Librazo. Me gustaría decir "me lo leí de un tirón", pero es solo parcialmente cierto. El libro está escrito en un tono vertiginoso pero hay momentos en que hay que detener la lectura porque todo lo que relata no deja de ser terrible.
Más allá de la valentía de la autora para dar todo de sí en este libro, el libro tiene un montón de méritos literarios propios. Por ejemplo, mientras leía algunos de esos sueños tan vívidos, pensaba "esta manera de contar sueños ya la leí alguna vez en otra parte", y de pronto se me antojó que muchos de estos sueños estaban contados muy en el estilo de Adolfo Bioy Casares en "Descanso de caminantes". El arco narrativo está construido con muchísima maestría, y eso es lo que hace que este diario no se lea como si fueran simples entradas de un blog sino como un diario íntimo como género narrativo propiamente dicho.
El libro tiene además frases y momentos memorables contados con muchísimo humor, como "el lado B del single de los "Grandes Éxitos del Peronismo Pedorro Montonero"". El libro es muy crítico con el movimiento de derechos humanos en Argentina pero también ofrece miradas inteligentes y críticas sutiles sobre cierto idealismo de la militancia montonera. Para mí es en estos lugares de crítica donde más se ve la valentía de la autora, porque justamente se corre del mandato de ser la "víctima perfecta", y lo bien que (lo) hace. A veces los mandatos familiares y sociales son de imposible cumplimiento, como cuando León Rozitchner le escribió a su hijo ese poema donde le reprocha qué por qué no es como Victoria Walsh (pregunta que se responde sola). Pero la autora atraviesa con elegancia ese campo minado de las idealizaciones políticas y las expectativas de los demás (sin pasarse para el otro lado como el inefable hijo de Rozitchner, aclaro por las dudas).
Por alguna razón me quedó dando vueltas lo del "familiar monopólico" que cierta investigadora le achacaba a los familiares de desaparecidos (y por extensión a la autora) con un descaro propio de quien no tiene ni la más perra idea de lo que está diciendo. Mi impresión después de terminar el libro es que lo que hace la autora es exactamente lo opuesto de cualquier intento de monopolización: este testimonio rebosa muchísima generosidad en contar una historia dramática y terrible, darle muchos toques de luz, y a la postre señalar además formas para que quienes se sienten interpelados tomen parte (sin ir más lejos, participar de las audiencias, que no son meros trámites burocráticos).
Gracias por escribir una primera versión de este libro terriblemente necesario y por hacer una segunda versión ampliada años más tarde.