Vilas es el más despierto del grupo, el más atrevido y verborreico, un narciso exaltado, viejo rockero y maestro currante. Tras cien mil horas de vuelo puede soltar lo de que ha abandonado la vanidad y hacernos reír con sus complejos de adolescente barbastrino de la Transición. Puede vendernos una mirada domesticada y el orgullo de haberse hecho un hueco en la Literatura que tanto adora. Y puede hacer lo que le dé la gana porque verdaderamente siempre ha hecho lo que le ha dado la gana y esta antología lo demuestra.
En "Una sola vida" Vilas reordena sus poemas y los agrupa bajo los días de la semana: la ferocidad juvenil y el balconing del lunes se van diluyendo y su mundo interior va mutando conforme avanzan los días y gana en serenidad transitada de pérdidas. En las horas más oscuras se retuerce con una vitalidad descarnada y con un fino, negrísimo humor. Pocas exhortaciones a la vida tan concienzudas, a una sola vida para la que no existe repuesto.
Sí, se regodea en su prosaísmo desesperanzado y abusa del flujo de conciencia y del malditismo del artista entregado a su obra -Él Mismo-, a sus obsesiones y a su oficio, pero es que pocos como él logran destilar belleza de los lugares más vulgares y sucios; y qué cabrones El Gran Vilas y el resto de personajes: épicos, alegóricos, o los amas o los odias, pero van a sacudirte hasta la médula.
Querido Vilas, cultivado canalla, tengo mi copia hasta arriba de marcas y subrayados, y mira que de ti ya me había leído casi todo en poesía desde que fuimos lunes. Así que si no te lo dice nadie te lo digo yo, que ya he sido miércoles: solo por 974310439 y EL CREMATORIO tu vida tiene todo el sentido -y lo sabes. Has honrado a tus ascendientes y me has hecho llorar de ternura y de herida. En el fondo seguirá nadando contigo EL INMACULADO, pero Lou Reed te perdona: lo has logrado, tío.