Este libro es memoria histórica nacional.
Una novela cruda, un relato autobiográfico visceral y auténtico, narrado con una voz amable y culta pero cargada de dolor y crítica social.
La autora, Inés Palou, nos relata, a través de su alter ego, Berta, el declive de su vida al caer dentro del sistema penitenciario, pero también la revelación de su propio deseo, del amor, la sororidad y el sentimiento de pertenencia.
"Estaba asustada. Asustada otra vez. Aquello era un manicomio de verdad. Un manicomio de gente muerta en vida. Me dieron miedo las compañeras. Mucho miedo. Con el tiempo les perdí el miedo. Con el tiempo les cogí cariño. Con el tiempo llegué a amarlas de veras. Con el tiempo llegué incluso a perderlo todo por alguna de ellas. Aunque en la operación, en el trueque, perdiera lo que la sociedad más aprecia, a mí me sigue pareciendo que gané. Que gané algo maravilloso. Sentir el amor, el amor absoluto, en cada poro de mi piel, en cada palmo de mi carne, en cada latido de mi corazón. Con la fuerza avasalladora, con el impulso irresistible de las cosas fatales que abocan a la destrucción o a la sublimidad."
Y es que Berta, o Inés, una mujer burguesa de mediana edad, tras cometer un delito fiscal, entra en el sistema penitenciario español durante la dictadura, siendo trasladad a diferentes cárceles donde conoce a las que, a partir de ese momento, se convertirán en "su gente"; mujeres diversas que sobreviven y luchan con la vida que les ha tocado y con el estigma de haber sido presas una vez alcanzada la ansiada libertad.
Y a ellas les dedica su novela, con estas preciosas palabras:
A TODAS ELLAS, que no son tan malas como parecen
ni tan viciosas y perversas como las juzgan.
Sino simplemente mujeres. Mujeres que tuvieron que elegir
y eligieron.
Con mi comprensión, con mi amor. Porque son mi gente,
y los prefiero a los demás, a los perfectos, a los impolutos...
Quien se sienta limpio de toda culpa...
que arroje la primera piedra.
La novela está repleta de reflexiones y pensamientos acerca del amor, la amistad, el sentido de la vida, la justicia, el sistema penitenciario, las leyes, incluso sobre Dios. Inés Palou escribe con una honestidad brutal y una verdad que conmueve. Y habla principalmente de todas aquellas mujeres que conoció en las cárceles españolas, sus compañeras y amigas. Es casi una oda a todas ellas, con sus virtudes y defectos. Su luz y oscuridad. Como las de todo el mundo.
"No quería aceptar que la vida es elección. Que hay que elegir. Aunque en la elección siempre se pierda algo. Aunque en toda elección la victoria sea incompleta. Porque nadie es perfecto. Ninguna situación es completa. Ninguna comunicación humana es totalmente incondicionada. Porque lo que soñamos nunca es la verdad de lo que queremos."
Y para Senta, por supuesto, la mujer a la que amó hasta la extenuación, es la primera dedicatoria del libro:
A SENTA...
que al entrar en mi vida,
la fuente tornó río;
la ceniza, brasa viva;
y en el latir de mi sangre
puso su trote
de Pegasos desbocados.
Donde se encuentre...
¡Dios la proteja!
Y a Senta le dedica absolutas declaraciones de amor. De una amor que era, al mismo tiempo, la luz de su vida y su mayor tortura. Un amor que aun yendo en contra del establishment social y la moral cristiana, era para ella, un sentimiento puro y verdadero del cual no se avergonzaría nunca.
"El amor de Senta ha sido en mi vida la flecha. La flecha de mi tiempo, sin norte ni calendario, ni meta ni final. Un largo camino que nunca terminará. Como un río de sangre y de lágrimas. De amor y de dolor confundidos estrechamente. Como un viento que pasa y se va otra vez. Como una eterna espera que crucifica la carne. Como un reloj parado que tiene rota la cuerda. Como una agonía diaria en un morir que es la vida...[...] Todo lo he sido para Senta. Todo lo ha sido Senta para mí. Desde la gloria a la abyección. Desde la más dulce ternura a la pasión más violenta."
"Nunca había querido a nadie de manera absoluta. Ahora sí. Ahora notaba que dentro de mí existía una tormenta, un viento irresistible que me movería a arrasar todo cuanto se opusiera a su paso.
Quería a Senta. Amaba a Senta. Esa era la revelación. No intentaba negármelo a mí misma, porque era algo tan fuerte dentro de mí que negarlo hubiera sido negarme todo deseo de vida. No tenía otro pensamiento que ella, que soñar en el reencuentro, en organizar un porvenir sobre una base de locura que, indefectiblemente, tendría que acabar en una vida demencial. Porque no olvidaba un solo momento que éramos dos mujeres. Que lo nuestro era una anormalidad. Por más vueltas y vueltas que le diéramos al tranquilizante de que los tiempos habían cambiado. Por más que quisiéramos justificar que el amor es un sentimiento que no tiene sexo y que va más allá de toda clasificación social.
Pero no sentía pena de mí. Ni siquiera vergüenza. Ni la siento ahora cuando hablo de ello. De nada serviría disfrazar la realidad con una mentira idealizada. Quiero hablar claro, precisamente para que yo misma pueda comprenderme. Y para que los demás comprendan que esos sentimientos, pasiones, locuras, o como se quiera llamarlas, no son resistibles por ningún ser humano. Arrastran, dominan, avasallan más allá de la propia voluntad."
Inés Palou murió el mismo añ0 en que se publicó Carne apaleada, 1975, arrojándose a las vías del tren ante la posibilidad de volver a entrar en la cárcel, con 52 años, a las puertas de una democracia incipiente. De una libertad que jamás logró recuperar del todo ni dejando atrás los barrotes que la mantenían presa, pero habiendo conocido el amor y la amistad más verdaderas.