A los patriarcas les ocurre una cosa bastante humillante: envejecen. Ahmad Abd el-Gawwad lleva tantos años gobernando su casa que quizá haya terminado creyendo que también manda sobre el tiempo. En El palacio del deseo empieza a recibir noticias en sentido contrario.
En Entre dos palacios, primera entrega de la Trilogía de El Cairo de Naguib Mahfuz, Ahmad parecía ocupar todo el espacio disponible. Su autoridad organizaba la casa, su presencia determinaba el comportamiento de los demás y su doble vida convertía al patriarca respetable y al juerguista nocturno en dos caras perfectamente compatibles de un mismo hombre. En esta segunda entrega, El palacio del deseo, sigue siendo formidable, excesivo, contradictorio y muy capaz de meterse en líos, pero lo que empieza a cambiar es el centro de gravedad de la familia: Ahmad continúa mandando, pero ya no todo gira a su alrededor.
Han pasado cinco años —estamos ya en 1924— y la familia Abd el-Gawwad continúa extendiendo sus ramificaciones. Los hijos se casan, aparecen nuevos hogares, las antiguas jerarquías se agrietan y Egipto también se mueve fuera de esas paredes. Mahfuz conserva el gran fresco familiar de la primera novela, pero desplaza poco a poco la mirada hacia una generación que ha crecido bajo la autoridad de sus padres y empieza a descubrir que heredará bastantes cosas que quizá preferiría devolver.
Y entonces está Kamal.
El niño curioso de Entre dos palacios se ha convertido aquí en uno de esos jóvenes capaces de sufrir simultáneamente por Dios, Darwin, la belleza, el amor, la filosofía y una muchacha que probablemente tiene otras cosas que hacer. Resulta difícil no quererlo y, en determinados momentos, también resulta difícil no agarrarlo por los hombros y pedirle que se tome un café.
Su enamoramiento de Aida Shaddad es uno de los grandes motores de la novela, hasta el punto de que Kamal construye alrededor de ella casi una religión privada. Aida pertenece a un mundo social que lo fascina precisamente porque está lejos del suyo, y él convierte esa distancia en combustible para una idealización que termina diciendo tanto de la muchacha como de quien la contempla. Hay además algo revelador en la forma de ese amor: Kamal ha crecido queriendo y temiendo a un padre cuya autoridad lo sometía, y en su adoración de Aida parece reproducirse parte de aquella vieja educación sentimental. También aquí amar significa colocar al otro muy por encima de uno mismo. Mahfuz entiende muy bien esa edad en que uno todavía cree que el ser amado contiene alguna explicación secreta del universo.
Pero Aida representa para él algo más que una muchacha concreta. Su clase, su educación y una forma de vida más moderna y occidentalizada pertenecen también a un mundo que Kamal contempla desde fuera. En su fascinación por ella se mezcla así el deseo por una persona con el deseo de acercarse a una realidad social a la que siente que no pertenece.
Ahí aparece también el Kamal intelectual, quizá la criatura en la que con mayor claridad se percibe el choque entre el mundo recibido y el mundo que empieza a descubrir por sí mismo. La fe aprendida en casa, la ciencia, la filosofía, el deseo y las nuevas ideas comienzan a disputarse espacio dentro de su cabeza. Algunas de las mejores páginas del libro nacen de esa batalla porque Mahfuz consigue convertir cuestiones enormes —Dios, la razón, la identidad, el sentido de una vida— en problemas íntimos de un muchacho que todavía está averiguando quién demonios quiere ser. Mahfuz reconoció haber modelado parcialmente a Kamal sobre sí mismo, y se percibe una intimidad especial en esas dudas religiosas, intelectuales y sentimentales que van ocupando al personaje.
Y hay algo especialmente doloroso en ese proceso: el muchacho sigue perteneciendo al mundo que empieza a cuestionar. No dispone de otro al que mudarse cuando las certezas heredadas dejan de servirle. Continúa viviendo dentro de un mundo que poco a poco le queda estrecho, y buena parte de su desgarro nace precisamente de la separación entre lo recibido y lo que empieza a pensar, sentir y desear por su cuenta.
Quizá ahí aparezca, más que una ruptura, una distancia: todavía está dentro de ese mundo, pero ya no puede mirarlo exactamente desde el mismo sitio.
Ese desplazamiento hacia Kamal modifica también el tono de la trilogía. Ahmad Abd el-Gawwad continúa proporcionando escenas magníficas, sobre todo cuando su apetito por la vida tropieza con una evidencia que hasta entonces había conseguido mantener bastante lejos: el tiempo pasa incluso para los patriarcas. Su deseo permanece, su vanidad también, pero el cuerpo empieza a enviar memorandos que él preferiría no leer. Y Mahfuz observa esa decadencia con una mezcla estupenda de ironía, comprensión y crueldad.
