A veces me pregunto por qué seguimos leyendo novelas que parecen escritas contra nosotros. No me refiero a las difíciles, sino a esas que te exigen un tipo de atención que casi nadie ofrece ya, como si fueran perros viejos que solo obedecen a quien tiene paciencia. ¿Y si la verdadera pregunta es por qué, aun así, les tenemos cariño?
Eso fue lo que pensé cuando cerré Memoria de elefante y me quedé mirando un punto fijo del salón, preguntándome si Lobo Antunes quería que lo abrazáramos o que lo mandáramos a paseo. Supongo que eso también es literatura: ese momento incómodo en el que no sabes si te ha encantado o te ha atravesado.
De la historia puedo contarte muy poco sin arruinarte el vértigo, pero basta decir que seguimos a un psiquiatra que atraviesa un día de esos que parecen una vida entera, con recuerdos que irrumpen sin pedir permiso y una Lisboa que lo observa desde todos los ángulos, como si fuese otro personaje más. Lo importante no es lo que ocurre —que no es mucho, en apariencia—, sino cómo ocurre: a saltos, a fogonazos, como si la memoria fuera un animal nervioso que no se deja acariciar. Es un día, sí, pero también es el eco de otros muchos días que lo moldearon y lo rompieron a partes iguales.
Sé que aquí tocaría hablar de técnica y de estilo, pero sería deshonesto no decir antes lo esencial: este hombre está hecho trizas. No es simplemente un protagonista melancólico, sino alguien que se ha arrojado a una depresión que no sabe ni cómo nombrar. Ha abandonado a su mujer —o eso intenta repetirse—, pero la verdad es que no puede ni respirar sin ella. Todo lo que hace, todo lo que piensa, todo ese deambular por la ciudad, está contaminado por ese vacío que lo devora. Y lo más duro no es la tristeza, sino esa convicción íntima de que él mismo ha provocado su ruina.
Ahí es donde Memoria de elefante se vuelve incómoda: no estás leyendo la crisis de un personaje, sino el desmoronamiento de alguien que intenta fingir que aún tiene algún control sobre su vida. Y cuando crees que no puede hundirse más, Antunes te suelta una de esas verdades que hacen daño incluso desde lejos: “Y acabamos fatalmente desembocando en la pregunta esencial, que se encuentra por detrás de todas las otras cuando todas las otras se apartan o han sido apartadas y que es, si me permiten, ¿Quién Soy Yo? Me interrogo y la respuesta vuelve, obcecadamente, invariablemente, así: Una Mierda.”
Y sí, la prosa es la bestia de este libro, no nos engañemos. Si vas buscando una voz dócil, retrocede. Aquí Lobo Antunes hace lo que hacen los debutantes que saben que tienen algo grande dentro: lo sueltan todo. Las frases se estiran, se retuercen, se contradicen, se iluminan. Sí, a veces se le va la mano —parte de su encanto torpe, como cuando alguien brillante aún no sabe regular su talento—, pero qué electricidad hay ahí dentro, amigos. Las metáforas se amontonan, se superponen, algunas casi se derrumban sobre sí mismas, y aun así funcionan como un milagro: es en ese peligro de colapso donde la voz debutante de Antunes cobra electricidad y te arrastra, te hiere y te fascina a la vez.
Esa mezcla de lirismo desbordado y desesperación me recordó más a Saramago en sus primeros viajes por la conciencia de sus personajes, o a Lispector cuando el pensamiento interno se enrosca sobre sí mismo hasta volverse casi físico. Incluso hay un toque de Nabokov en la forma en que cada imagen y cada símil parecen colgar de otro, creando un entramado de metáforas que te atrapa sin escapatoria. Aun así, lo que hace aquí Antunes es suyo, inconfundible: un lenguaje que parece brotar directamente del sistema nervioso, salvaje, íntimo y electrizante. Si tuviera que buscar un eco en la literatura europea, quizá Céline se acerque en su furia, aunque con un flujo distinto: donde Céline lo arrastra todo a un torrente rápido, Lobo Antunes levanta un río lento, que se va cargando de sedimentos hasta sumergir al lector, un aluvión silencioso que engulle la ciudad, la memoria y la propia carne del protagonista.
La estructura fragmentaria no es un capricho ni una pose; es la mente del protagonista en carne viva. La alternancia entre primera y tercera persona, y los saltos entre presente, recuerdos de la guerra en Angola y la infancia, no son caprichos: son un espejo del caos interior del protagonista. Cada cambio de voz te hace sentir que la mente no se detiene, que la memoria y la identidad se desplazan y se confunden constantemente. Saltamos de escena en escena como quien intenta seguirle el paso a alguien que cambia de tema cada dos minutos, no porque no pueda concentrarse, sino porque concentrarse le duele. Todo está conectado por hilos invisibles que el lector termina siguiendo casi sin darse cuenta. Y ahí está uno de los grandes logros del libro: te obliga a leer con lentitud, con respeto, como si entraras en una casa ajena donde cada mueble tiene una historia que nadie va a explicarte. Esa exigencia no es gratuita: es coherente con el propio universo emocional del protagonista.
