La novela con la que Mujica Lainez inaugura su "saga porteña".
Dos amigos hechizados en su adolescencia por Los ídolos, único libro publicado por el enigmático escritor Lucio Sansilvestre, se reencuentran en Londres luego de más de diez años sin verse. Uno de ellos, Gustavo, sabe que el autor fantasmal vive en esa ciudad y está empecinado en encontrarlo. El otro, espectador cauteloso de la fascinación de su amigo, decide acompañarlo en la pesquisa. Logran dar con Sansilvestre sin demasiado esfuerzo, pero a partir de ese encuentro, la trayectoria de sus vidas da un vuelco definitivo.
En esa zona inquietante entre el afecto y la obsesión, entre la veneración y el desprecio, se construye una trama seductora como un juego de espejos, en cuya espesura parece imposible no quedar atrapados.
Manuel Bernabé Mújica Láinez fue un escritor, biógrafo, crítico de arte y periodista argentino.
En 1936, publicó Glosas castellanas, una serie de ensayos centrados en su mayor parte en el Quijote.
Tres años después, publicó Don Galaz de Buenos Aires. Le siguen las biografías de su antepasado Miguel Cané (padre), en 1942, más las de Hilario Ascasubi (Aniceto, el Gallo, 1943) y de Estanislao del Campo (Anastasio, el Pollo, 1947).
En 1949, publicó un libro de cuentos, Aquí vivieron, en torno a una quinta de San Isidro.
Su segundo libro de cuentos, Misteriosa Buenos Aires, se ambientó también en la capital de la Argentina y su historia desde la fundación, en la que mezcla personajes típicos ficticios con hechos y personajes reales.
Le siguieron una serie de libros sobre la sociedad porteña de su época, con un tinte que algunos consideraron decadente: Los ídolos, La casa, Los viajeros, Invitados en el Paraíso.
Con Bomarzo, inició un nuevo ciclo de obras eruditas y fantásticas en el género de la novela histórica. Es una historia sobre el Renacimiento italiano narrada por un muerto, Pier Francesco Orsini, el noble jorobado que dio nombre a los famosos y extravagantes jardines italianos de Bomarzo. En esta novela se asiste a la coronación de Carlos I de España, a la batalla de Lepanto, pasando por las poco edificantes costumbres de papas y personajes de la época y crímenes de copa y puñal.
La obra ha dado argumento a una ópera con música de Alberto Ginastera, cuyo libreto compuso el mismo Mujica Lainez. Se estrenó en Washington en 1967 y fue prohibida por la dictadura militar de Juan Carlos Onganía, por lo que en la Argentina no se estrenó hasta 1972.
El unicornio está ambientada en la Edad Media francesa de los trovadores. Su protagonista es el hada Melusina, víctima de una maldición por la que, todos los sábados, adopta cuerpo de serpiente y alas de murciélago; testigo de los avatares de la época de las Cruzadas, sigue las peripecias de su prole de Lusignan hasta la toma de Jerusalén por Saladino.
Le suceden Crónicas reales, y De milagros y melancolías.
Ya en La Cumbre, Córdoba, escribió Cecil, relato autobiográfico narrado por su perro, el wipet Cecil, y El laberinto, otra novela histórica protagonizada por "Ginés de Silva", el chico que, en la parte inferior del cuadro El entierro del Conde de Orgaz de El Greco sostiene un cirio encendido, mira al espectador y presenta la escena al espectador, en el que según algunos autores, estaría retratado Juan Manuel Theotocopuli, el hijo de El Greco.
Esta novela presenta la sociedad española en tiempos de Felipe II, su esplendor y su miseria, antes de que el protagonista partiera hacia América. Éste declara ser hijo de la La ilustre fregona cervantina, y sobrino del Caballero de la mano en el pecho, y con esos mimbres presentará a personajes que van desde Lope de Vega al Inca Garcilaso, pasando por Fray Martín de Porres o Juan Espera-en-Dios, el Judío Errante (que, de una forma u otra, aparece en todas las obras de la trilogía formada por Bomarzo, El unicornio y El escarabajo).
Otros libros son El viaje de los siete demonios, Sergio, Los cisnes, El brazalete, El Gran Teatro y Un novelista en el Museo del Prado.
Todavía publicó otra novela histórica, El escarabajo, sobre un anillo egipcio que es, a la vez, el narrador de la historia de todos sus posesores, desde la reina Nefertari hasta una millonaria estadounidense, pasando por la mano de uno de los asesinos de Julio César o la de Miguel Ángel, entre otros.
Sus libros han sido traducidos a más de quince idiomas.
Se le deben, además, traducciones de los Sonetos de William Shakespeare y de piezas de Racine, Molière y Marivaux.
