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Escribir, leer y aprender en la universidad. Una introducción a la alfabetización académica

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En esta obra, la autora propone que los docentes de todos los niveles y orientaciones se ocupen de la "alfabetización académica"; esto es, que integren la producción y el análisis de textos en la enseñanza, para que los universitarios accedan a la cultura específica de cada disciplina. Con ese objetivo, presenta diversas actividades didá elaboración rotativa de síntesis de clase, tutoría de monografías grupales, respuestas escritas a preguntas sobre la bibliografía, lectura con ayuda de guías, preparación de una ponencia para exponer, entre otras.

200 pages, Paperback

First published December 31, 2005

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Profile Image for Jhonatan Gómez Rodríguez.
10 reviews
January 4, 2019
SPOILERS

El libro está dividido en cuatro partes o capítulos, a parte de la introducción. Los capítulos son: 1) La escritura en el nivel superior. 2) La lectura en el nivel superior. 3) Evaluar con la lectura y la escritura. Y 4) Enseñar, evaluar, aprender e investigar en el aula universitaria…de la mano de la lectura y la escritura. De acuerdo con lo anterior, quiero señalar algunos aspectos significativos de todos los capítulos. Cabe aclarar que los siguientes señalamientos son percepciones netamente subjetivas y que parten de la lectura de libro antes mencionado.

Para resaltar:

