El título de este libro se vuelve aún más sorprendente cuando uno se entera de que el autor fue un reconocido profesor de Estética en la Sorbona, filósofo riguroso que dedicó su vida al estudio de la obra artística, autor incluso de un célebre Vocabulario de estética. O sea, alguien que se toma muy en serio la palabra “arte”. En este libro, fundado sobre investigaciones del comportamiento y la psicología animal, y pleno de fotografías que traducen el asombro del autor, el filósofo estricto se rinde ante la evidencia misteriosa de que la vida ha esparcido por todas partes, en todo tipo de seres vivos, los medios de la creación artística. La gaviota no podría remontar una corriente de aire sin una sensibilidad activa frente a la forma del ritmo. Los ruiseñores no podrían dialogar cantando para marcar sus territorios sin una intención espectacular. ¿Qué decir del lujo de la perfección formal que se da la avispa alfarera, que revisa y corrige su obra obsesivamente, sin ningún fin útil? Los perros no podrían jugar, ni los lobos mostrar sumisión, si no fueran capaces de imitar y de fingir. Souriau aclara que no tiene ninguna intención antropomórfica. Pero que sí es bueno, al observar a los humanos, un poco de zoomorfismo. Hay que derribar el prejuicio de que los animales son máquinas ciegas y su contracara, que el ser humano es una criatura excepcional, amo del mundo y su destino, y cuya expresión más elevada y pura sería el arte. Finalmente, el baile de los adolescentes tímidos que inician torpemente un cortejo no demuestra mayor originalidad y consciencia de la belleza que las danzas de cortejo de las aves. Y las reuniones sociales entre humanos no despliegan mucha más inteligencia que las recepciones que organiza el pájaro pergolero después de haber adornado su hogar con piedritas y plumitas de colores.
Souriau desarrolla una flora y fauna de preguntas en torno a la naturaleza. Es a acaso consciente de la belleza que produce? Son los pájaros y las plantas conocedores de un estilo? El libro divaga, da mil ejemplos, selecciona fotos, anota al pie: abejas, termitas, aves australianas, castores. Suma y sigue. La narratividad es atrapante, su reflexión también, y así uno va, seguro entre las páginas, de que hay una intuición llena de memoria, de que hay una inteligencia distinta a la humana, una manera de percibir y de mostrarse de insectos, plantas y animales. Este ensayo notable de Sourieu es una joya de otra época que nos golpea en la puerta de la extinción.
Escrito en 1965, todo un alarde de precocidad, se trata de una de las mejores tesis acerca de la proto-artisticidad animal y natural. Son pocos (Dutton, Dissanayake, Rothenberg...) los que han sido capaces, sin caer en simplezas cursis y sentimentaloides, de exponer cierta continuidad estética de las plantas a los humanos.
La lectura de Sourieau, quien era consciente de estar pisando tierra virgen, puede irritar o descolocar al público amateur. Sus reflexiones, estímulos e indicaciones buscan ejercitar la intuición artística más allá de la fría academia de la historia del arte. Y el asunto no queda cerrado, sino que permite la polémica (hoy por hoy no cerrada).
No apto para espíritus superficiales que den por hecho que los animales hacen "arte", ni tampoco para los que crean que el arte es un mero logro voluntarista humano.
¡Qué libro! Uno de los más sorprendentes e iluminadores que he leído jamás, indudablemente. Esta pequeño tesoro de Souriau consiste en un bellísimo estudio que combina la estética con su amor por los animales, transformado en etología. No me sorprende en absoluto que tanto Latour como Despret lo hayan citado y utilicen parte de sus reflexiones, pues es sumamente inspirador. Souriau se dedica a explorar la posibilidad de un animal artista, pero sin caer en ningún tipo de trampa autoimpuesta o credulidad, pues por ejemplo trata a su vez del instinto en los insectos, ya comentado por Bergson, como una ejecución no-artística, o la de las plantas, sino basada en su naturaleza, en la que el individuo no tiene ningún papel. Así, y mediante centenares de preciosos ejemplos, conocemos el animal-cantor, el animal-danzante, el animal-artesano, el animal-espectacular. Nada hay más bello, para mí, que redescubrir el mundo animal. Una obra excepcional.
Momentos muy potentes para pensar instituciones humanas (el arte) desde la etología, deshumanizar la experiencia estética y democratizar la creatividad. Souriau atiende de una manera muy bella la complejidad de la vida animal y la manera en la que se asemeja al existir humano, entiende a la animalidad y la naturaleza sin buscar antropomorfizarla e insiste en la cualidad del ser humano como espectador. Aunque no fui fan de las descripciones exhaustivas de las diferentes articulaciones de un principio artístico en el hacer animal, reconozco su valor para la argumentación y el sostenimiento de una teoría deshumanizada del arte. Insistiría en que el libro se habría beneficiado de otro enfoque más orientado hacia lo estético que hacia lo artístico.