Hay libros que perduran para siempre en el recuerdo, libros que hacen que la recordación, con la sencilla observación de las hojas verdes de un árbol, hagan a la memoria volver a un paraje dibujado por el autor, libros que hacen pensar que uno quisiera ser como ese escrito, por los personajes que crea, por la forma en la que cuenta la historia. Este libro no tiene nada de eso, me da mucho pesar decirlo porque intento siempre abstraer lo bueno que me dejo, pero, desde el punto de vista literario, no puedo celebrar ni una sola cosa, no puedo manifestar que me ha gustado algo, y normalmente esto no me pasa. No quiero posar como crítico porque nada sé; no quiero desmotivar a posibles lectores porque todos vemos las cosas en forma diferente, desde lo que somos, desde la forma en que nos hemos moldeado; no quisiera llenar esta reseña de aspectos negativos, pero, debo decir algo, debo manifestar lo que sentí con la lectura, y, la verdad, son pocas cosas las buenas que he encontrado, así que, comencemos con lo censurable:
Los diálogos: Son de lo más impostado que he leído hasta el momento. Parece que la necesidad de mostrar que sabe sobre el tema, que es un historiador docto, lo hace perder el norte sobre lo que normalmente acontece en un dialogo. Por ejemplo, cuando un esposo habla con su mujer, no le dice: “Hola amor, espero que te haya ido bien en tus cosas. A mí me fue muy bien, porque recuerda que los Acosta somos una familia de nobles que procuramos siempre respetar las buenas costumbres de la ciudad, de apoyar al prójimo, tal como lo dictan las buenas costumbres de la ciudad. Recuerda que esta ciudad es muy religiosa y por eso está llena de iglesias en las que rezamos el padre nuestro y el ave maría, y en las que los domingos suenan las campanas para que lleguen los feligreses. Por eso, amor, mi apellido está ligado a la grandeza de la ciudad, porque siempre hemos respetado las costumbres que la han hecho crecer”, y le faltó decir cómo es el ave maría. Es lo impostado, los diálogos van cuando son necesarios, incluso las descripciones hechas por el narrador en tercera persona. Si quiere mostrar todo el conocimiento que tiene podría haber hecho un ensayo o utilizar los pies de página con esos datos, o, incluso, al final del libro, hacer un acápite en el que menciones cuestiones que no tienen injerencia con la historia, porque es novela; que no le quiten el ritmo a lo que se está narrando. Lo triste es que esto es la constante, es lo que sucede en la mayor parte del libro.
Los personajes: Hay que leer Dostoievski o Zweig para vislumbrar cómo debe crearse un personaje, para analizar qué es lo que tienen por dentro, qué es lo que los mueve a actuar en la forma en que lo hacen. Llegar a ellos es la perfección, pero se pueden hacer personajes muy buenos también en este tipo de novelas, como el Claudio de Graves, el Augusto de Williams o la Julia de Posteguillo, se puede hacer eso solamente si se desentraña su interior, si el personaje se arma desde dentro, los personajes deben ser fieles o debe explicarse la razón por la cual cambiaron su forma de ver el mundo. En Numancia los personajes son planos, eso sí, acordes con lo que dialogan, son personajes que actúan y ya, pero no sabemos qué es lo que verdaderamente los mueve. Hablan de la lealtad pero, para ellos, ese valor parece que fuera solamente una metáfora; se enamoran, pero como si el amor fuera un mecanismo mecánico de todos los seres; dicen que sufren, pero, yo como lector, no sentí una pizca de sufrimiento. ¡Por Dios! Un cerco que implicó que muchas personas murieran de hambre, que tuviesen que comerse los restos de sus muertos, que los sobrevivientes se entregaran bajo la certeza de cuál sería su destino, era para que el lector se compadeciera con ello, pero, no… no despertó nada de eso, o no lo transmite o este sujeto se ha vuelto de hielo.
El contexto: Nuevamente, pareciera que se quisiera abarcar la totalidad, que se quisiera demostrar lo que se conoce sobre todos los entornos, pero, los que buscamos leer un libro como este queremos saber sobre Numancia, sobre el cerco, sobre los padecimientos que se tuvo que pasar, sobe la capacidad romana. ¿Dónde está el cerco de Numancia? El libro son creo que 560 páginas, ya me faltaban 150 y nada de nada, todavía seguía armando algo que parecía un rompecabezas pero que, descubrí, no lo era. El título por fin: “Cerco de Numancia”, me dije “ahora sí”, pero nada de nada. Seguía contando sobre la forma en que llegaron los romanos, sobre las cuestiones que puedo llamar como “cercanas”. Últimas 40 páginas, parecía que era la hora, lo importante llegaría, pero eso, lo que se debía explotar se fue como un soplo, no se dijo mucho, no se explotó. El contexto fue todo lo demás pero nada más.
Ahora, lo bueno. Menos mal siempre hay algo bueno y esta vez tiene que ver con algo de lo malo que ya mencioné. El autor muestra su conocimiento sobre aspectos de la época, sobre lo que sabe de historia, y eso es algo que agradezco porque al leer novela histórica quiero aprender, quiero recordar algo que ya había leído tal vez en un ensayo. Lo malo en la forma en la que se narra fue algo bueno para aprender. Sabemos que Roma siempre vuelve. Sabemos que hubo una serie de cónsules y generales ineptos para la república, que no supieron cómo luchar con los celtiberos. Sabemos que fue el hijo adoptivo del hijo del Africano, Publio Cornelio Escipión Emiliano, quien tuvo que conquistar la ciudad a través del cerco de la misma, haciéndolos morir de hambre, entregarse, porque la lucha de guerrilla les había hecho perder a muchos hombres. Sabemos también sobre las costumbres de ambos bandos, sobre la religión, sobre la forma en que luchaban. Eso es algo bueno, no sé qué opinen ustedes.