El ilustre nombre de Benito Pérez Galdós (1843-1920) me remite a mis ya lejanos estudios de la escuela secundaria en los que a pesar de los esfuerzos que mis profesores hacían para entusiasmarme con la literatura española nunca pude apreciar la grandeza de los autores que trataban de inculcarme. Todos sus empeños se estrellaron con mi ineptitud y desinterés. En ese entonces era yo un adolescente, como tantos otros, que daba tumbos por los salones de clases, por los libros y también por los patios de recreo. Entre la espesa bruma de aquellos sinuosos años, me afanaba por encontrar algún camino más claro que me proporcionara algún estímulo vital y me condujese hacia alguna forma de vida alentadora. Sin embargo sólo atinaba a dar algunos tímidos e inciertos pasos que no me llevaban a ninguna parte.
Obviamente mi interés por esos aburridos y anticuados libros nunca se despertó en mi ser durante aquella época. Si yo pasaba momentos de intenso hastío, ya imagino el nivel de frustración de mis profesores al ver malogrados sus esfuerzos por transmitirnos el interés y el cariño por la Literatura, ya que esta disciplina encerraba sus gustos más apreciados y sus convicciones más profundas; en una palabra la Literatura y su enseñanza eran, en gran parte, la razón de sus vidas. Recuerdo esa etapa de mi adolescencia como un oscuro tonel que sólo contenía incertidumbre y perplejidad de pensamiento y de ánimo. Era yo una especie de barco sin rumbo y sin puerto.
Lo único que permaneció en mi memoria de todos esos esfuerzos docentes, de todas esas lentas y aburridas horas de clase y de todas aquellas odiadas tareas es el recuerdo de algunos nombres de autores ilustres, así como el título de algunas de sus obras las cuales eran muy elogiadas por nuestros resignados pedagogos y que lamentablemente nunca llegué a leer en esa época de mi vida. Entre los nombres de aquellos brillantes y eminentes escritores que me eran machacados con docta y seria insistencia, está el de aquel insigne hijo de Madrid, aunque nacido en Las Palmas (Islas Canarias), llamado Benito Pérez Galdós y a quien ahora valoro en toda su grandeza creativa e intelectual.
En esta obra llamada Fortunata y Jacinta, Benito Pérez Galdós se encuentra en posesión de todas sus fuerzas creativas lo cual le ha llevado a crear una novela portentosa, cuyo argumento principal está soportado por una intriga entre dos mujeres y un hombre. Pero no se vaya a creer que todo gira en torno a las locuras amorosas, a los arrebatos sentimentales o a las guerras de celos y de impertinencias románticas no concretadas. No, la novela está construida con mucha más materia que da como resultado una impresionante edificación multicolor de Madrid y de sus habitantes durante la segunda mitad del siglo XIX.
A pesar de la natural evolución de la Literatura que deriva en la búsqueda y desarrollo de estilos y técnicas novedosas, esta historia clásica ha permanecido impasible ante el paso del tiempo. La obra es un largo y minucioso relato de la vida cotidiana en Madrid, con sus afanes y sobresaltos, pero también con la candidez y sencillez de los pequeños detalles que contribuyen a enriquecer la historia y a hacerla muy querida. Es también un relato lleno de personajes memorables y una larga trama que retrata con fidelidad una época y una forma de vida.
La acción se desarrolla en Madrid, aproximadamente en el lapso comprendido entre 1868 y 1874, periodo relevante en la vida política y social de España (sexenio democrático) en el que se redefinieron grandes líneas políticas y sociales que han abierto brecha a otras transformaciones. De manera tangencial el autor utiliza este periodo de cambiantes y turbulentos hechos para dibujar tenuemente un paralelismo entre las alternancias del poder político de esa época (Absolutismo-República-Restauración) y las alternancias de la historia de este triángulo amoroso que conforma la trama principal de la novela (Matrimonio-Romance clandestino-Matrimonio), comparando al matrimonio con el Absolutismo y al amor aventurero y clandestino con las locuras y las ansias de mayor autonomía de una República.
