Esteban Echeverría es el máximo exponente del Romanticismo en la Argentina.
Formó parte de la ‘Generación del 37’, un grupo de jóvenes intelectuales que fundaron las bases de la cultura y la literatura en nuestro país. Murió exiliado en Montevideo, por ser sus ideas opuestas a la tiranía de Juan Manuel de Rosas.
El sólo hecho de que alguien descubriera su relato “El matadero” hubiera bastado para que el régimen rosista lo desapareciera sin miramientos.
Fue el primero en publicar poesía en nuestro país. Su volumen “Rimas” apareció en 1837 y entre ellas, “La cautiva” que usualmente integra las ediciones que se siguen publicando en conjunto con “El matadero”, por ser estos los textos más emblemáticos de su obra, que no es corta.
Debo reconocer y pedir disculpas a Echeverría por no haber leído nunca sus textos, pero con esta reseña pongo fin a ese error.
“La cautiva” es un largo poema épico que centra toda su acción en el desierto, que se transforma en uno los personajes principales y al que Echeverría compara con el océano (“El Desierto inconmensurable, / abierto y misterioso a sus pies / se extiende, triste el semblante, / solitario y taciturno / como el mar, cuando un instante / el crepúsculo nocturno / pone rienda a su altivez.”)
Completan este triángulo, el sufrimiento y la perseverancia del valeroso Brián, guerrero y pareja de María, esta mujer aguerrida que fatiga la Pampa desolada luego del asedio impuestos por los indios: “Ella va. Toda es oídos; / sobre salvajes dormidos / va pasando; escucha, mira, / se para, apenas respira, / y vuelve de nuevo a andar.”
Los indios, demonizados por Echeverría son, al igual que la figura de Juan Manuel de Rosas, los ejes del mal en cada relato y contra ellos, vibra su fuerte a modo de grito de justicia.
Tanto “La cautiva” como “El matadero” tratan también acerca de lo fronterizo. En el caso de María, la frontera que debe cruzar para escapar de los indios, en el del joven unitario sorprendido en el Matadero, el hecho de haber cruzado esa frontera que no debía y que sella su destino.
Respecto de “El matadero”, poco puede agregarse ante un texto tan visceral y directo, cargado de la violencia obvia que la narración propone. Este es considerado el primer cuento de la literatura argentina y vaya manera la de abrir surco a todo lo que vino después. Es innegable que no todo lo que se inicia se hace sin sangre.
El relato de Echeverría, su alegato contra Rosas, los violentos y salvajes hombres que componían “La Mazorca”, esa especie de Gestapo criolla que sembró el terror innecesario y cruel sobre la población recién surgida en la Argentina (tengamos en cuenta que sólo habían pasado 29 años desde la Revolución de Mayo), marca lo que sucedería sistemáticamente en nuestro país en los años venideros, cargados también de tanta sangre y muerte, de tanta dictadura, desaparecidos y torturas, que fue aún más espantosa que la de Matasiete y sus salvajes sobre un indefenso joven que sólo se opuso a las leyes violentas de un tirano.
Echeverría se encarga de describir claramente esta situación injusta y abusiva: “¡Qué nobleza de alma! ¡Qué bravura en los federales! ¡Siempre en pandilla cayendo como buitres sobre la víctima inerte!”
Tampoco se amedrenta en abofetear a la Iglesia, institución que debe (especialmente hoy en día) expiar sus propios pecados en vez de cargar las tintas en sus abnegados feligreses: “¡Cosa estraña que haya privilegiados y estómagos sujetos a leyes inviolables, y que la Iglesia tenga la llave de los estómagos!
Este relato, narrado sin tapujos ni delicadeza es el reflejo y el resumen de un país que siempre tuvo que sufrir todo tipo de abusos y tormentos por parte del poder, que aún lo está sufriendo y que gracias a cuentos como este podemos darnos cuenta de que no podemos olvidarnos que la violencia no es el camino, que la prepotencia y la impunidad no pueden ganar en un país que quiere vivir en paz.
Tal vez este alegato de Echeverría debería seguir leyéndose en las escuelas. Lo sé: es cruel, es violento y terrible, pero probablemente sirva para mantenernos con los ojos atentos y alerta. Vivimos tiempo convulsos y a veces parece que lo que sucede en “El matadero” no ha cambiado ni un ápice en los últimos 180 años.
Solo nosotros podemos torcer ese destino.