Criticar a las organizaciones armadas que prosperaron en la Argentina de los años 70 siempre resulta un poco incómodo. El golpe de estado del 76 se produjo, explícitamente, como una reacción contra la guerrilla, de manera que criticar a la guerrilla, cuestionar sus medios o sus fines, incluso sus resultados, supone, en algún punto, justificar el golpe. No todo el mundo se siente incómodo haciéndolo, claro está, en especial en los últimos años. De ahí que este ensayo de Pablo Giussani, aunque es una crítica por izquierda a Montoneros y al peronismo, circula más entre los apólogos de la dictadura que entre la gente normal. En parte, esto se debe a un accidente histórico: cuando se publicó por primera vez, en 1984, el contexto político no lo favoreció. Ante la inminencia del juicio a los jerarcas del Proceso, hacer una lectura crítica de la guerrilla supondría abonar la teoría de los dos demonios. Sin embargo, más tarde, este examen crítico se produjo, y llevó a lecturas más comprensivas y, sin duda, más informadas que la expuesta por Giussani en este libro, pero esto no lo llevó a revisar su libro, cuya última edición es de 2011. La soberbia armada es, por esto un texto anacrónico, y no puede tomarse seriamente como un documento historiográfico, aunque, en algunos pasajes, su análisis da en la tecla.
Recuerdo que, incluso en mis épocas de militante izquierda, me costaba mucho identificarme con las organizaciones armadas, y en especial con los Montoneros. No solo porque habían empleado la violencia, y ese tipo particular de violencia, lo que podía quizás justificarse por el contexto histórico, sino, más bien, en términos ideológicos. Los Montoneros eran, a fin de cuentas, peronistas, venían del nacionalismo católico, y su pertenencia a la izquierda resultaba problemática. Más aún, como fui entendiendo con otros libros sobre el período, como Galimberti y Fuimos soldados, esa violencia que profesaban llegó a ser para ellos, más que un medio, una marca identitaria y constitutiva. En el exilio, especialmente, se acentuó su fascinación militarista, expresada en aspectos más bien superficiales (saludos marciales, uniformes, rangos) que los convertían en una caricatura de las propias fuerzas armadas.
Giussani, que, más o menos, parte de la organización, identifica estos mismos rasgos en Montoneros, a quienes termina catalogando como literales fascistas; entre otros rasgos, por su marcado autoritarismo, su concepción heroica de la lucha política, y el ya mencionado culto de la violencia. Características que pertenecen al fascismo, y también a muchos movimientos de extrema izquierda. Para Giussani, no hay diferencia, más allá de la forma en que unos y otros conciben sus fines y se conciben a sí mismos. Es una tesis que se puede discutir; en cualquier caso, no parece que la etiqueta de “fascista”, ni ninguna otra, sume al análisis de un fenómeno histórico. Al contrario, la argumentación se empobrece y lleva a Giussani a cometer errores de apreciación. El autor, por ejemplo, encuentra la génesis ideológica de Montoneros en la intersección entre el castrismo-guevarismo y el peronismo, dos corrientes a las que también identifica con el fascismo. Llamar fascista a Perón no es nada nuevo (a Castro sí, bastante), pero ni siquiera parece acertado según la definición ofrecida por Giussani de lo que significa ser fascista. El peronismo no nació del culto a la violencia, ni fantaseó con un conflicto bélico o con un proyecto imperial. El llamado a las armas aparece tardíamente, de forma más bien reactiva, y efectuado por un líder que se terminó escapando del país sin tirar un tiro.
Este tipo de categorizaciones son la operación esencial de La soberbia armada, que no busca tanto el rigor histórico como la contundencia de sus conclusiones. Se sirve de anécdotas ilustrativas y de generalizaciones sociológicas a lo Ortega y Gasset (que también es citado profusamente en una sección) del tipo “diferencias entre un rebelde y un revolucionario: el revolucionario X, el rebelde Y”. Así, en este caso, concluirá que los Montoneros no eran más que niños bien que buscaban rebelarse contra sus padres. Este tipo de conclusiones, que abundan en el libro de Giussani, no tienen mucho sustento más allá de la opinión personal y simplifican en demasía el fenómeno histórico que fue Montoneros. No es que la perspectiva de Giussani, testigo de (algunos de) los hechos carezca de valor, pero otros testigos, incluyendo a los miembros de la organización, tenían las suyas y tenían sus propias razones, diversas, complejas, a veces pensadas y a veces estúpidas, para hacer lo que hacían. Reducirlo todo a un burdo conflicto psicoanalítico y, a menudo, contradictorio.
