Pensamos que habitamos nuestras casas, nuestras plazas, nuestras ciudades, pero solo habitamos nuestras prácticas ordinarias. Las casas que aquí se presentan son los afectos que nos habitan en el día a día.
Por lo tanto, diseñar se convierte en un acto de escucha interna y externa. La arquitectura en un dispositivo para desarrollar unos afectos diferentes. Las casas como la expresión espacial y material de nuestras realidades afectivas más primitivas. Y este libro, un ejercicio personal con vistas comunes. Una manera de desarrollar una comunidad, unos parentescos, una familia extendida con uno mismo y con el mundo. Una manera de habitar la práctica vital en la experiencia de afectar el vínculo de la vida.
Es una forma muy llamativa de presentar distintas emociones, sensaciones y circunstancias a las que nos vemos sometidos a diario y que forman parte de nuestro diario vivir, bien en nosotros mismos o a nuestro alrededor.
He interpretado el libro como una forma de conocimiento profundo. Pero desde un enclave poético. Pensando siempre en el cuerpo como un hogar. No obstante, el libro dialoga en esta dimensión y paralelamente en la del hogar como cuerpo.
Es interesante ver lo que nos construye y cómo. Y, sobre todo, qué nos sujeta. O mejor, qué sujeta nuestras estructuras habitualmente. En este sentido, resultan ilustrativas y profundas las imágenes que se presentan sobre las casas desde ellas uno habita lo que lee y puede reflexionar de manera más acogedora, cuando la lectura lo pide, y de manera más atenta, cuando los toques de atención se trazan.