Fabrizio Mejía Madrid es posiblemente la pluma más conocida de la crónica en el México del nuevo siglo. Autores como Carlos Monsiváis, Vicente Leñero y Elena Poniatowska así lo confirman. No obstante, también recurre constantemente a la narrativa, pues ha publicado relatos y novelas, como la que hoy nos convoca: “Tequila, DF”.
En esta narración, Mejía Madrid sigue la famosa construcción empleada por Ryunosuke Akutagawa en “Rashomon” o el mismísimo Lawrence Durrell en su “Cuarteto de Alejandría”: contar la misma historia desde distintos ángulos, agregando o modificando datos, fechas o acciones. Así, conoceremos la historia de Javier Venegas (“un poeta maldito perdido entre las olas del resentimiento contracultural y de la inventiva esotérica”, dice Christopher Domínguez Michael), un personaje idiosincrático a más no poder: misántropo, frenético, ideático, desde cuatro puntos de vista distintos: el del propio Venegas, obsesionado con su hermano y con su propia poesía –se autodefine como “el único poeta vivo”–; el de su amigo Ugalde, compinche de borracheras y de su poesía experimental y contracultural; el de Nadia, su exmujer, quien puede aseverar o refutar lo dicho sobre el poeta; y el de Mejía, un periodista que funge como “testigo literario”, y que busca contar la verdadera historia del “Poeta Póstumo”.
Desde luego, cada punto de vista es construido de forma distinta; las voces van del lirismo a la crónica, de la visceralidad a la probidad, lo que crea una interesante amalgama.
Sin ser una gran obra, “Tequila, DF” es una novela lo suficientemente atractiva como para leerla de principio a fin sin perder el hilo o la tensión (y la atención, claro).