomadario. Ha cuidado El paraíso imperfecto, una antología tímida de Augusto Monterroso. En la actualidad codirige la revista de literatura Kopek junto a Pablo Matilla.
Escrita con mucha labia, plagada de referencias que evidencian el vasto universo literario del autor y reflexiones lúcidas y bizarras, he disfrutado con cada una de sus páginas.
Al igual que Alonso Quijano, el Comisario es un idealista acérrimo que se embarca en una lucha sin tregua y destina grandes esfuerzos y tiempo a una quimera esperpéntica: imponer el orden de la ficción a una realidad caótica y en decadencia, sufriendo los sinsabores de un esfuerzo cuya recompensa no es la gloria ni la riqueza.
«Va siendo hora de pactar con la realidad. De dejar la ingenuidad» — le confiará a Arán en un momento dado.
Siempre será un consuelo pensar que los locos son ellos. Sin embargo, en palabras de Joddi Krishnamurti, «no es símbolo de buena salud estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma».
Lo mejor: la combinación de erudición y marcianismo, de experiencia y actualidad, de locura y cordura, de sarcasmo y realidad. Maravilloso equilibrio que evita que la novela pueda llegar a ser densa, presuntuosa o insustancial y pase a ser devorada y valorada por los lectores, que se sienten cómplices ante el placer de conocer una alusión, ya sea literaria o no. ¡Lo que ha hecho Robles no es nada fácil! También a destacar la gran capacidad que tiene el autor de hacer un preciso retrato sociológico con tres pinceladas.
Cabría pensar que el hecho de contextualizar un libro en un espacio/tiempo tan concreto podría limitar la recepción del mismo. Pero aquí radica también la valentía del autor, que no duda en reivindicar sus orígenes.
Sin duda, será una de las mejores lecturas que me lleve de este año 2023. Me ha hecho especial ilusión leer en el epílogo que el profesor Domingo Ródenas fue el impulsor de que esta maravillosa novela viera la luz algún día. Sin duda, de los mejores profesores que tiene la UPF.
«Tenía ‒y el pasado no es caprichoso‒ la certidumbre de que la gente seguía con ganas de Literatura con mayúsculas, pero carecía de los arrestos necesarios para afrontar su lectura. Querían el brillo carismático, la pátina intelectual que da la familiaridad con las obras maestras de la historia de la Literatura, pero no está dispuesta a hacer el esfuerzo de leerlas, no quieren prescindir de sus dos buenas horas de juegos de mierda con el móvil, la rutina de cardio y la golosina hiperglucémica de las series.»
El Carlos Robles ens submergeix en un univers quasidistòpic i utilitza la (brillant) excusa del parc literari per a fer un afilat perfil sociològic, o un repàs sarcàstic, parlant en plata, de la psique i els prejudicis del cinturó industrial barceloní. Només he trobat un problema a aquesta novel·la: 276 pàgines?? És massa curta! No us la perdeu, por Dulcinea!