Llegué al cuarto y quinto libro ya con ese nivel de agotamiento donde una parte de mí quería respuestas y la otra solo quería que todos estos magos se tomaran un té y fueran a terapia. Y aun así, seguí, porque la saga venía prometiendo la gran crisis infernal y por fin la suelta de lleno: el inframundo, el diablo, el apocalipsis ese que insinuaban desde el primero… todo explotando al mismo tiempo.
Acá la relación entre Nova y sus cinco —sí, ya cinco oficialmente— sigue avanzando mientras todos intentan detener la apertura del inframundo. Sam, que venía incómodo desde el libro 3, termina completamente integrado al grupo, pero con una vibra rarísima porque la historia sigue torciéndose en direcciones que no ves venir. Y ahí llega la gran bomba: Sam no solo es el verdadero hermano de Nova. También es el hermano real de Nico. Y no termina ahí: el padre de ambos es el villano máximo, el líder psicópata que está pactando directamente con el mismísimo diablo para destruir el mundo y vender a Nova como moneda de cambio.
Porque sí, el gran plan es ese: entregarle a Nova al diablo para que él reviva a Elena, la madre muerta de Sam. ¿Qué tiene que ver todo esto? Ni idea. El libro lo explica, pero es tan rebuscado que llega un punto donde solo asentás con la cabeza y seguís leyendo.
Y lo hacen. Reviven a Elena. La sacan de la muerte como si fuera un trámite administrativo. Pero, obviamente, hay letra chica: para que el diablo finalice el trato, necesita sangre del propio linaje, así que se queda con Sam. Sí, directamente lo toma como sacrificio. Y es ahí donde la cosa se va al carajo por completo: Nico, que siempre estuvo entre villano trágico y pibe mal influenciado, se mete para salvarlo y lo que hace básicamente es suicidarse. Y mientras todo esto pasa, hay un pasillo abierto al infierno, y la madre —la madre de él— empuja a Nico hacia Sam, como si la solución fuera tirar hijos al fuego. Llega un punto donde no sabés si reír, llorar o cerrar el libro.
Todo esto rompe a Nova y a los demás. Especialmente a Kole, porque ya sabés que él es vidente. Él ya había visto parte de todo esto, sabía que algo terrible estaba destinado a pasar, y no puede perdonarse no haber hecho más… pero tampoco podía interferir. Y eso lo destroza.
Ahí empieza la peor parte del delirio místico: Tanner toma sangre de Nova para “conectarse” con la conciencia de Sam en el infierno. Se mete en su mente, en su alma, en lo que sea que quede de él. Y acá el libro directamente se vuelve otra novela: Sam revive, pero “revive” con un espíritu encima, como si viniera poseído por un extra del más allá que nadie pidió. Y después se lo sacan. Así como vino, se va. Ese es el nivel de coherencia que manejan estos dos últimos libros.
En paralelo, Kole y Nova, por fin juntos emocionalmente, descubren la peor verdad de todas: la profecía dice que ella tiene que morir. Que su muerte revive al diablo, y en ese revivir ella es la única capaz de matarlo definitivamente. Básicamente, ella es ofrenda y verduga. Y mientras todos procesan este horror, el portal vuelve a abrirse, el caos se sale de control, y lo último que sabemos es que Nova queda atrapada en el infierno, literalmente, rodeada por aquello que siempre trató de evitar.
Y ahí termina el libro 5.
Con Nova muerta-viva, o viva-muerta, o atrapada en el medio, mientras los cinco —cuatro más Sam— quedan destruídos, sin ella, y sin saber si la van a recuperar.
Mi opinión combinada del 4 y 5: demasiado. Demasiado largo, demasiado rebuscado, demasiado giro por el giro mismo. Ya para este punto la saga dejó de ser sensual con magia oscura y pasó a ser una telenovela demoníaca escrita en un ataque de café.