Mientras tanto, Yasin demuestra que ciertas herencias familiares encuentran caminos sorprendentemente eficaces para transmitirse. De hecho, el deseo establece uno de los vínculos más curiosos entre los hombres de la familia. Ahmad lo ha ejercido durante años desde el privilegio y la experiencia; Yasin parece haber heredado el apetito casi como una compulsión; Kamal, en cambio, lo eleva hasta convertirlo en una experiencia espiritual y absoluta. Tres hombres de una misma familia, separados también por la edad, sometidos a la misma fuerza y completamente distintos en la manera de vivirla.
Amina, la madre, continúa por su parte ocupando ese centro afectivo que ya sostenía buena parte de la vida familiar: mientras alrededor cambian casas, matrimonios y generaciones, su presencia conserva algo del antiguo hogar que los mantiene todavía unidos. Y hasta en ella se percibe que la casa ya no funciona exactamente como antes: el paso de los años le ha concedido un margen de movimiento y libertad mayor que el que conocimos en Entre dos palacios, otra pequeña señal de que la autoridad de Ahmad empieza a aflojar sin necesidad de derrumbarse.
Khadija y Aisha, las dos hijas de Ahmad y Amina, prolongan la historia desde sus matrimonios y la familia, que antes parecía concentrada casi por completo en una única casa, empieza a convertirse en una pequeña geografía. Esa expansión permite que Mahfuz muestre cómo cambian las costumbres, las relaciones entre hombres y mujeres y la propia idea de autoridad sin necesidad de convertir a los personajes en representantes con patas de una tesis histórica.
Porque una de las grandes virtudes de Mahfuz sigue siendo esa capacidad para contar un país a través de gente que está ocupadísima viviendo. La política, la religión, las diferencias de clase y la modernización de Egipto atraviesan la novela, pero casi siempre llegan encarnadas en una discusión, una boda, una visita, una humillación, una conversación entre amigos o una pasión mal administrada. La Historia entra por la puerta de casa y se sienta a la mesa.
Si en Entre dos palacios el cambio llegaba desde la calle —la revolución, la ocupación británica, el nacionalismo—, aquí empieza a instalarse también dentro de los personajes. En Kamal, sobre todo, la Historia adopta la forma mucho menos visible de unas ideas que ya no permiten mirar el mundo heredado exactamente como antes.
La prosa mantiene esa engañosa sencillez que hace avanzar cientos de páginas con una facilidad admirable. Mahfuz posee una mirada muy precisa para las pequeñas ridiculeces humanas y sabe acercarse muchísimo a un personaje sin perder del todo la distancia. Esa combinación resulta especialmente valiosa con Kamal: comprendemos la intensidad desmesurada de lo que siente y al mismo tiempo alcanzamos a ver, desde unos centímetros más atrás, al joven que está convirtiendo cada emoción en un acontecimiento metafísico.
También cambia con respecto a Entre dos palacios la propia experiencia de lectura. El movimiento exterior pierde algo de protagonismo y la novela pasa más tiempo acompañando pensamientos, dudas y procesos interiores, especialmente los de Kamal. A mí, esa mayor interioridad me hizo sentir la lectura más pausada que la de la primera entrega y exige aceptar que, durante largos tramos, lo decisivo está ocurriendo dentro de una cabeza.
Mi principal reserva aparece precisamente ahí. La pasión de Kamal por Aida ocupa mucho espacio y en algún tramo su tormento sentimental se prolonga más de lo que necesitaba mi paciencia. Entiendo perfectamente por qué Mahfuz insiste: esa obsesión forma parte de su educación emocional e intelectual. Pero hubo momentos en que Kamal llevaba tantas páginas sufriendo por Aida que empezaba a pensar que la muchacha debería cobrar derechos de autor.
Aun así, El palacio del deseo consigue algo fundamental en una segunda entrega: el mundo de la trilogía crece sin perder intimidad. Los personajes que ya conocíamos han envejecido, se han casado, han cambiado o han empezado a descubrir que cambiar resulta inevitable. Y Kamal, con sus libros, sus dudas, su arrogancia, su vulnerabilidad y su descomunal capacidad para complicarse la existencia, empieza a ocupar el espacio que su padre va dejando libre.
Ahmad Abd el-Gawwad construyó una casa alrededor de su autoridad. Kamal empieza a descubrir que tendrá que construirse a sí mismo.
Y eso, por desgracia para él y por suerte para nosotros, parece bastante más difícil.
DC