Luis Chitarroni escribe sobre 43 artistas que de alguna forma lo marcaron. Casi todos existieron, un par se infiltraron desde la imaginación del autor. En todo caso, se trata siempre de escritos sobre personas que a su vez son personajes, pues en Siluetas no se lee información sobre sus vidas y obras solamente, sino que se experimenta cómo uno de los escritores más ineludibles en nuestro idioma establece un diálogo con estas voces. Así, tenemos textos que a veces se contentan con permanecer dentro lo lineal e informativo, junto con otros que se desbordan hacia lo narrativo y experimental, hacia una autoexploración tan rica como, en varias ocasiones, desopilante, porque, finalmente, si al hablar sobre algo decimos menos sobre lo que sabemos de ello y más sobre lo que no, escribir sobre otros escritores revela más sobre el autor que cualquier biografía. Algunas de las Arno Schmidt, Izumi Shikibu, Italo Svevo, Junichiro Tanizaki, William Gerhardie, Djuna Barnes, Eduardo Mendoza, Bohumil Hrabal...
Luis Chitarrroni (Buenos Aires, 1958) es escritor, crítico y editor. Publicó los libros: Siluetas (un catálogo biográfico de escritores reales e imaginarios, que había escrito para la revista Babel), las novelas El carapálida (Tusquets, 1997) y Peripecias del no. Diario de una novela inconclusa (Interzona, 2007), además del libro de ensayos Mil tazas de té (La bestia equilátera,2008). Suele colaborar con diversos medios.
Chitarroni es el tipo de lector que todo lector envidia. Aquel que muestra los aparentemente inexistentes hilos que hay entre lecturas y de como el chisme es, también, otra forma de leer.
Una cosa es leer con cierto agrado la notas de Borges en El Hogar y otra cosa es apenas ochenta años después postularse como su vera continuación, práctica meritoria para los aprendices de Menard y no sé si tanto para Chitarroni. Al resultado le sobran justamente ochenta años de siglo XX.
Desde la modestia nada se puede decir, es intachable cada nota, cada párrafo y hasta cada palabra bien puesta. Desde la soberbia que da la ignorancia podemos decir que muy pronto dejan de interesar los avatares de cada uno de los personajes, avatares que suelen reducirse a relaciones con otros personajes, más y menos relevantes suponemos. Pero el lector deja de fijarse en cada palabra que comienza con una mayúscula, y ante sus ojos cada nombre se cubre con un par de equis, es decir xx. XX se carteó con XX por ejemplo. Con esta conveniente adición la lectura alcanza legibilidad, y destacan muchos méritos. Hay oraciones perfectas. Hay chistes, o un tono de humor.
Estas páginas se publicaron a lo largo de muchas semanas. Aquí recopiladas sufren de abundancia. Es decir, en módicas dosis habrán sido mucho más entretenidas que una tras otra.
¿Qué más? Dos apuntes personales: de cuarenta escritores recuerdo haber leído a cinco. El único que me interesaba a priori es Hrabal; su capítulo es tan bueno como los otros. Y que esta lectura ha sido una obra voluntaria de snobismo. En ese sentido me doy por satisfecho.