Tres generaciones de mujeres. Un pueblo olvidado. Calor. Campo. Recuerdos. Escenas cotidianas, el lento pasar del tiempo. Cuidar, acompañar pero también saber cuándo es tiempo de partir. Abuela & nieta. Paisajes.
Pp.50 "abro los cajones de la comida y encuentro un álbum de fotos entre la ropa vieja. El desquicio de cosas que desacomoda recuerdos es también un campo minado".
pp. 19 Recuerdo que entonces, de chica, evitaba venir al frente a estas horas. Apenas el sol aflojaba, aparecían primero unos mosquitos de patas larguísimas. Picaban como espinas, todos juntos, hasta hacernos levantar de las sillas. Al rato, cuando oscurecía, se escuchaban los grillos y las chicharras en un canto monótono y ensordinado que se parecía mucho a una alarma. Las moscas y los mosquitos tintineaban sobre el farol de noche. Croaban los sapos, salidos de los pozos, en el útero de los arbustos bajos, y hacia el fondo, entre las ramas del cerco, se sentían los arañazos de las comadrejas. Ese era el paisaje sonoro de mi infancia.
💜 Pp.72 "Yo pensaba en las palabras que no decía, en las que dejó de decir y le quedaban adentro, como un zumbido ensordecedor. A la mañana sigue lloviendo.
💔 Pp. 83
Le cuento entonces lo que me pidió la abuela. Le digo que la abuela quiere morirse. Mamá suspira. Sigue sin despegar la vista de la pantalla. Sugiere que no me preocupe. La abuela también dice muchas pavadas. Además, hija, morirse es otra cosa. Después de unos segundos, las manos frías de mamá buscan las mías, debajo de las sábanas. Se las lleva al hueco del pecho. Dice, en un susurro, que ella la entiende. Que no es fácil llegar a viejo. Pienso en mamá y en la soledad de mamá mientras envejece.
💜 Pp. 89. Más allá de los campos sembrados, las tres sentadas, todavía en el frente, con las manos abiertas sobre los muslos, vemos como se apaga el día sobre la escollera cómo el cielo vira de rojo a naranja, primero, y luego a amarillo, como un fuego que arde hasta extinguirse. Es, por unos momentos, una llama blanca. Después, como si cayera un telón, se despliega la noche. Las tres seguimos el espectáculo del tiempo con la mirada atenta. Pienso, entonces, que cada familia tiene su léxico particular: el nuestro está lleno de silencios. Podemos estar horas enteras sin pronunciar palabra, entendiéndonos sin hablar. Cómo hemos estado, mudas, por años.
💔 pp.91 La abuela cruza las manos sobre el pecho y mira al cielorraso. -No creas que no me doy cuenta sola. Le pido que descanse, que ya está bien. -Mañana espera otro día -advierto. -Si en la noche no nos visita la muerte. Quizás sea cuestión de paciencia le digo. Le beso los pómulos salientes. Y sostengo sus manos temblorosas hasta que cierra los ojos. Recién entonces apago la luz.
🥹Pp.94 -Sabe venir a esta hora -me dice la abuela-. Busca a tu abuelo. Se le aquerenció, vaya uno a saber por qué. Pienso hace cuánto no escucho esa palabra de su boca, aquerenciar, y cómo me gustaba. Y me convenzo de que existe otro lenguaje, uno propio, en esta tierra, que también abandoné cuando me fui. ¿Cuánto de lo que soy les pertenece? ¿Cuánto habrá de quedar cuando yo también me vaya? Me pregunto qué palabras, qué expresiones son enteramente mías; cuántas otras tomé del diccionario familiar; si aparecen, robadas, deformadas de su sentido original. Me preocupa que las palabras que dejan de usarse mueran, caigan también al olvido. Que acabe con la abuela una forma de nombrar. Me pregunto: ¿qué irá a pasar con todas estas palabras cuando nadie las nombre?
🥹 La escena de los preparativos y la cena de navidad
🥹 La conversación entre la abuela y la nieta esa noche