1. El maestro de lenguaje no es el único que debe preocuparse y ocuparse por el proceso de lectura y escritura. Estos procesos deben ser una preocupación de todos los maestros de todas las áreas, y más cuando cada una de estas tienden a elaborar/exigir géneros específicos. ¿Quién puede enseñar a leer y producir informes sobre un problema físico si no es el maestro de física? De ahí que la tarea de enseñar a leer y escribir sea responsabilidad de toda la plantilla docente de la universidad (escuela) y por esto se hace necesario que cada profesor se haga cargo de la lectura y escritura de la materia que asume.
2. No obstante, Paula Carlino recalca que la lectura y la escritura no pueden darse por ciclos, cursos, seminarios, asignaturas específicas (en el caso de mi programa académico “taller de lenguaje”) o como quieran denominarlo. Estos dos procesos deben darse progresivamente a lo largo y ancho de la formación superior por varias razones. Por un lado, aprender los contenidos de cada materia cosiste en una tarea doble: apropiarse de su sistema conceptual-metodológico y también de sus prácticas discursivas características, ya que “una disciplina es una espacio discursivo y retórico, tanto como conceptual”. Por otro lado, por el hecho de que los estudiantes deben adueñarse de su disciplina y para lograr esto implica construir y reconstruir lo aprendido y en ese sentido la lectura y la escritura son herramientas fundamentales en esta tarea de asimilación y trasformación del conocimiento.
3. Se menciona que una de las ventajas de propiciar la escritura en todas las asignaturas da lugar a incidir sobre el pensamiento de otros desde un área específica, además de ser un medio para explorar ideas, construir otras nuevas y aprender a reescribir y repensar lo que ya parecía aprendido o finalizado. Sin embargo, nada de esto podría ser posible si no se cuenta con la guía mediadora del maestro, pues es él quien debe asumir la responsabilidad de leer lo que sus estudiantes escriben, acompañarlo en sus procesos de selección, omisión, jerarquización, generalización, producción y reconstrucción de la producción del texto. La escritura no se logra en una sola sentada ni se puede tomar una primera entrega como la definitiva para evaluar, aunque esto es lo que se da todavía en las universidades, afirma Carlino.
4. La “lectura por encargo” es un mal que aqueja a la mayoría de los docentes. Hoy en las universidades se está pidiendo al estudiante que lea con el fin de llegar al aula a exponer lo que leyó frente sus compañeros, pero no está llegando a indagar sobre lo leído, a preguntar sobre lo que se consumió, no se llega a extrapolar la lectura con el mundo de la vida y en esa medida no se está haciendo un proceso de lectura para pensar, sino para leer sobre contenidos y memorizar. El llamado que hace Carlino es para que se empiece a leer bajo un propósito diferente, uno que pueda ser creado por el maestro, pero también por el mismo estudiante, y que en cualquiera de los dos esté la estimulación al pensamiento.
5. Hay una necesidad que crece cada día para que lo estudiantes logren independencia en sus lecturas. No es posible que solo lean lo que los profesores les dejan. ¿Cómo lograr que los estudiantes lean de manera independiente? La autora afirma que se parte de la postura de que promover la autonomía lectora no se logra de entrada poniendo condiciones de lectura independiente, porque allí no habría medición alguna del maestro. Si se requiere un lector capaz de autorregularse se debe empezar a formar este mediante un proceso gradual, en donde las lecturas partan de los intereses mismos de los estudiantes y luego direccionarlas, sagazmente, hacia el campo disciplinar que corresponde. Este proceso se hace de manera paulatina ya que lo que está en juego no son técnicas de lectura, sino una forma para incorporarse en una comunidad académica específica, con sus modos de producir y de interpretar los textos de su dominio.
6. Teniendo en cuanta lo anterior, se hace necesario que la “Bienvenida a la culturas académicas” por parte de los maestros a los estudiantes se sepa hacer. Un maestro inclusivo en una cultura es ese mediador capaz de no hacer responsable a los estudiantes de los problemas que presentan para entender lo que leen. En cambio, sí es un maestro que entiende y le hace entender al estudiante que leer es un proceso de resolución de problemas. Esto significa que lo que un lector obtiene de los textos es la “respuesta” a lo que ha aprendido a buscar en ellos, siendo las preguntas dependientes de sus conocimientos previos y de sus objetivos de lectura.
7. El evaluar con lectura y escritura no se remite a que un maestro dé un papel en el que se encuentre un texto y a partir de él se responda un cuestionario. Si hay algo que se debe cambiar en el sistema de educación es la manera de evaluar. La reescritura del examen a partir de los comentarios dados por el maestro ya es un cambio y una nueva mirada para evaluar la lectura y la escritura… Esto se dice porque muchos docentes suelen evaluar de una manera determinada, casi por costumbre, sin haberse detenido a reflexionar sobre su alcance y sin percatarse que existen otras opciones más formativas de evaluar con la lectura y la escritura, dice Paula Carlino.
8. Se insiste en el término “género discusivo” al momento de leer y escribir, pues este termina siendo la pauta para el maestro o estudiante dado que bajo este concepto se suele denominar las formas típicas y convencionales de usar el lenguaje en situaciones particulares entre ciertos participantes y con fines específicos. La autora señala que aprender los géneros discursivos empleados en el ámbito académico no es adquirir una técnica, sino incorporarse a una práctica social, lo cual implica atender simultáneamente a la escritura y las maneras particulares en que las disciplinas organizan su pensamiento a través de estos géneros.
9. Para desarrollarse profesionalmente como maestro y para mejorar la enseñanza, se precisa tomarla como objeto de análisis. La enseñanza investigativa y la investigación sobre la acción son algunas de las alternativas que dispone el maestro reflexivo. En ese sentido es precioso afirmar que el buen maestro es el que continúa aprendiendo, no solo sobre los temas que enseña, sino sobre la propia forma de enseñar. En ambos casos se requiere un maestro que lee, escribe, investiga, comparte con sus colegas, indaga sobre el quehacer docente y sobre los procesos de lectura y escritura.
10. Finalmente, necesitamos estar evaluado lo que hacemos, los procesos que llevamos, los productos que nos dan a diario los estudiantes y todo lo demás con el ánimo de mejorar, de seguir construyendo ese maestro capaz de cumplir sus objetivos y las propias expectativas de sus estudiantes en el ámbito del ser, saber hacer y saber.

Un último apunte:

Con todo lo anterior solo me queda por decir que el buen maestro es aquel que continúa aprendiendo; ese que está preparado para asumir cambios repentinos, pero no sin antes evaluarlos; es ese que sigue conociendo e indagando no solo sobre los temas que enseña, sino sobre la propia forma de enseñar. Ese debe ser el buen maestro, el que “escribe en su doble función: para pensar, clarificar ideas, revisar lo hecho y escribir para comunicar a otros el resultado de este proceso reflexivo” y, así, someterlo a discusión crítica no solo con los pares académicos, sino además con los otros interlocutores que también son válidos: los estudiantes.
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