DE LA VANIDAD
En cuanto a mí, tengo esta otra costumbre peor: si tengo un escarpín torcido, lo dejo más torcido aún, y mi camisa y mi capa con él; desdeño enmendarme a medias. Cuando estoy de
mal talante, me encarnizo en el mal; me abandono por desesperación y me dejo ir hacia el abismo; echo, como se dice, el mango tras el hacha; me obstino en empeorar y ya no me considero digno de mi cuidado: o todo bien o
todo mal. Va en mi favor el hecho de que a la desolación de este Estado se une la desolación de mi edad: soporto de mejor gana que se recarguen así mis males, y no que mis bienes vengan a turbarse. Las palabras que expreso en la desgracia
son palabras de despecho; mi coraje se eriza en lugar de aplastarse. Y, al revés que los demás, me encuentro más devoto en la buena que en la mala fortuna, siguiendo el precepto de Jenofonte, aunque no su razón; y alzo más gustoso los tiernos
ojos al cielo para agradecerle que para pedirle. Me esmero más en aumentar la salud cuando ella me sonríe, que en recuperarla cuando la he perdido. (Montaigne)