La obra empieza pareciéndome entretenida: el protagonista estrafalario, el lenguaje rebuscado y las situaciones absurdas despiertan cierta curiosidad. Sin embargo, a medida que avanzaba la lectura, todo se va desinflando.
En primer lugar, el estilo, tan pomposo como intencionadamente ridículo, acaba volviéndose tedioso. Las frases largas, los giros arcaicos y el tono irónico, que en un principio me hacían gracia, terminan por hacérseme bola. La trama, por su parte, no lleva a ningún sitio: es una sucesión de disparates que pierde rumbo y coherencia, hasta desembocar en un final que no tiene ni pies ni cabeza.
En segundo lugar, los personajes son demasiado caricaturescos y planos, y no ayudan a sostener la historia.
En tercer lugar, el humor... El humor, que debería ser el motor de la novela, se vuelve forzado, aburrido y sobre todo, repetitivo, muy repetitivo. Es un chicle de sandia estirado y estirado y estirado.
En resumen, es una novela que puede resultar graciosa al principio, pero que termina por hacerse larga, caótica y vacía. Una sátira que no consigue sostener su propio juego.