"Para Marcela, según iba creciendo, fueron el jardín y la huerta su mundo. El bello jardín, con sus mirtos podados, formando vallas de espeso verdor, donde Marcela se perdía. Primero, los mirtos, más altos que ella, le tapaban la casa. Poco a poco los alcanzó, y llegó el día en que Marcela, sin necesidad de empinarse, la veía, con sus pequeñas agujas de piedra rematando el noble edificio."
Esta regia casona, conocida como 'La Sagreira', pazo perdido entre el monte, la ría y el mar de un rincón de Galicia, es en cierto modo la protagonista de 'Viento del Norte', la bellísima novela de Elena Quiroga que me ha cautivado estos días.
Es en la Sagreira donde nace Marcela, niña bastarda de una cualquiera, abandonada al nacer, y marcada desde su nacimiento por un sospechoso lunar y una llamativa cabellera roja.
Son tiempos de supersticiones, de prejuicios, de costumbres casi salvajes y el futuro de una niña como ella parece incierto, de no ser por la buena Ermitas, sirvienta del pazo que la cría como a su propia hija y de Don Álvaro, el amo de 'La Sagreira' que la toma bajo su protección. Un amo que vive entre libros y una soledad misteriosamente escogida.
Crece así Marcela, entre los bellísimos parajes que rodean el pazo. Libre, casi asilvestrada, ignorante de las letras, de las buenas costumbres y del mundo que la rodea. Arrastrando la mancha de su nacimiento y, al hacerse mujer, una exuberante belleza. Es entonces cuando el mundo la encuentra y el espíritu de Marcela empieza a quebrarse. Don Álvaro se ha enamorado, pero no puede desposar a un animal salvaje. Se intenta pues pulir la piedra rara, para convertirla en diamante y por el camino, se instala el dolor, la incomprensión y la desdicha...
No sabía que iba a encontrarme entre las páginas de 'Viento del norte'. Compré este ejemplar, porque me salió al paso en una vieja librería de Córdoba y recordaba haber leído grandes cosas de este premio Nadal. Ahora celebro haberlo comprado y no haberlo dejado dormir mucho tiempo en la estantería.
He adorado de principio a fin esta novela. Vivir perdida entre sus paisajes y gentes. Entre los muros de la Sagreira. En los caminos que llevan hasta la playa cercana y al pazo vecino de Cora, donde viven doña Lucía, don Enrique y sus cinco hijas, claves en el desarrollo de la trama.
La riqueza con la que escribe Elena Quiroga, la forma en la que recrea los paisajes gallegos, sus gentes y costumbres es deslumbrante. ¡Qué descripciones! Qué manera de hacer correr los años, el tiempo, y las vidas de sus personajes, en apenas unas frases maravillosamente hiladas:
"Dos primaveras florecieron en Las Puentes ante los maravillados y dulces ojos de Lucía, y los quietos, insondables ojos de Marcela. Parecíales que llevaban siglos viviendo allí. Vieron florecer los manzanos, caer la flor, marchitarse el fruto, y quedar un invierno entero los árboles descarnados, ateridos."
Que manera de romperte el corazón al darte cuenta de que la historia de Marcela y Álvaro no puede tener final feliz. Demasiados silencios, demasiada incomprensión, demasiados prejuicios.
Ese último 'meu home' en los labios de Marcela no lo olvidaré en la vida.
'Viento del Norte' se ha colado sin duda entre mis mejores lecturas de este 2025. Si tenéis pensado leerla o la tenéis ya por casa, dadle una oportunidad. Os marcará seguro.