Cuando muera no quiero que agredas a ningún guardia. Quiero que empieces a lavar tu nombre. Mi muerte va a lavar tu nombre y, cuando tu nombre esté limpio, tú lavarás el mío.
Muy bueno. Pienso que como autobiografía cumple más que como crónica de un suceso. Desde que comienza a cumplir condena y empieza el relato de su paso por las diferentes prisiones, me decepcionó un poco. Esperaba otra cosa, no sé, quizás un poco más de profundidad en su relación adentro con los reos y los guardias; hay que considerar que estuvo 15 años encerrado, pero leyendo no se sintieron así de largos. Así que creo que esa es la razón principal por la que no logró conmoverme ni encantarme del todo.
Sin embargo, por otro lado, me gusta mucho la honestidad que la rodea. Se nota que Gerry Conlon no es escritor, porque no centra demasiado sus esfuerzos en detallar ni hacer descripciones para crear escenarios, sino que narra todo de acuerdo a lo que él considera importante y en especial, denunciable. En ese sentido, es precioso que este libro haya sido su manera de "vengarse" de todos aquellos que le hicieron daño. Y al mismo tiempo, es también un modo de ajusticiar y homenajear tanto a sus familiares y la pequeña porción del oeste de Belfast en la que creció, como al resto de las personas que sufrieron la corrupción y tortura de la justicia y policía inglesa. Aunque sin duda, pese a que el título puede hacer alusión a la religión y a la posición superior que supone tener Inglaterra dentro del Reino Unido, efectivamente es una carta de amor a su papá a su padre, Giuseppe Conlon. No es que el relato gire en todo momento en torno a él, pero su naturaleza inquebrantable, lo convierte en la figura principal de la vida de Gerry.
Una lectura sin duda plagada de momentos que causan rabia e impotencia, pero a la vez, muy ligera, amena y cercana.