El marco de referencia histórico y la novela comienzan con la revolución española de 1868 (La Gloriosa) cuyo objetivo fue derrocar a la monarquía de Isabel II (1830-1904) y con esto finalizar con los absolutismos y poder, de esta manera, establecer un régimen político democrático. Tras esta revuelta se instaura una Regencia, encabezada por el general Francisco Serrano y Domínguez (1810-1885) la cual termina en 1871, año en el que da otro giro la vida política de España instalando una efímera e inestable Monarquía Parlamentaria en la persona de Amadeo I de España (1845-1890) y que termina en 1873.
Posteriormente viene un periodo lleno de vuelcos y de mayores vacilaciones donde se suceden hechos como la Primera República Española y el Golpe de Estado de Pavía para finalmente dar paso a la Restauración Borbónica en 1874 en la persona de Alfonso XII. Estos avatares políticos y sociales sirven de marco histórico a la novela de Pérez Galdós y en este contexto vemos desfilar una serie de hechos y de personajes entrañables.
La obra está excelentemente ambientada no sólo por la magnífica descripción de la ciudad y sus detalles históricos, multicolores y refinados, sino también por la multitud y carácter de los personajes, no sólo de los protagonistas si no también y en especial los secundarios quienes dotan de un entorno muy colorido y vivaz a toda la novela.
Durante la primera mitad del libro el autor plantea de manera extensa y meticulosa la estructura y la problemática de su historia que, como se dijo, da paso a un triángulo amoroso y a muchas otras pequeñas historias contadas con un gran estilo, con profusión, con elegancia y amenidad. En esta parte de la obra Pérez Galdós nos presenta todos los hilos que conducirán la trama durante la segunda parte, en la cual el nudo se teje y desteje en toda su brillantez y en toda su magnitud y no nos otorga tregua ni descanso alguno para continuar con su lectura. El pasar de las páginas va descorriendo la trama de manera soberbia y única, al más puro estilo de Benito Pérez Galdós.
La novela comienza haciendo un interesante análisis sobre la sociedad, la política y sobre todo del comercio y las modas en Madrid en aquellos años. Una reflexión interesante sobre la ropa y que todavía aplica a nuestro tiempo, tal vez ahora con mayor fuerza que antes, es la que nos menciona el autor acerca de que “la ropa genera una energía especial; es una de las principales energías de la época presente, tal vez una causa muy importante generadora de movimiento y vida”. En este sentido a través de toda la novela el autor le confiere gran importancia a la vestimenta y nos relata de buena forma la manera en que la gente de todas las clases sociales se viste. También durante esta parte el autor nos va introduciendo a sus personajes tanto a los protagonistas como a los secundarios.
Ya desde el primer renglón del primer capítulo, llamado “Juanito Santa Cruz”, el autor nos revela el nombre de uno de los personajes centrales con el siguiente íncipit: “Las noticias más remotas que tengo de la persona que lleva este nombre me las ha dado…” Mención aparte, me parece un excelente inicio de novela, uno de esos que se quedan grabados fuertemente en la memoria por alguna razón.
Juanito Santa Cruz es un hombre joven que pertenece a una familia conservadora y pudiente, sin preocupaciones económicas y sin muchas ambiciones personales, salvo las que se refieran a darse buena vida, a hacer una que otra calaverada y a conquistar mujeres. Juanito a través de la novela va dando tumbos sin cesar y no logra apuntalar su personalidad inquieta e inmadura.
Los padres de Juanito son don Baldomero y doña Barbarita, que tienen en Juanito a su único hijo y como tal le dispensan todos los cuidados. De familia acomodada, este matrimonio no sufre ni se preocupan por su situación económica, aunque sí les preocupa las circunstancias políticas que se van presentando y que parecen amenazar su estatus de conservadores privilegiados. No conocen las limitaciones y menos aún saben lo que es la pobreza. Es de mencionar que una de sus principales inquietudes de este matrimonio estriba en responder con creces a las expectativas y a las convenciones sociales.