Los personajes que orbitan alrededor del psiquiatra —familia, pacientes, sombras del pasado— no aparecen como figuras completas sino como presencias, recuerdos, heridas. No tienen la nitidez de los personajes de las novelas más clásicas porque aquí la subjetividad lo borra todo, lo distorsiona, lo engrandece o lo empequeñece. Hay momentos en que parecen más síntomas que personas, pero lejos de ser un defecto, esto refleja cómo vive él su mundo interno: lleno de voces que no consigue ordenar. Si has leído más Antunes, verás que este es uno de sus grandes temas: el yo como multitud, la identidad como escombro.
Y lo curioso es que, en medio de toda esa devastación emocional, Lobo Antunes saca un humor corrosivo que roza lo cruel. El protagonista se ríe de sí mismo, de su miseria, de sus gestos patéticos, como si el sarcasmo fuera la única herramienta que le queda para no desplomarse en la calle. Esa voz irreverente le da a la novela una temperatura especial: no estás solo ante la tragedia de un hombre roto, sino ante alguien que entiende perfectamente lo ridículo de su situación y decide contártelo con la ironía de quien ya ha perdido la batalla. Y cuando llegas al final, te das cuenta de que ese humor es casi una súplica disfrazada: una forma torpe, humana, conmovedora de no desaparecer del todo.
Pero detrás de la melancolía y la ironía hay una rabia implacable: contra el mundo, contra Portugal, contra su propia torpeza, contra todo aquello que le recuerda la vida que ha perdido. Esa furia silenciosa, contenida entre saltos de memoria y sarcasmo, da a la novela una tensión constante, como ese río lento del que hablábamos, que amenaza con desbordarse en cualquier momento. Y es que detrás de esa risa ácida lo que late es la memoria: no la amable ni la que uno invoca para consolarse, sino esa otra que aparece como una punzada, sin avisar, para recordarte justo aquello que más duele. En el protagonista funciona como una corriente subterránea que lo arrastra siempre al mismo punto: la mujer que dejó y a la que no sabe cómo renunciar. Por ahí se cuela también la guerra colonial, no como capítulo histórico, sino como un eco persistente que contamina su forma de mirar el mundo. Al final, lo que uno lee es el retrato de una masculinidad que ya no sabe sostenerse, un cuerpo emocional agotado que intenta disimular sus grietas, la imposibilidad de vivir sin que los fantasmas te tiren del abrigo. Hay momentos en que la novela parece una sesión clínica involuntaria, un examen cruel —y por eso tan verdadero— de lo que ocurre cuando la melancolía toma el control de una vida.
Leí Memoria de elefante pensando todo el tiempo en esos comentarios de Goodreads que dicen que la prosa es excesiva, que el arranque es barroco, que hay metáforas por todas partes. Y sí, claro que las hay. Pero también hay algo hermoso en ese exceso, como si el autor intentara desesperadamente traducir lo intraducible, poner en palabras un mundo interior que no se deja domesticar. Esa torpeza brillante —esa mezcla de ambición y descontrol— es lo que hace que esta primera novela tenga un calor que a veces se diluye en obras posteriores, más depuradas pero quizá menos viscerales.
Le doy cuatro estrellas, no porque no reconozca la brillantez absoluta de Memoria de elefante, sino porque es una novela exigente: su prosa exuberante y su densidad emocional ponen a prueba al lector. La fuerza del libro reside en una belleza eléctrica y a veces —sí, es cierto— abrumadora. Hay momentos en que a Antunes —reconozcámoslo— se le va la mano con metáforas o símiles que pueden fatigar al lector, restando algo de fluidez. Y, sin embargo, quién podría resistirse a imágenes como aquel burdel convertido en “altar de blenorragia con taxímetro” o un viejo reloj en “almacén de minutos”. Fue su primera novela y aún no alcanza la madurez de sus obras posteriores, aunque tal vez sea más “legible” que muchas de ellas. Es un bautismo con una novela autobiográfica: un psiquiatra en crisis, Lisboa nocturna, la semilla de todos sus demonios. No es cómoda ni indulgente, pero para quien se deje atrapar, la recompensa es un viaje intenso, visceral y profundamente vívido, que deja huella mucho después de cerrarlo.