Decir que esta historia es HERMOSA es quedarse corta.
Hacía tiempo (de hecho, no sé si alguna vez me haya pasado antes) que un libro no me hacía llorar de pura ternura y belleza. Es una de esas historias que te llegan al corazón, en cuyas páginas habitas muchísimo tiempo después de haber terminado la lectura.
Me he sorprendido a mí misma pensando en La Varienne y en Luce mientras daba un paseo por la naturaleza, mirando al cielo, a la trama que tejen las ramas altas de los árboles, donde Luce colgaba las palabras que trataban de inculcarle en la escuela y que arrojaba fuera de sí de camino a casa, obstinada en su ignorancia, temerosa de que el conocimiento rompiese la unidad con su madre, de que la diferenciase de ella, engendrándole una conciencia más allá de la de ser Luce, Luce, la pequeña alondra mañanera, la hija de su madre.
Su madre, la tonta del pueblo. Su madre, que vive sin palabras: no las necesita.
Esta historia trata ante todo del amor, del amor entre una madre y una hija que se quieren desde las entrañas, con una fiereza y una lealtad que no matizan las palabras: se aman desde el instinto, desde la sangre, desde los huesos y la carne. No les hace falta verbalizar el amor. No necesitan los códigos y convenciones que la sociedad ha sancionado para expresar el amor.
El lenguaje de su amor es una lengua propia: son los cuidados, es el reconocimiento del cuerpo del otro con las manos planeando como pájaros alrededor, es acurrucarse juntas por las noches, es el dolor desgarrador de comprender que empiezas y acabas en la persona que tienes ante ti, a la que te liga la vida, tu vida que se partió en dos para alumbrar la suya.
El vínculo de madre e hija es sagrado e inquebrantable, y se cultiva día a día en los gestos cotidianos, en la rutina diaria, en el templo que es su casa, que está cerrada a toda alma que no sean las de sus habitantes: madre e hija, La Varienne y Luce.
Ellas no se protegen del mundo: prescinden de él, porque no lo necesitan. Han encontrado una felicidad que se cultiva, que se abona con solo compartir un espacio común, repleto de cosas que el continuo uso que se ha hecho de ellas ha domesticado hasta convertirlas en un apéndice de sí mismas. Nada extraño, nada del mundo exterior.
En el otro extremo, una maestra que ha hecho de la enseñanza su única vocación y propósito en la vida, y que se ha empeñado en que Luce aprenda y desmonte así los prejuicios del pueblo, que la tilda de retrasada por haber nacido de una retrasada, convencida de que el saber es la llave que abre la puerta del progreso, del empoderamiento y de la autoafirmación.
Un libro bello; una historia inolvidable.
La prosa poética que emplea la autora es de una sensibilidad y una clarividencia que exaltan el significado de cada frase: uno no puede acercarse a esta historia impasible; es inevitable que tarde o temprano nos involucremos emocionalmente y nos sintamos profunda y asombrosamente conmovidos hasta los cimientos de nuestro querer.