Este libro transcribe parte del testimonio que Simone Veil dio en una entrevista, grabada en 2006, como parte del proyecto "Memoria de la Shoah". En ese proyecto participaron otras ciento y pico personas, que desnudaron su memoria ante una cámara en otras tantas entrevistas. Para quienes hemos leído su autobiografía ("Mi vida"), este libro, aunque breve, ofrece nueva información, más íntima y dolorosa, sobre algunas partes de su vida. En especial, la que transcurrió en los campos nazis. Hay algo en su forma de describirlos, un cierto naturalismo desapasionado, coincidente con la forma en que Jorge Semprún narró sus recuerdos de Mauthausen.
Pero Simone Veil insiste, mucho, con razón y con dolor, en la radical diferencia entre los presos "políticos" (comunistas, socialistas, miembros de la resistencia, etc.) y los presos "raciales" (judíos, gitanos). No hubo un plan nazi para exterminar a todos los socialistas, sí lo hubo para eliminar a todos los judíos. No mataron niños socialistas, sí asesinaron niños judíos. Solo ellos fueron objeto del Holocausto.
Simone Veil denuncia que la sociedad francesa de posguerra no siempre reconoció esta diferencia, hasta el punto de que se enalteció la figura de los resistentes deportados (como su propia hermana Denise) y se ignoró, o incluso se humilló, a los judíos deportados: "básicamente, nosotros éramos víctimas y ellos héroes. No teníamos la menor intención de ocupar su puesto, ni de disfrutar de la misma acogida que ellos, del mismo reconocimiento. Pero a veces se dieron (...) antagonismos. Aunque no pretendíamos tener derecho a nada, nos sentíamos rechazados como si fuéramos culpables. Éramos víctimas, pero no culpables" (p. 137). Qué necesaria es Simone Veil.