“Me habría gustado escribir sobre un ser humano que no dispara, que no puede abrir fuego sobre otro ser humano, a quien la propia idea de la guerra le haga sufrir. ¿Dónde está? No lo he encontrado”.
Los ojos de Svetlana Aleksiévich han sido testigos de las tragedias humanas que sus compatriotas vivieron en la era soviética. Sus obras, polifónicas y centradas en lo humano, en las historias pequeñas y habitualmente olvidadas que conforman la gran Historia, dan voz sobre todo a las mujeres soviéticas que sufrieron la II Guerra Mundial, la catástrofe de Chernóbil, la guerra que la URSS libró en Afganistán… “Me interesa la historia del alma. Los modos de vida del alma. Lo que la gran Historia normalmente deja pasar, a lo que mira con altanería. Me dedico a la historia omitida”. En 2015, Aleksiévich recibió el premio Nobel por una obra literaria considerada “un monumento al valor y al sufrimiento de nuestro tiempo”. Ahora, Nórdica nos trae, en una bellísima edición ilustrada y en tapa dura, el discurso que Aleksiévich pronunció ante la academia sueca tras recibir el galardón y que lleva por título ‘De una batalla perdida’.
Ya en la primera línea, Aleksiévich rinde homenaje a las personas anónimas que han conformado sus obras con sus testimonios, a esas almas sin nombre cuyo sufrimiento sirvió para engrasar la maquinaria soviética. “No estoy sola en esta tribuna. Me acompañan voces, centenares de voces, siempre están conmigo”. A lo largo del discurso, la autora bielorrusa repasa diferentes pasajes de las cinco obras que conforman su pentalogía ‘Voces de la Utopía’: ‘La guerra no tiene rostro de mujer’, ‘Últimos testigos’, ‘Los muchachos del zinc’, ‘Voces de Chernóbil’ y ‘El fin del Homo Sovieticus’. “He escrito cinco libros pero me parece que son un único libro. Un libro sobre la historia de una utopía”, reconoce.
En su discurso, Aleksiévich rinde homenaje a su profesión, a ese reporterismo que bebe de las obras de Kapuściński y del que otras, como ella o, posteriormente, Margo Rejmer han sabido tomar el testigo con valentía y de forma brillante para ajustar cuentas con los regímenes totalitarios comunistas del siglo XX. Un tributo a esa profesión que se lleva en la sangre, que busca la verdad en los testimonios de quienes vivieron los hechos para presentarla al mundo en forma de obra literaria. “Hay una parte de la vida hablada que no logramos conquistar para la literatura. Todavía no le damos valor, no nos dejamos sorprender ni maravillar por ella. A mí ya me ha hechizado y me ha convertido en su prisionera. Me encanta cómo habla la gente. Me encanta la voz humana solitaria”.
Este discurso es un testimonio de la dignidad. De la tragedia de un pueblo que luchó durante décadas por unos ideales que en realidad eran humo, y del precio que pagaron por ellos: nada menos que sus propias vidas, las de sus maridos, las de sus hijos. “Vivía en un país donde nos enseñaban a morir desde pequeños (…) Nos decían que el ser humano existe para entregarse”. Éste es un discurso necesario, lleno de verdad, de pasado y de futuro, de pacifismo y esperanza. Un discurso muy necesario que, como la pentalogía de la utopía, todos deberíamos leer.