La esposa de Juanito es Jacinta, mujer virtuosa y una de las dos involucradas en la problemática principal desatada por Juanito y en la cual Jacinta está destinada a padecer penalidades e ignominia ya que la fatalidad ha interpuesto a Fortunata en su camino.
Plácido Estupiñá, un allegado a la familia de Juanito y que vive a la sombra de ellos. Personaje dedicado al comercio y a hacerle servicios a la familia Santa Cruz. Es un ser vivaracho, pintoresco en grado sumo y leal que se vale del verbo y de sus relaciones para sobrevivir.
Guillermina Pacheco, una aguerrida dama de familia aristocrática que, desprendiéndose de todas sus comodidades y ventajas que le otorga su posición, dirige todos sus esfuerzos para ayudar a la gente pobre de Madrid. Guillermina Pacheco es la representación del bien, la conciencia de sus congéneres.
El Señor José Izquierdo, holgazán de pura cepa, incapaz de encontrar un oficio y que se la pasa justificando sus fracasos en 50 años de vida achacándolos a las injusticias y a la poca gratitud de la gente.
Los tres hermanos Rubín, ineptos y faltos de miras, son capitaneados por Doña Lupe viuda de Jáuregui, mujer severa, resuelta y de un carácter sumamente combativo, podríamos decir que es un volcán en constante erupción y una usurera feroz, cuya doble personalidad se desdobla cuando de dinero hay que tratar. Uno de los tres hermanos, Maximiliano, un ser débil, timorato y físicamente enclenque, es conducido por el destino y por los encantos de Fortunata a un muy infeliz y tortuoso matrimonio. Maximiliano sufre unas muy interesantes transformaciones durante la novela y se convierte también en un personaje central.
Fortunata, dueña de una belleza física notable, cuyas pobres y deficientes condiciones caracterológicas, económicas y sociales la llevan hacia destinos no deseados por ella. Este personaje se constituye como el detonante de gran parte de la trama. Su vida es como un barco que siempre va a la deriva conduciéndola hacia lugares no deseados. Todas sus rudimentarias fuerzas son utilizadas para protegerse de las tempestades y miserias del mundo en el que nació y al que está ella condenada. Su forma de vida es sumamente criticada por la buena sociedad. La forma de manifestarse es rudimentaria, primitiva y salvaje, pero con mucha frescura: representa la esencia de los sentimientos del pueblo rudo. Hacia el final muestra un gran tesón y mucho amor propio para lograr algo muy de ella.
El práctico, bondadoso y filosófico militar retirado Don Evaristo Feijoo, quien lleva una vida plácida y ordenada, hasta que casi llegando a sus sesenta años de vida tiene un desliz sentimental ya que se ilusiona de manera romántico-paternal con Fortunata. Este personaje contiene algunas alusiones a la personalidad del propio autor.
La violenta y viciosa mujer llamada Mauricia la Dura, cuyos defectos son producto de las condiciones sumamente difíciles en que ha tenido que vivir, así como las desgracias que se han abatido sobre ella. Esta feroz y resentida mujer se especializa en montar sainetes y en ellos agrede a cualquier persona por alguna susceptibilidad mal entendida. Es un ser siempre sufriente, tanto por su condición social como por su carácter explosivo y belicoso que no le permite relacionarse con el mundo. Podríamos decir que este personaje es la representación del mal.
Don Manuel Moreno-Isla, un solterón rico y empedernido que vive entre Madrid y Londres, que siempre reniega de la ciudad de Madrid y de su gente, pero en el fondo de su receloso ser habita un alma bondadosa que lo convierte es una fuente para obtener, entre otras cosas, dinero y destinarlo a obras benéficas.
