Antes de empezar esta novela mis expectativas eran tan elevadas que llegué a tener la certeza de que eran inalcanzables. A las expectativas normales por empezar a leer a un autor al que tenía ganas de conocer desde hacía tiempo, hay que añadir que Corazón tan blanco fue un regalo de alguien muy especial, un regalo que más que en la novela o el autor tuvo su origen en una broma privada relacionada con la portada de esta edición en concreto (no indaguéis si no queréis terminar, como nuestro narrador Juan Ranz, sabiendo algo que quizás nunca quisisteis saber... y que quizás no es lo que estáis pensando). Pero incluso así la novela me ha sorprendido y gustado todavía más de lo que esperaba.
Desde el inicio todo captó mi atención, la prosa, la historia: No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre...
Un inicio, creo, muy inteligente, con el que Marías engancha al lector, lo introduce de lleno en el epicentro de una supuesta trama de intriga, para ir poco a poco llevando su curiosidad hacia otros elementos, quizás no tan espectaculares pero sí mucho más cercanos y que son los que explicarán todo lo demás. Puede parecer que el autor se va por las ramas, pero no es así. La trama no es lo importante, la novela es una espiral de reflexiones en torno a las relaciones, los secretos, lo que decimos y lo que callamos, lo que queremos escuchar y lo que preferimos no saber, sobre qué somos, ¿nuestros secretos o lo que mostramos?, ¿son menos reales las cosas que solo nosotros sabemos, las que ocultamos o incluso las que olvidamos? ...hasta la más monótona y rutinaria de las existencias se va anulando y negando a sí misma en su aparente repetición hasta que nada es nada ni nadie es nadie que fueran antes, y la débil rueda del mundo es empujada por desmemoriados que oyen y ven y saben lo que no se dice ni tiene lugar ni es cognoscible ni comprobable.
Juan Ranz, el sobrino que nunca lo fue de la mujer que se suicida en las primeras líneas, narra su historia, y por tanto la de su padre y la de Teresa, su tía. Al empezar la novela Juan se ha casado con Luisa, envuelto en una bruma quizás irracional de presentimientos de desastre ante su matrimonio. Es imposible no identificar a Juan Ranz con Marías, y a mí me ha sido imposible no hacerlo con ambos en el temor indefinido ante esos cambios de estado ...quizás sea esto lo que nos lleva a leer novelas y crónicas y a ver películas, la búsqueda de la analogía, del símbolo, la búsqueda del reconocimiento, no del conocimiento.
Juan y Luisa, ambos traductores, se conocen trabajando durante la reunión de un mandatario español con su homóloga británica. En este momento, antes incluso de haberse visto las caras, se da el primer secreto de su relación, el que crea la intimidad, el que es compartido. Los políticos reflexionan sobre el poder, estableciendo un paralelismo entre el que ejerce el Estado y el que se ejerce en las relaciones personales: La gente quiere en buena medida porque se la obliga a querer, querer es una costumbre, o todo el mundo obliga a todo el mundo, no tanto a hacer lo que no quiere, sino más bien lo que no sabe si quiere, porque casi nadie sabe lo que no quiere, y menos aún lo que quiere, no hay forma de saber esto último. Y así, entre sentimientos, empujones que damos a la voluntad del otro y que él nos devuelve, nos vemos al borde de una situación irremediable y lógica, que justamente por serlo ya no podemos saber si queremos o nos aterra, no podemos saber si queremos lo que nos pareció que queríamos hasta hoy mismo: el matrimonio.
Tras el matrimonio se pasa a ser ambos sin elección y por tanto y necesariamente se pierde en buena parte el “yo”: al contraerse, los dos contrayentes están exigiéndose una mutua abolición o aniquilamiento, la abolición de aquél que cada uno era y del que cada uno se enamoró. Se pierde el futuro abstracto: vamos al mismo sitio, querámoslo o no esta noche.
En este “artificio” surgen los secretos, pues quizás todo se queda congelado en el momento en el que se compromete uno a lo imposible, o al menos a lo improbable, a la promesa de inciertas decisiones y deseos futuros: ¿Y ahora qué? Ahora solo queda instalarse en el convencimiento o superstición de que no existe lo que no se dice. Ante este juego de secretos, el que sabe calla y el que no sabe imagina, creando su propio relato, ¿qué somos si el otro no sabe?, ¿será verdad que es mejor no saber, convertir al otro en un enigma, en simplemente una parte de nuestro relato, un habitante fijo de nuestro universo rutinario, hacer como si ambos hubiésemos desaparecido en ese nuevo mundo compartido?
En fin, callar y hablar son dos formas de intervenir en el futuro.