Karlo Adum, un profesor de historia en Zagreb (Croacia), recibe un día un telegrama que desestima. Luego de horas sin prestarle atención, por fin lo lee y se entera de que su tío, en Sarajevo (Bosnia-Herzegovina), ha muerto. No es una noticia que le afecte en el ánimo, pues nunca fue cercano a su pariente: mucho tiempo atrás el padre de Karlo se enemistó con su hermano, por una pelea en donde aquél perdió un pulgar.
Sarajevo, para Adum, es un lugar bastante lejano del que salió con su madre hace medio siglo. El telegrama le solicita su presencia para la lectura del testamento, por lo que vacila entre asistir o no (ni siquiera sabía que su tío siguiera con vida, mucho menos si tenía dinero o no). Finalmente (y por eso tenemos la novela), el personaje se embarca en el viaje; porque eso es Freelander, un viaje a través del tiempo y el espacio por un país que fue, Yugoslavia, y algunos de sus territorios ahora divididos entre croatas, serbios y bosnios.
Miljenko Jergović nació en Sarajevo (1966) y reside en Zagreb desde 1993; pero esto no es autoficción, cabe aclarar. Su personaje, Karlo Adum, es un hombre ya entrado en años, poseedor de un Volvo 1975 que alguna vez intentó vender, pero declinó la oferta (le ofrecían la décima parte de lo que esperaba). Es decir, es un tipo que no se ha dado cuenta por completo del paso del tiempo, y el tiempo en esa región de Europa del Este ha visto grandes cambios en sus sociedades.
A pesar de que aprecia su vehículo (casi como a una persona), conforme avanza en su periplo se topa con que el mismo auto representa una etiqueta, por sus placas de Zagreb: “Quería que pensaran que ni siquiera era de Zagreb, sino que únicamente su coche estaba matriculado allí”. Otra cita del libro, acorde a esa misma búsqueda de no ser etiquetado: “el profesor Adum no quería que allí lo reconociesen ni como forastero ni como local. Quería ser una persona cualquiera”. Pero en los Balcanes luego de los conflictos bélicos las etiquetas imperan: en la novela la tensión que existe es por ser bosniaco, serbio o croata…
Esos problemas étnicos y religiosos en la región están representados de manera simbólica en la realidad contada en el libro: allí el narrador nos comparte el contraste del alfabeto cirílico con el latino, las coincidencias y variantes en algunas palabras entre las lenguas. Detalles en apariencia tan insignificantes como el nombre de un platillo tradicional: “janjetina” por un lado, “jagnjetina” en la variante bosnia. De ello, más adelante apunta: “por esta pequeña diferencia en la ortografía habían corrido ríos de sangre. Y éste no era el momento de añadir una gota suya”. La jagnjetina o janjetina, por cierto, se prepara con carne de cordero.
Incluso el propio nombre de Karlo Adum es sujeto de análisis: su apellido, le increpan, debería escribirse con hache, “Hadum”, menos croata, además de tener una etimología que hiere su hombría. Antes el narrador nos había aclarado sobre el cartero, a quien sólo habría de llamar “cartero” para no indagar en apellidos: “por el apellido de cualquier croata o serbio sabía de qué lugar procedía y en qué bando había estado su familia en la guerra pasada”.
En ese descubrimiento entre las diferentes sociedades que han surgido después de la paz (a veces inestable), el narrador reflexiona: “No sólo era un país diferente, sino que además vivía en otro tiempo”. Más adelante dirá: “Estábamos en una suerte de transición del siglo XVII al siglo XXI”. Jergović no escatima en recurrir al humor negro, o a exponer a los personajes como perdedores, como en una anhelada final de futbol que para el resto del mundo sería intrascendente, pero que para los locales representa la única oportunidad de dejar la segunda división (quizá los tapatíos encuentren el equivalente en el Atlas-Leones Negros).
Otro fragmento simbólico es el siguiente, donde el narrador nos comenta cómo Karlo recorre las calles de Sarajevo y observa el paisaje de los hogares:
“A lo largo de la calzada se extendía una hilera de casas unifamiliares de dos plantas, construidas en los años setenta, con un jardín delante. Algunos habían plantado lechugas y tomates, en unos crecían las rosas y en otros brotaba la mala hierba, campaban a sus anchas los arbustos de lilas, la hiedra medio seca y los rosales trepadores descuidados. En esas casa, pensaba, vivían personas infelices, o que en la guerra habían perdido un hijo, un hermano o la razón…”.
El hogar como sinónimo del país, al igual que la misma pelea entre los hermanos (el tío y el padre de Karlo) representa esa guerra fratricida. O, como vemos al final de la película Underground: Érase una vez un país, de Emir Kusturica: “Una guerra no es guerra hasta que el hermano mata a su hermano”.