En una noche de diciembre de 1591, Fray Juan de la Cruz muere en el Convento de Úbeda. Meses después, el Convento de los Carmelitas Descalzos de Segovia reclamaría su cuerpo. Así daría inicio una larga disputa religiosa que tendría como resultado no solo la mutilación del cadáver del santo, sino su resuelta santificación y también su mitificación literaria. Declaración de las canciones oscuras inserta su narración aquí: es la historia de un viaje tanto en un plano terrenal y corporal como en uno sobrenatural. Alrededor de este relato religioso surgen algunos misterios que bien podría llamar míticos y poéticos, este último vinculado a lo místico-erótico en la obra del santo poeta. En este orden me gustaría explorar la novela de Luis Felipe Fabre.
Al momento de exhumar a San Juan de la Cruz, su cuerpo yace incorrupto, casi como el día en que falleció. Su olor despierta una embriaguez fervorosa en el convento, como menciona el portero del lugar: “El aromado escándalo de su cuerpo. El perfume de la santidad. Un olor suavísimo que despierta en las almas ansias, furores, ardores” (19). Ciertamente, durante el entierro de San Juan, las almas sensibles de la gente de Úbeda son las primeras en reclamar su “tajada de santo” en claro éxtasis por la fragancia de divinidad que emana del cadáver, “embriagados de aquel celestial olor”. Partícipes del convivio, las personas reclaman su pedazo del milagro: pelos, uñas, pedazos de oreja. El cuerpo es el convivio. La idea del desmembramiento del santo atravesará toda la Declaración de las canciones oscuras: al principio, el alguacil cortará un dedo y lo ofrecerá a doña Ana Peñalosa, quien lo portará como un amuleto cerca de su pecho; después los monjes del convento de Úbeda reclamarán un brazo del santo; finalmente, el santo perderá el otro brazo (o el pie, no se sabe con seguridad) en un trance erótico-místico de doña Ana (que retomaré en seguida).
En un sentido mítico, la orgía que despierta el aroma del santo me recuerda a la figura de Orfeo, quien es desmembrado por las ménades por razones similares: Orfeo es un poeta cercano a la divinidad, así como lo fue San Juan de la Cruz. El misterio del cuerpo de San Juan, su fragancia extra-corporal, provoca en los personajes la necesidad mística y erótica de la mutilación. Recordando a Bataille, el erotismo suele convocar la violencia de los cuerpos, cuyo clímax último es la destrucción del cuerpo amado.
En la novela hay un llamado directo al mito de Dioniso, divinidad encargada de la embriaguez que despierta pasiones mutiladoras: “Dioniso, el que despierta extrañas ansias y demencias y desmesuras y que con el vino y los cantos y las danzas arrebata en éxtasis a las gentes y enciende en las mujeres los furores del descuartizamiento y a los hombres incita a vestirse de mujeres” (81). Siguiendo esta pista, San Juan también encarnaría la figura dionisiaca que provoca “demencias y desmesuras”, así como arrebatos poéticos cuyo éxtasis desemboca en su propio desmembramiento o en la idea del delirio, como sucede en varias ocasiones con Diego, un joven inseguro mas curioso que será poseído el espíritu poético de San Juan, así como por un deseo homoerótico al final de la novela: “De miedo, de heridas, de fiebre, de hambre, de sed, de fatiga, de amor deliraba Diego […] Era con las liras del fraile que deliraba y aún sin conocerlas y como venidas de un antiguo y ajeno olvido o noche o corazón” (103).
Ciertamente en Declaración de las canciones oscuras hay un llamado a lo nocturno. Gran parte del viaje acontece en el refugio que la noche ofrece a los personajes. Es esta novela, de hecho, un relato sobre lo nocturno en la obra de San Juan: el gran misterio divino, que despierta la memoria y la pulsión erótica, pero además donde existe la tentación y lo perverso. Al principio de su viaje, los personajes confrontan a la oscuridad que bien podría interpretarse aquí como una presencia aterradora: “Tuvo entonces el alguacil por cierto que quien así les hablaba tan sin figura en la oscuridad era la oscuridad misma, la noche en persona, el príncipe de las tinieblas” (51). No obstante, podría representar también la idea de la voz y que se inspira precisamente en el misterio, en la búsqueda de la luz, como ella misma resuelve antes de despedirse del alguacil, Ferrán y Diego: “Sólo la luz que arde en el corazón podrá, si acaso, serviros de guía. Mas sabe bien el demonio que de entre la de todos los astros y fuegos y centellas no hay luz más engañosa que la que emana del corazón del hombre” (51).
El misterio de la noche se traduce en la novela no solo en la inspiración divina, sino en la representación absoluta de la nada, del vacío. En las reflexiones que los personajes apuntan entorno al misterio de la obra poética de San Juan, la monja Ana recuerda que el santo mismo admitió que su obra trataba de nada: “Cientos de páginas declarando nada, páginas y páginas de ese subido saber no sabiendo, de comunicar sin decir y de decir no diciendo” (139). La empresa de San Juan fue buscar un lenguaje humano para su experiencia con Dios. Sus mejores poemas logran entablar un diálogo con el misterio, la oscuridad y la incertidumbre. Son poemas sobre la pasión, una pasión desmedida, erótica y espiritual. Uno podría aventurar que no son poemas de San Juan. Él es solo un inspirado, un mediador del lenguaje de Dios, si es que Dios alguna vez habló por boca humana, si es que alguna vez Dios pensó que todo erotismo es místico y sagrado. Más que ser poemas sobre nada, en la novela se apunta otra reflexión: “la mística se sabe por amor” (p.139). San Juan buscaba la perfección en Dios y en el poema: la encuentra en el amor y en el vacío y oscuridad en el que desemboca ese amor.
Del uno al diez: N u e v e.