¿Y si un día descubres que el mundo no es el lugar en el que vives, sino algo ajeno a ti? ¿Algo que observas desde fuera, sin terminar de formar parte de él?
El mundo, de Juan José Millás, no es la clásica autobiografía donde el autor narra su infancia con nostalgia o dramatismo calculado. Aquí la memoria se enreda con la ficción, lo cotidiano con lo onírico, lo real con lo simbólico, hasta que la frontera entre el niño que fue y el adulto que lo cuenta se diluye.
La historia comienza con Millás niño, arrancado con apenas seis años de su Valencia natal y trasplantado a un Madrid gris y gélido en el que nunca termina de encajar. Un exilio doméstico que lo condena a una infancia donde todo parece hostil: el frío cortante que se mete en los huesos, la pobreza que se filtra en cada rincón de la casa, los malos tratos normalizados, la incomunicación dentro de una familia demasiado numerosa como para que alguien pueda prestarle verdadera atención. Era el mediano de nueve hermanos y, aun así, la soledad lo envolvía como una segunda piel. Una infancia de la que no puede olvidar la desposesión, el sentimiento de no pertenecer. La sensación de ser un niño de segunda mano, heredando las viejas carteras de sus hermanos mayores y vistiendo la ropa que se les quedaba pequeña.
A partir de ahí, el relato avanza en dos tiempos: los recuerdos de esa infancia desoladora y la vida del Millás adulto, que sigue preguntándose qué diablos significa existir en un mundo que nunca sintió del todo suyo. Y ahí está la clave de la novela: todas las piezas están puestas para entender la conversión de ese chaval infeliz de la calle Canillas en el hombre neurótico que Millás ha convertido en su personaje literario. Porque el Millás que conocemos —hipocondríaco, ansioso, obsesionado con los límites de la realidad— se forjó en ese desamparo temprano, en esa sensación persistente de ser un extraño en su propia vida.
El gran hallazgo de El mundo no es la historia que cuenta, sino cómo la cuenta. Millás escribe con esa prosa limpia y precisa que parece tan fácil, pero que es endemoniadamente difícil de lograr. Su estilo es una mezcla de bisturí y espejo: disecciona su vida con frialdad, pero al mismo tiempo crea reflejos distorsionados donde el lector se reconoce. La estructura del libro, con su constante ida y vuelta entre el pasado y el presente, funciona como un diálogo entre el niño que fue y el hombre en que se convirtió, y en ese diálogo está la genialidad del libro. Porque, más allá de la anécdota personal, Millás nos habla del desconcierto universal de crecer, de la manera en que nuestras experiencias de infancia nos programan para siempre, de la neurosis que nace cuando uno no logra encontrar su lugar en el mundo.
Y aquí entra el Millás de siempre, el maestro en desdibujar las líneas entre lo real y lo imaginario. Quien haya leído sus microrelatos periodísticos reconocerá esa fascinación suya por los universos paralelos, por lo que ocurre en los márgenes de la realidad. En El mundo, ese recurso no es solo un truco estilístico, es la esencia misma de la historia. Porque cuando Millás recuerda su niñez, lo hace con una mirada que no es exactamente la del adulto que recuerda, ni la del niño que vive, sino algo intermedio. Algo que deforma, exagera, ilumina los detalles más extraños y convierte lo cotidiano en algo ligeramente fantástico.
Los personajes que pueblan esta memoria híbrida son inolvidables. Desde la familia numerosa donde la comunicación es un imposible hasta los compañeros de escuela y los adultos que desfilan como espectros por su infancia, todos están construidos con el trazo justo, sin sentimentalismo ni excesos. Y luego están las escenas que se te quedan en la cabeza mucho después de cerrar el libro: la fiesta en casa de su editor, o ese reencuentro en Nueva York con María José, la mujer que una vez representó para él la promesa de un mundo al que nunca llegó a acceder del todo. Cada una de estas secuencias no es solo una anécdota, sino una pieza clave en el puzle de su identidad.
El mundo es, en el fondo, la historia de una búsqueda: la de alguien que intenta comprender cómo se convirtió en quien es. Es también un libro sobre el desarraigo, sobre esa sensación de estar siempre en los márgenes, mirando desde fuera. Pero lo que lo hace especial es la manera en que Millás logra convertir su propia neurosis en un espejo donde todos podemos vernos reflejados. Porque, en mayor o menor medida, todos hemos sentido alguna vez que la realidad es un territorio extraño, que el mundo es algo que ocurre fuera de nosotros mientras intentamos encontrar la manera de habitarlo sin sentirnos impostores.
Recomendar este libro es fácil: si disfrutas con las narraciones introspectivas, con las historias que diseccionan la memoria sin edulcorarla, con esa prosa que mezcla humor y angustia con una naturalidad pasmosa, este es tu libro. Millás no te va a contar su vida, te va a prestar su extrañeza para que veas la tuya con otros ojos. Y créeme, es un préstamo que vale la pena aceptar.