Todas las pequeñas historias que conforman esta gran novela y que se van sucediendo una a una, son hermosas, interesantes, simpáticas, dramáticas y forman una urdimbre genial y emblemática. El autor se vale de su gran clarividencia y de su capacidad de expresión para describir al pueblo llano, a la pobretería de Madrid que tiene un papel distinguido en la obra. La religión también guarda un papel preponderante, barnizando a muchos de sus personajes con ese velo místico. Las actividades de la ciudad giran en torno a las prácticas religiosas, destacándose la mención de decenas de templos, conventos, capillas e iglesias.
Madrid también es convertida en un personaje central de la novela, en donde se nos describen de manera muy elocuente lugares, calles, plazas, mercados, conventos, iglesias que aún hoy son una insignia en el Madrid actual debido a su carga histórica y arquitectónica: la Puerta del Sol, la calle Preciados, el restaurante El Sobrino de Botín, la calle de Cuchilleros, el Barrio de Salamanca, el de Chamberí, el de la Latina, Lavapiés con su plazuela, el mercado de San Antón, la calle de Hortaleza, el Parque del Retiro, el Convento de las Micaelas y muchos más. El retrato literario que el escritor canario hace de la ciudad, de su gente, de sus usos y costumbres es incomparable. Es el Madrid antiguo y tradicional, el Madrid castizo, popular y casi heroico; entrañable y hasta enternecedor. Se podría decir que Pérez Galdós ha dejado plasmado en las páginas de esta obra monumental un museo de Madrid.
Y qué decir de su riqueza de lenguaje, de su muy experto manejo de éste y del sabor que le imprime con los giros idiomáticos, con el fino sentido del humor que sólo él posee, así como con el uso de la jerga popular.
Pero también se da tiempo el maestro Galdós para inyectarnos de buenas dosis de poesía y filosofía en su relato. Para muestra basta un botón:
“El frío era intenso, penetrante y traicionero como de helada, bajo un cielo bruñido, inmensamente desnudo y con las estrellas tan desamparadas, que los estremecimientos de su luz parecían escalofríos”.
En el capítulo llamado “Un curso de Filosofía práctica”, el autor desgrana algunas consideraciones de carácter filosófico tan prácticas como profundas. He guardado en especial un pequeño párrafo porque alude a una idea interesante que yo había leído años antes y que recordé de inmediato a pesar del tiempo transcurrido. La idea original es del filósofo alemán Arthur Schopenhauer (1788-1860) y la noción que nos plantea el autor español es la siguiente:
“El amor es la reclamación de la especie que quiere perpetuarse…y las uniones se verifican por elección superior y extraña a todos los artificios de la sociedad. Todo los demás es fatuidad y palabrería de los que han querido hacer una sociedad en sus gabinetes, fuera de las bases inmortales de la Naturaleza”.
El fundamento de esta noción de Pérez Galdós de encuentra en un libro de Schopenhauer titulado de manera muy sugerente “El amor, las mujeres y la muerte”.
En una última reflexión acerca de los inextricables y monolíticos convencionalismos sociales que nos obligan a vivir de cierta forma, que llegan a convertirse en una especie de una camisa de fuerza y que ciertamente muchos de nosotros, en algún momento, habremos cavilado sobre esta idea de manera tal vez poco clara o imprecisa. Aquí la mente de Pérez Galdós, nos lo pone fuerte y claro:
“¿…las formas? Pues no te diré que éstas sean todo; pero hay casos en que son casi todo. Con ellas marcha la sociedad…los principios son una cosa muy bonita; pero las formas no lo son menos”.
Esta gran novela fue publicada en 1887 y junto a La Regenta de Leopoldo Alas, publicada en 1885, se erigen como dos de las obras más brillantes y de mayor prosapia dentro del realismo literario español, así como en general de la novela española del siglo XIX y diría que también del XX y por extensión del XXI.