La novelista y periodista iraquí Alia Mamdouh, nacida en Bagdad en 1944, pertenece a una generación de mujeres que viven los grandes cambios que tienen lugar en el mundo árabe en la segunda mitad del siglo XX. Publicó su primera colección de relatos breves, Obertura para la risa, en Beirut en 1973; a la que siguió cinco años más tarde, en 1978, Notas al margen para la señora B. Su primera novela, Leyla y el lobo, nació en Bagdad en 1980. Durante este periodo, Alia compaginó su labor literaria con sus trabajos como redactora jefa del hebdomadario ar-Rasid y ayudante de redactor en la revista cultural libanesa al-Fikr al-muasir.
Su vida da un giro en 1982, cuando abandona Iraq y, tras pasar por Marruecos y Gran Bretaña, se instala en París, donde todavía vive. Su exilio no es una huida del régimen político, sino del régimen patriarcal que la oprime y la denigra. Precisamente en Naftalina, su segunda novela, escrita en 1986, describe el mundo femenino en el que viven confinadas las mujeres árabes desde la perspectiva de una niña de nueve años. Se trata, sin duda, de la novela más conocida y difundida de Alia Mamduh, traducida al español por Iñaqui Gutiérrez de Terán y publicada por Ediciones del Mediterráneo en el año 2000. Forma parte, junto con La pasión (1995) y La moza (1999), de una autobiografía literaria en la que la autora desgrana su infancia en Bagdad y sus primeras inquietudes culturales y políticas. La vida en el barrio y en Badgad se atiene a dos principios: “si robas, nadie te abrirá en canal para ver lo que llevas dentro; y si mientes, Dios es indulgente y compasivo”.
Huda, la joven protagonista de Naftalina, es una niña rebelde que vierte sus sentimientos sobre todos aquellos que la rodean, especialmente las mujeres de su familia. Esta novela nos descubre la vida en un barrio pobre de Bagdad a finales de la década de 1940, especialmente la vida de las mujeres, que parecen vivir recluidas en otro mundo. La pequeña Huda vive en la casa familiar con su hermano, Adel; su madre, Iqbal; su abuela paterna y su tía Farida. En torno a ellas, se presenta un amplio abanico de mujeres unidas por la camaradería y su lucha común contra la opresión patriarcal. Esta opresión queda perfectamente reflejada en las primeras páginas del libro: “llamaban Jan a las mujeres decentes de los períodos bagdadí y otomano, y a las que el padre, el abuelo o el hermano condenaron a la soledad y la humillación, y también a cargar para siempre con ese mote”.
La infancia de nuestra protagonista está marcada por las manifestaciones contra la ocupación británica y por la enfermedad de su madre, que terminará siendo repudiada por el padre de Huda, Yamil, y enviada a Siria. Yamil se casa por segunda vez y engendra otros hijos con su nueva esposa, pero tanto la abuela como Farida los rechazarán, puesto que es a Iqbal a quien realmente consideran su familia. Así, harán todo lo posible para mantener alejados a Huda y a Adel de Nuriya, a la que no llegarán a conocer.
Quienes parecen dominar todos los acontecimientos que se suceden en la vida de Huda y su familia son dos hombres: su padre y su tío Munir. Ambos personajes imponen su voluntad, impidiendo que las mujeres sean libres y que accedan a la vida pública. Yamil se nos presenta como una especie de ogro a los ojos de Huda, a quien maltrata: cuando él está delante, ni siquiera se atreven a jugar. Munir, por su parte, corta las alas de Farida, cuya vida y felicidad dependen únicamente de la voluntad de este.
Justamente es el personaje de Farida el que se lleva la peor parte. La hermosa joven espera paciente a que Munir, un hombre que le dobla la edad la pida en matrimonio; y cuando este por fin lo hace, el día de su boda se transforma inesperadamente en un funeral. Su esposo desaparece durante un año, condenándola a un matrimonio infeliz y lleno de su ausencia. A su regreso, lo recibe una Farida furiosa y cambiada que le propina una brutal paliza como castigo por haberla abandonado, al grito de “¡ni aun matándote con estas manos me daría por satisfecha!”.
Las mujeres están cubiertas a lo largo de toda la obra por el velo del sufrimiento. Alia Mamduh denuncia en este relato despiadado la dura situación la mujer árabe y, más concretamente, de la mujer iraquí. Sin embargo, la autora también nos regala momentos de transgresión, sobre todo en sus prolijas descripciones de mujeres proporcionándose placer a sí mismas, como en el caso de Farida; o entre ellas, como Nayia y Bahiya. La prosa de Mamduh destaca no solo por su cuidado cultivo de recursos novedosos en su ámbito narrativo, sino también por su denuncia del estado de postración que, históricamente, ha sufrido la mujer árabe. Aunque Naftalina no es una obra escrita para el lector occidental medio, para quien resulta casi imposible comprender las referencias culturales al mundo árabe, su lectura resulta enriquecedora y casi obligada para ver la cultura árabe desde el punto de vista femenino