Caminar por los escenarios que crea Tamara Romero siempre es tan incómodo como reconfortante. Algo parecido a que te cojan de la cabeza y te obliguen a mirar por un agujero a otra dimensión, mientras te hacen ese masaje que tanto necesitas.
Aquí, lo siniestro siempre está representado desde una limpieza, una cualidad natural de lo extraño que aún no he encontrado en ningún sitio. Como el cruce de dos entidades que no deberían ser, como tragar una uña en el batido Puleva.
Esperando ya al siguiente.