En No hay nadie en casa algo tan pequeño como un durazno es capaz de provocar en Isabel una incertidumbre tan grande que ni los paisajes más fascinantes del mundo pueden disuadirla de ella. En su inminente regreso a casa, donde la espera la realidad de la que quiso escapar, está el recuerdo de un examen fallido, las heridas familiares y desilusiones amorosas que hasta ese momento añoran la reconciliación.
Este libro tiene una portada muy bonita y un título también muy lindo, quizá por eso me animé a leerlo y porque la contraportada auguraba una historia prometedora. Sin embargo, debo admitir que, aunque tiene frases y momentos que vale la pena recordar, el resto del libro se siente como estar en un avión que nunca llega a ningún lado y si lo hizo, no sabes en qué momento pasó. La figura del durazno me parece más un adorno para llenar la historia que una parte esencial. Supongo que probablemente no lo entendí del todo.
En realidad serian 3.5 estrellas por que el final me perdió un poco. Aunque es general el desarrollo del libro me pareció muy intimo y se me hizo sencillo identificarme con la autora.
No hay nadie en casa es el primer libro de la mexicana Isabel Díaz Alanís y en ella, explora las infinitas posibilidades del ser, el hubiera y el paso del tiempo, para narrarnos un viaje personal de autodescubrimiento, aceptación e indulgencia. No hay nadie en casa ganó el Premio CasaOctavia-Dharma Books.
Lo que inicia con la fruta del durazno, cuyo centro contiene una única semilla encerrada en una cáscara dura, bien puede funcionar como una metáfora para cuestionar aquello que mantenemos bajo llave dentro de la mente y que, de alguna forma, busca ser liberado.
Olvidado en una mesa del comedor a lo largo de dos meses, un durazno lleva a la protagonista a cuestionar sus decisiones pasadas, los traumas familiares y exámenes no aprobados, que ponen en duda su valor como escolar, catedrática y como ser humano funcional.
Para la protagonista, un viaje vacacional por unas cuantas ciudades del mundo, tales como Madrid, México, Lisboa, Bucarest, Estambul y Roma, se convierte en un proceso de análisis, crítica, reflexión y deconstrucción personal.
El durazno solo es el pretexto para que la autora plantee sus preocupaciones, angustias, ansiedades de la vida: relaciones fallidas, fracasos académicos, etc. Me ha gustado bastante esta forma de mostrarse vulnerable con un durazno como detonante. Agradecida de que exista este libro que se sintió como una sincronía en mi vida.
Ágil. Divertido. Autobiográfico y humorístico. Disfruté la forma de estructurar la narrativa y los temas alrededor de la memoria: no lograr recordar lo que queremos y sí aquello que nos lastima y no podemos cambiar.
Pues no puedo decir si es bueno o no. Es una lectura súper ligera y rápida pero no es precisamente interesante o divertida. Pero eso es justo lo que me gustó de este libro, se siente como la vida real, lenta, simple y cotidiana. Además de que me identifico mucho con la estructura de pensamiento de la autora. Siento que la gente con TOC va a apreciar este libro…
Me gustó mucho el libro, tiene frases memorables que valen la pena subrayar y pensar en el eco que deja en ti. La figura del durazno me pareció maravillosa.
Leí muchos comentarios sobre este libro como el de "que no va a ninguna parte", pero me parece interesante y profundo, sobre una crisis identitaria y entiendo yo que quien no ha pasado o está pasando por una crisis así, no puede entender el libro en su totalidad. "No va a ningun lado" porque una persona en crisis no se mueve, y si lo hace es con las consecuencias que trae la desesperación. En particular, yo empaticé mucho con la autora. Me pareció una gran reflexión de un libro profundamente autobiográfico y anecdótico.
Existe una frase de Jorge Drexler que dice «amar la trama más que el desenlace» y la historia que nos cuenta este libro es un claro ejemplo de ello.
En lo particular, me sentí hasta cierto punto como un invasor de la privacidad mental de una persona, luego recordé que ella decidió compartirlo y se me pasó y lo disfruté y me llegué a estresar junto a ella.
Diversos puntos, por pequeños que parezcan relucen y generan resonancia entre los pensamientos que tenemos, como viajan de un puente a otro por un simple detalle. En el caso de este libro: un durazno.
Quizá pueda parecer ridículo, pero si pensamos cuántas veces hemos vivido estresados por cosas que luego nos reímos y contamos con alegría, como las ideas de nuestra familia nos moldean ya sea para adoptarlas o rechazarlas.
Me sentí en una charla escuchando a Isabel, siendo el amigo chismoso que quiere saber más y que adora los detalles.
Consejo: Disfruten este libro como lo señala la primera fase de esta reseña.
La portada es preciosa (y por tanto inevitablemente prometedora), la prosa es clara y tiene momentos agudos y brillantes. ¿Entonces cuál es el problema? Al ser un texto autobiográfico, no tiene ningún "giro de tuerca" de la narrativa tradicional. Lo cual no es un problema. Sin embargo, me parece que la voz narrativa, que se empequeñece y duda y se mueve con ansiedad y miedo, lo impregna todo, al punto de provocar la sensación de que el texto queda a deber. Eso y un montón de lugares comunes. Quizá otra envoltura para el libro, otro título, para no sentir al durazno como un pretexto y al título como una ocurrencia de último momento.
«No le pidan ser una epifanía» dice casi al final del libro. Y pues sí.