Este libro es un tratado sobre el LSD y la experiencia del profesor Albert Hofmann al sintetizar, experimentar y dar a conocer esta sustancia al mundo. Evidentemente un alucinógeno tan poderoso del género de los “phantasticum” suscitaría el interés de círculos médicos, artísticos y aficionados a las drogas. Los efectos y consecuencias que el LSD25 legó al mundo son motivo de debate entre la comunidad científica, los organismos de salud pública, los estados nacionales, las comunidades religiosas y artísticas, psiconautas y chamanes: las posiciones se extrapolan desde los que piensan que es una “droga” que daña la mente y el cuerpo, hasta los que ven aquí la partícula de Dios enviada a la humanidad para la comprensión del universo interno/externo, y de la vida y la muerte.
El libro consta de 15 capítulos narrados en primera persona de forma científica y anecdótica. Los primeros capítulos son un recuento histórico de las prácticas del doctor Hofmann con el “cornezuelo del centeno” en al ámbito de la farmacología botánica. Los experimentos químicos le llevaron a obtener varias sustancias y derivados con utilidad en la dilatación del cuello uterino, la migraña y la psiquiatría. De todos los componentes analizados, fue una amida del ácido lisérgico, el LSD25, la que trajo el mayor revuelo debido a sus potentes efectos narcóticos, oníricos, místicos e indescifrables. El profesor utilizó la sustancia en sí mismo y luego de su mítico viaje en bicicleta decidió experimentar con el “alcaloide de Dios” hasta convertirse en un potente convencido de sus ventajas psicológicas para establecer nuevas conexiones neuronales con la realidad, para explicar y llegar a estados de “iluminación interior” similares a los descritos por las religiones. Para disolver el yo que nos separa del mundo-objeto y ser uno solo y palpitar con el universo, un nuevo espacio de comprensión complementario a esta realidad limitada que captan nuestros sentidos.
Poco tiempo transcurrió antes de que los ácidos saltaran a la palestra de las sociedades mágicas, de artistas y de aficionados a las drogas. El estupefaciente se convirtió en la nueva “moda”, el Mesías de los hippies y la contracultura que iniciaba su revolución; hasta qué punto el consumo y las alucinaciones producidas por el LSD forjaron la concepción antibélica, estética y ética de los años 60s, sigue siendo motivo de controversia; toda vez que la explosión del “verano del amor” fue efímera frente a los movimientos artísticos-culturales asociados a las drogas como “speed” y crack que veríamos después. Los ensayos “no médicos”, “no controlados”, en circunstancias imprevisibles y con sujetos sin una adecuada preparación para recibir al LSD fueron funestos y trágicos: las depresiones, la psicosis y los suicidios estaban a la orden del día. Al poco se demonizó la sustancia que se coligó con la drogadicción y con la propagación de la idea de “no trabajar para el estado” y vivir una vida natural de los “hippies”.
Estos descubrimientos y ensayos llevaron a Hofmann a entrar en contacto con las personalidades más destacadas en aquella de época de psiconautas primigenios. Aquí nos comenta los encuentros, correspondencia, sesiones de LSD, hongos, ololiuqui, e ideas que intercambió con el Dr. Timothy Leary, el profeta de las drogas y el hipismo; con los escritores Ernest Junger y Adous Huxley, quienes hablaron extensamente de los enteógenos y sus efectos en varios trabajos literarios; con el médico-poeta Walter Vogt; y, con el etnobotánico Gordon Wasson, primer occidental en acceder a las tribus mazatecas, contactar con Maria Sabina y asistir a ceremonias de Teonanácatl, la seta sagrada. El trabajo mancomunado de Hofann y Wasson llevaron a la síntesis de las sustancias psicoactivas del hongo alucinógeno: psilocibina y psilocina. Los sacros misterios de las plantas mexicanas eran revelados al mundo, los mazatecos evidentemente jamás perdonaron a María Sabina y este grupo de occidentales por contaminar sus costumbres y sus dioses. El resto del mundo agradece esta labor que acercó al ser racional-occidental a su espiritualidad perdida.
El “hijo pródigo” de Hofmann, el LSD25, se convirtió en la sustancia demonizada de los laboratorios Sandoz en Basilea, Suiza. Albert tuvo que enfrentar las reticencias y críticas de sus colegas, quienes veían únicamente en sus estudios una contribución al mundo de las drogas y no al total de la humanidad. En esto texto, Hofmann aborda sus conflictos y miedos superados por su humanismo desbordante, que enaltece las posibilidades de la mente, del ser y del universo interior. “El cielo y el infierno”, “las puertas de la percepción” están al alcance de todos quienes puedan acceder de forma adecuada a una sustancia ritual enteógena y a sus misterios. Un “Rito de Eleusis” que está abierto desde épocas inmemorables en todas las culturas ancestrales.
Feliz Viaje