«El reaccionario no escribe para convencer. Meramente transmite a sus futuros cómplices el legajo de un pleito sagrado».
La libertad no es fin, sino medio. Quien la toma por fin no sabe qué hacer cuando la obtiene.
El futuro próximo traerá probablemente extravagantes catástrofes, pero lo que más seguramente amenaza al mundo no es la violencia de muchedumbres famélicas, sino el hartazgo de masas tediosas.
Sólo las educaciones austeras forman almas delicadas y finas.
El escepticismo es la humildad de la inteligencia.
Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres.
La historia de las religiones no es historia de opiniones, sino de aventuras.
El progresista cree que todo se torna pronto obsoleto, salvo sus ideas.
La sociedad moderna corrompe igualmente a ricos y a pobres.
La Biblia no es la voz de Dios, sino del hombre que la encuentra.
Hay ideas que no son verdaderas, pero que debieran serlo.
La inteligencia tiene hoy el deber de pelear hasta el fin batallas de antemano perdidas.
Verdadero aristócrata es el que tiene vida interior. Cualquiera que sea su origen, su rango, o su fortuna.
El hombre actual reclama libertad para que la vileza florezca impune.
Desconfío de toda idea que no parezca obsoleta o grotesca a mis contemporáneos.
La libertad es derecho a ser diferente; la igualdad es prohibición de serlo.
El mundo moderno ya no censura sino al que se rebela contra el envilecimiento.
Siempre hay Termópilas en donde morir.
Aceptamos que nos condenen pero no que nos juzguen.
Lo que el moderno detesta en la Iglesia católica es su triple herencia: cristiana, romana y helénica.
El peor totalitarismo no es el estatal ni el nacional, sino el social: la sociedad como meta englobante de todas las metas.