Con este libro me ha ocurrido lo mismo que cuando leí "El amuleto de bronce", también de este autor: que me ha gustado mucho como libro de historia entretenido, pero no tanto como novela.
La narración lineal de infinidad de batallas, idas y vueltas, traiciones y reconciliaciones, intrigas palaciegas, victorias y derrotas produce frecuentes bajones en la tensión narrativa, que, por otra parte, nunca llega a ser emocionante aunque tenga momentos bastante logrados.
Y creo que es inevitable: si se pretende dar a conocer toda la historia del Cid conservando siempre la emoción literaria y la brillantez narrativa, probablemente habría que escribir una saga de varios títulos concatenados para dar a cada episodio de su vida un espacio suficiente y no dejarlo sucumbir en la enumeración de fechas y batallas. Estoy pensando especialmente en el desequilibrio entre la importancia que supuestamente tiene para el Cid su hijo Diego -según el autor- y la ligereza con que despacha el episodio que protagoniza (o se suponía que protagonizaba).
Otra posibilidad es inclinarse por la solución de Arturo Pérez Reverte en "Sidi", que tampoco resulta satisfactoria porque da la impresión de flojera, de liviandad o vagancia. Parece que se hubiera contentado con un par de sucesos históricos en los que centrar el pincel para trazar los cuatro rasgos que el autor quiere destacar del héroe, sin contarnos casi nada de su vida.
Tampoco el estilo es una joya literaria. La abundancia de epítetos en las descripciones tanto de paisajes como de personas les quitan el verdadero valor descriptivo, singularizador.
La novela comienza con la presentación del narrador: Diego de Ubierna, hijo segundo de un infanzón de Castilla, que vive en el monasterio de San Pedro de Cardeña como novicio, pero que lo abandona porque el Cid va a buscarlo para hacerle su escudero. Es de los pocos personajes "existentes" en la novela (en realidad es el único que no existió), en el sentido de que lo conocemos, igual que llegamos a conocer al Cid, a Jimena un poco, al rey de Zaragoza Al-Mutamin, a su consejero Yahya, quizás a Martín Antolínez, y a pocos más. El resto (casi podríamos incluir en ese resto a Alfonso, rey de León y de Castilla, aunque su presencia sea constante) son un desfile de nombres y apellidos presentados como comparsas positivos o negativos en la trama, descritos con adjetivos y con los hechos que llevan a cabo pero sin entidad humana imaginable.
Sin embargo, volveré a reincidir en la lectura de novelas históricas de José Luis Corral, porque aunque no terminen de cumplir la expectativa como novelas, se agradece muchísimo el poder disfrutar de libros de historia entretenidos. Creo que voy a cambiar mi calificación inicial de tres estrellas por la de cuatro. Debería haber puntuaciones intermedias.