Estos problemas han llevado a varios autores a señalar a La soberbia armada como el germen o una de las primeras manifestaciones de la llamada teoría de los dos demonios. Así lo dice Feierstein, en el prólogo de su libro, Los dos demonios (recargados) y también es la tesis central de un paper de Marcelo Langieri y Rocío Otero dedicado a La soberbia armada. Juzgar a Giussani, en este sentido, dependerá de la perspectiva de cada autor, ya que los textos que menciono dan cuenta de que no existe una sola forma de comprender la teoría de los dos demonios. Feierstein, por ejemplo, sostiene que esta supone la equiparación de la violencia de la guerrilla con la violencia represiva, lo que presupone la perspectiva de un observador externo, ajeno a una y a otra. De acuerdo a esta definición, hay que condenar a Giussani. Aunque me guardo para otro momento mis diferencias con Feierstein, yo creo, sin embargo, que La soberbia armada no constituye per se un intento de legitimar el terrorismo de estado, que es lo que hace el negacionismo, por lo general, cuando invoca los crímenes de la guerrilla (y cuando invoca, por cierto, este texto): “los militares estuvieron mal, pero…”. Lo incómodo de criticar a Montoneros o al ERP es que las críticas, aunque sean justas y objetivas, servirán inevitablemente para alimentar a los negacionistas. Este desbalance llevó también a que el ensayo de Giussani mantuviera una innecesaria vigencia. En lo concreto, es un ensayo temprano, escrito -me da la impresión- desde cierta amargura personal, circunstancias que lo llevaron a cometer errores, algunos graves, como el de presentar la violencia de Montoneros al margen de la historia violenta de nuestro país.
Este podría haber sido el inicio, sin embargo, de una historia más equilibrada, que incluyera la crítica, o incluso el repudio, de las organizaciones armadas, sin que ello acabara en la reivindicación del terrorismo de estado. Es el posterior derrotero del negacionismo lo que permite leerlo, en cambio, como un precedente de la teoría de los dos demonios, pero esto no parece enteramente justo con Giussani.
El autor hace un análisis desde dentro del movimiento Montoneros. Hay puntos para debatir, discutir y discrepar, pero creo que el texto hace una crítica honesta y necesaria a la opción por la lucha armada y al endiosamiento de la violencia, y desmitifica el culto al guerrillero como héroe y a la muerte como objetivo pero se. También hace un análisis interesante aunque bastante simplificado de Perón y el peronismo. Recomiendo.
¡Cuántos argentinos deberían leer este libro escrito hace tantos años! No me siento capacitado para analizarlo detalladamente pero es a todas luces una explicación demoledora de "nuestra" actualidad Argentina. Escrito magistralmente es un ensayo perfecto que disfruté hasta el final. Recomendable y valiente lectura para (y me repito) los argentinos de este 2021.
Para el que conoce un poco de la historia y para el que no sabe absolutamente nada. Me gustó mucho lo claro que es el autor y me sorprendió mucha de la información que brinda en el libro.
Un texto que en base a observaciones de la naturaleza humana y la sociedad reflexiona sobre el fenómeno montonero en la Argentina. El autor, que tuvo contacto con la organización, siente el deber moral de plantear críticas a esta y sus objetivos. Las conclusiones a las que llega Giussani son inequívocas: Montoneros adoptó una organización castrense y exhibió un culto a la violencia (la idolatración de los medios) y la muerte, algo propio de los movimientos de extrema derecha y fascistas. Como tal, el montonero arquetípico deseaba ser un revolucionario, no hacer la revolución, lo cual se hace patente, según Giussani, con el regreso a la clandestinidad del movimiento en un período democrático.
En mi opinión, el diagnóstico que hace Giussani se plantea, en ocasiones, de forma muy general y anecdótica, llegando a adquirir el tono de un estudio de psicologías apresurado. Pero es un análisis sincero, que evidencia el disgusto y la culpa que pudo sentir el autor por participar, aunque marginalmente, en esta controversial agrupación.