Max Torres: ¿Ya la acabaste?
Memo Jiménez: Aún no. Pero ya pronto.
Memo Jiménez: Es una obra genial. Magnífica. 🙌
Max Torres: Dame tus impresiones.
Mis impresiones para mi querido Max:
Ufff. Ni por donde comenzar. Lado b de la “Historia” (justo sigo leyendo el DEVASTADOR El fin del «Homo sovieticus», de Svetlana Aleksiévich).
Siento que Toscana explica mucho de la condición humana de aquellas coordenadas vinculándolo con aquello que conecta con lo “de acá”, lo mexicano, lo regiomontano (aunque aquí no tanto, no tan obvio, lo que lo volvería más universal, y por tanto, más emparentado con la idea que tenemos de la literatura rusa: «Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera». León Tolstói en Ana Karenina).
El contexto histórico es soberbio, solo pinceladas de lo que estaba ocurriendo, pero que dotan de un gran carácter político a la novela, sin que acapare atención o la desvíe. Además, está presente esa idea de las novelas de Toscana de los roles y papeles que podemos interpretar (vivir) las personas solo por ser nombrados: el tísico, el usurero, la esposa venida a desgracia: los cuales terminas leyendo como una crítica al conservadurismo, a la derecha, al fascismo de ideas. Y que refuerzan de alguna manera una crítica a los estados totalitarios: tener uniforme, no tenerlo, ostentar un cargo, una ocupación, etcétera.
La tragedia revestida de humor y comedia.
Hay algo teatral en toda la obra de Toscana que siento que en esta novela logró llevar a un nivel muy bien acabado, la comedia de la vida; cómo la “audiencia”, es decir, los otros personajes que no están enajenados por la literatura rusa, les “siguen la corriente”, aceptan su condición de espectadores y participan desde sus butacas, algo como “ya sabemos que están actuando, o fingiendo, o locos, pero les seguimos la corriente para seguir viendo la puesta en escena”.
No quiero decir lo obvio, pero más que homenaje a la literatura, a la literatura rusa en particular, siento que es un antihomenaje, explica o más bien propone una explicación del por qué la literatura rusa fue como fue, por qué llegó a tener ese nivel y ese reconocimiento, pero criticándolo, haciendo ver que esos textos son a costa de muchas vidas, de sangre, de secuelas que nunca sanarán (nuevamente Aleksiévich aquí).
Nos reímos porque no hay salida a la vida. Nos reímos para liberar la tensión, la tristeza, la frustración. Nos reímos porque nos sabemos privilegiados y afortunados, ya que saldremos de esa podredumbre de vida tan solo con cerrar el libro y rehuir los espejos para evitar reconocernos en algunos de los personajes o de los espectadores.
Las obras que no se escriben.
Esa idea me sigue pareciendo bellísima. Hay un libro de un periodista inglés, La biblioteca de los libros perdidos, de Stuart Kelly, que más bien habla de aquellos libros que sabemos que se escribieron, pero que se perdieron. Acá están los libros que no se pudieron escribir nunca, porque una ideología en el poder lo decidió.
Increíble novela de David Toscana, por mucho, uno de los escritores que más me interesan en la actualidad.