En líneas generales, la obra me ha gustado mucho. Su autor, Lope de Vega, me parece una figura verdaderamente impresionante, tanto por su vida (sobre todo arrolladora en el terreno amoroso) como por sus abundantes escritos, que nunca habrían sido los mismos sin estar basados, en gran parte, en las numerosas experiencias amorosas de su propio creador.
Especialmente, la trama de enredo de esta obra ha conseguido cautivarme y hasta hacerme reír (algo muy encomiable teniendo en cuenta que leo esta obra, original del año 1613, desde mi perspectiva del 2023). En esta gran vis cómica de la obra sobre todo he de destacar al personaje de Finea, cuya gran vertiente humorística, con chanzas tan bien traídas como “Todos me piden sus almas; / almario debo de ser”, se ha mantenido completamente incluso para los lectores de nuestra actualidad. En relación con el personaje de Finea también tengo que resaltar otro rasgo temático que presenta la obra y que, siendo para mí el verdadero tema central de este texto teatral, me ha encantado: cómo el amor es capaz de transformarnos hasta el punto de llegar a nuestro interior y mejorarlo. Aunque esta idea aparece en este caso de una manera extremadamente teatralizada y caricaturizada en el personaje de la boba, no por ello dejo de creer que, aplicada a nuestra propia vida, pueda contener mucho de verdad y de hermosura. Así, es verdaderamente bonito oír de boca de Finea versos dirigidos al amor como “Extraños efectos son / los que de tu ciencia nacen, / pues las tinieblas deshacen, / pues hacen hablar los mudos; / pues los ingenios más rudos / sabios y discretos hacen”. También, no tan relacionadas con esta visión transformadora y hasta intelectualmente neoplatónica de este sentimiento, se pueden encontrar en la obra otras preciosas reflexiones sobre el amor. Por ejemplo, cuando Nise explica que “El amor no es calidad, / sino estrellas que conciertan / las voluntades que aciertan / a ser una voluntad” o cuando Finea piensa que “Lo que tiene de secreto / eso tiene amor de gusto”. Por último, no puedo dejar de admitir sinceramente cómo me han gustado los parlamentos finales del texto desarrollados entre Duardo y Feniso, al decir este último: “Vos y yo sólo faltamos; / dad acá esa mano hermosa”.
Por todas estas razones y otras más que aún podría describir, puedo decir que esta obra me ha gustado mucho y ha hecho que siga creyendo que, como exclama la protagonista, “¡Gran fuerza tiene el amor, / catredático divino!”.