Una novela desigual en tres partes. la unica que vale la pena es la primera. Hecho reconocido por el mismo Manucho en una entrevista, que cuenta que cuando la llevo al editor, este le dijo que era muy corta y el, de manera muy amateur, sumo las 2 partes siguientes que no le agregan ninguna calidad. Le pondria mas puntaje si hubiera quedado solo la primer parte que es breve, profunda, redonda. Trata sobre tres personajes relacionados por un libro de poemas unico, irrepetible. Una obra maestra. Uno de los personajes se obsesiona con el libro y dedica toda su vida a el, que lo lleva a buscar incansablemnete al autor, algo que lo empujara a la perdición. El segundo personaje que es el narrador sigue la obsesion de su amigo aunque empieza sospechar que no va a terminar bien, lo sostiene de manera mas sentimental que racional. Es una disquisición entre la obra (o la importancia de la autoría), contra la obsesión casi enfermiza con el autor, un dilema entre que es lo principal, si la creación o el creador. Casi un planteo religioso. Entender mas las razones de una construcción de una obra, que del disfrute de la obra misma. Y la explosión final: ¿Y si el que creemos es el autor no lo es?, ¿que cambia?. Como siempre en Manucho hay siempre una sutil homosexualidad entre los protagonistas masculinos y planteos profundos y psicologicos sobre las relaciones personales. Las otras 2 partes son tediosas, constan de una larga descripcion de dos personajes secundarios en la primer parte, que pertenecen a la oligarcquia, tema que siempre le fascino a Manucho. Interesante como descripción de la decadencia de esta clase, pero con una admiración escondida entre lineas. Las excentricidades que relata de la clase alta, son mas crueldades disfrazadas que estilo. Lean la primer parte, las otras dos solo si quieren perder tiempo.
La prosa elegante del argentino está presente en toda la novela y es, sin duda, un placer estético leerlo. Me pasa con él lo mismo que con Stefan Sweig: todo lo que escribe es de una maravillosa fluidez y calidad literaria. Sin embargo, le falta un tanto de la ironía y la acción de otras de sus obras, llegando a aburrir en algunos tramos. Es una historia innecesariamente alargada. Para mí, por debajo del resto de sus novelas que he leído. En cualquier caso, Mujica Lainez siempre es una gozada de leer.
Me gustó mucho la primera parte, más que las otras dos, que me aburrieron un poco. Como dicen las reseñas: es un retrato de la decadencia de la clase aristocrática, pero también es un relato que explora mucho las relaciones humanas, la decadencia de tener un objetivo en la vida en pos de una obsesión. "Los ídolos" hace referencia a un libro de poesía que obsesiona a los protagonistas, pero también describe un poco lo que representaban Duma por un lado y Gustavo por otro para el protagonista. A pesar de las distancias en mi mente esta novela es una mezcla de "La sombra del viento" de Ruiz Zafón, por el personaje de Julián Carax, y de "Acerca de Roderer" de Guillermo Martínez, por el personaje de Roderer.
Novela compleja. No hay una trama clara ni lineal, sino que está dividida en tres partes muy diferentes (con protagonistas diferentes en cada una de ellas), pero entrelazadas a través de la voz del mismo narrador, un joven que tendrá una especial relación con la familia de su amigo Gustavo, otro joven que desde adolescente ha estado obsesionado con un libro de poemas ('Los ídolos') y con su autor (Lucio Sansilvestre). Leo en casi todas las sinopsis que es una novela sobre la decadencia de la clase social aristocrática. Y sí, pero también es una novela sobre la idolatría, sobre cómo nos aferramos a la fascinación que nos producen nuestros ídolos y eso a veces nos lleva por malos caminos, nos encierra en un mundo particular y no nos deja ver con claridad. Más allá de la trama o las intenciones de Mujica Lainez, lo que destaca sobremanera es la prosa del autor. Recargada por momentos, pero bellísima. Me recordaba continuamente a Henry James o incluso a Proust (con la ventaja de que a Mujica Lainez lo puedo leer en su idioma original).
Releyendo la novela me doy cuenta que funciona como un diario de duelo de un amor perdido. El amor que el protagonista le tiene a Gustavo es sin dudas romántico y lo único que hace es buscar reemplazar esa pérdida con recuerdos y memorias que no lo sustituyen ni por asomo. Incluso se pueden ver los diferentes estados del duelo (negación, ira, depresión, negociacion) sin llegar a la aceptación. Es un luto infinito que lo enloquece como Los Ídolos enloqueció a Gustavo.
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Un libro sobre paraísos perdidos y amores entre hombres, y también sobre mujeres solas (solteronas, viudas, y una casada con un hombre que no la desea, y a quien le recela sus aventuras con jóvenes admiradores). En la época de su publicación eran necesarios mil velos y circunloquios para poder contar amores homosexuales. También habla de la siempre decadente y parasitaria oligarquía argentina: los únicos personajes que trabajan son el narrador y su madre, de clase media y bastante tilingos ambos. El resto es gente ociosa e inmadura que se dedica a gastar plata y oxígeno. Se podrían hacer interesantes lecturas sobre la familia de mestizos alienados que vive cerca de la estancia, en una casa llena de objetos rechazados por la familia ilustre. Todo el libro es muy bello y un tono de melancolía lo atraviesa de punta a punta, pero las últimas cinco páginas son las más deslumbrantes y tristes.
[...] Nadie -dijo- ha expresado a la noche, en este país, como Lucio Sansilvestre. Para haberla captado así hay que estar hecho de la materia de la noche, de oscuridad y de profundidad, de silencio y de misterio. Él e, naturalmente, un hombre oscuro. Se mueve en la oscuridad, como los gatos. Para escribir así hay que ser algo gato... en el buen sentido de la palabra...