Mi perfil de lector es: sesentón, jubilado, padre de dos hijos, aficionado a la lectura y al senderismo.
Pido perdón de antemano por no haber podido terminar esta novela. La empecé con mucha ilusión y las expectativas altísimas ("Como te van los novelones históricos te va a encantar", "Dicen que hay un antes y un después de la novela histórica, y este es el rasero para medirlas a todas", etcétera). Igual es mi culpa y he renunciado a enriquecerme con una Obra Maestra, así, con mayúsculas, pero, aunque tengo mucho aguante y he disfrutado como un enano con extravagancias de mil páginas como "Jonathan Strange y Mr Norrell" o "La historiadora", por ejemplo, "Bomarzo" me ha podido.
Primero, lo que sí me ha gustado: la historia (real) de la creación del famosísimo jardín de Bomarzo, la época y el personaje protagonista, un duque renacentista italiano nacido deforme, pero con un espíritu refinadísimo y perseguido por los fantasmas de su familia y de su propia historia y sus tiempos, decide hacer del parque de su castillo y hogar un monumento a su fantasía exacerbada, llenándolo de figuras mitológicas monstruosas de piedra, mientras la creación física externa de esta obra tan única como personalísima va transformando a su vez a su creador, el duque, cobrando vida propia y devorándolo simbólicamente hasta casi destruirlo, en una evolución sicológica detallada, agobiante, que muchas veces me hizo cerrar el libro para "recuperarme" un poco por el malestar casi físico que me producían los sueños y terrores angustiosos del duque (en eso, en la forma en que es capaz de transmitir estados de ánimo, me ha parecido excelente). No he estado nunca en el palacio y el jardín de Bomarzo, pero gracias a esta novela, ahora sé que existen, y tengo verdadera curiosidad por visitarlos. El libro, pues, es un monumento a la creatividad excesiva del duque Pier Francesco Orsini. También me gustan algunas de sus metáforas y símiles, y por lo poco que he ido verificando a golpe de enciclopedias y mapas históricos, el autor debió de ser una eminencia en cuanto a sus conocimientos de la época.
Y ahí está, al mismo tiempo, el primer obstáculo que tengo para leer de corrido la novela. No es que los grandes y profundos conocimientos del autor ilustren y enriquezcan su novela: es que la aplastan. Se nota que está enamorado de su propio estilo y no ya cada capítulo, ni cada párrafo, sino cada frase está lastrado por un sinfín de adjetivos y comparaciones que poco a poco se hacen agobiantes, y cansan, y distraen, y hacen que me haya sido difícil mantener la atención.
¿Esto es una novela destinada a un lector específico, y simplemente yo no reúno las condiciones para poder apreciar tanto barroquismo y palabrería retorcida? ¿O es un ejercidio y un alarde de estilo, una apuesta del autor consigo mismo en plan "nadie escribe más exquisito que yo", sin dejar ni una sola frase simple sujeto + verbo + predicado, llenándolo todo de párrafos que ocupan tres cuartos de página y media docena de oraciones subordinadas porque sí, sin justificación alguna? El preciosismo, la forma de recargar hasta las acciones más nimias y los diálogos más simples hasta que tienes que volver a releer cada segunda frase Se nota el esfuerzo deliberado por deslumbrar y apabullar, pero se va por las ramas, y le hace perder el hilo al lector, por muy sufrido que sea.
Segundo problema: los anacronismos deliberados, tanto de estilo como de idioma, como también de tema y alusiones, que me descolocan constantemente y destruyen el momento de "suspensión de la incredulidad": no te puedes meter en la época si el autor se empeña en sacarte de ella adrede, y eso cada dos por tres. Por supuesto que el autor domina el español de manera modélica, y presume de eso en cada frase, así que, si quiere recrear una época en la mente del lector y hacer que su imaginación se sumerja por completo en esa época, ¿a qué vienen esos anacronismos aposta? A mí me resultó muy desagradable. Ejemplos: solo en las tres primeras páginas hay varias palabras no castellanas de España que chocan y suenan forzadas en una narración en primera persona por un duque renacentista: se habla de "planteo" (y no "planteamiento", palabra que tampoco encajaría, por otra parte, en un estilo que por lo demás el autor pretende que sea historicista y clásico), y de "esnobismo" (cuando tanto ese concepto como la palabra, en el sentido no de "sine nobilitatem" típico del renacimiento, sino en un sentido anacrónico contemporáneo que usa el autor, no encajan para nada en la narración), y otras palabras argentinas que no pegan para nada con el resto de la obra. También casi al principio el narrador se pone a hablar de algo que escribió Vita Sackville-West, autora posterior en varios siglos al Renacimiento. ¿A santo de qué, de presumir de lo leído que es el autor? Y así una y otra vez...
Por eso la he dejado. La abrí esperando una novela histórica que me transportara a otra época, y, cuando por fin conseguía meterme en la Italia renacentista y empezar a desentrañar los hilos (complicadísimos) de la familia, las alianzas, las enemistades, las pasiones y los antecedentes del duque, el autor mismo se empeñaba en arrancarme de un tirón fuera de su historia, sin explicar por qué, y arrojarme de nuevo a una época moderna, sin que tuviera el menor motivo ni guardara relación con la historia original (porque no se trata de las dos líneas paralelas temporales tan típicas de la novela histórica actual, donde un personaje moderno investiga la historia de su antepasado o de un personaje histórico misterioso y la trama va saltando de una época a otra, mientras ambos hilos temporales van avanzando en paralelo y se van estableciendo puntos de contacto y relaciones causa-consecuencia o herencia-maldición-descubrimiento, con una lógica interna que lo justifica).
Es una novela hermética, llena de alusiones oscuras y referencias que, por lo menos para mí, eran difíciles de situar, aunque echaba mano constantemente de enciclopedias y diccionarios para tratar de descifrar la intención del autor y "cogerle el tranquillo". Y, si algunas comparaciones son maravillosas, muchas otras son forzadas, artificiales, y producen el efecto contrario al pretendido: en vez de hacernos "experimentar" o "sentir" algo de manera fuerte y directa, a mí al menos me deja bizco. Y si tengo que volver atrás y releer una frase despacito, como si estuviera escrita en chino, para enterarme de cómo es algo, es que la comparación falla. Y siempre falla por exceso, y no por defecto. La novela se escribió a fines de los años cincuenta, cuando la economía de palabras, el arte de la sugerencia sicológica a través de diálogos sucintos, y el "show, don´t tell" todavía no eran virtudes que el autor observaba y el lector siempre agradecía.
En resumen, para mí esta novela es para leerla con "tesón, diccionario y aspirina", y en mi caso, ni aun así. Conque, de momento, como después de doscientas y pico páginas me siento bastante confundido y un poco desilusionado, y no veo mucho incentivo en más de lo mismo, con todos los respetos para el autor, he preferido dejarla de lado durante un tiempo. Quizá vuelva a la carga más adelante. A lo mejor soy yo el que, como lector, no he estado a la altura, y aquí no se trata de que el autor satisfaga las expectativas del lector, sino al revés.
Recomendada para los lectores empedernidos con muchísimo aguante, paciencia, tolerancia, sentido de la ironía, forofos de la novela sicológico-narcisista donde el autor es el auténtico protagonista que se impone al personaje principal (que en este caso son, a partes iguales, el duque Orsini y su jardín de Bomarzo). Por ejemplo alguien que sea un entusiasta del "Ulises" de Joyce (lo digo también con el máximo respeto: otra que no pude terminar, pese a ser bastante más amena y humorística que "Bomarzo", por los mismos motivos que me hicieron abandonar ésta).