La sensación de extranjería asalta al que regresa, es como si la persona estuviera envuelta, toda ella, su físico y su psiquis, de una membrana que la separa del mundo. Esta membrana produce un efecto de mediación: las cosas no vuelven a tener el peso y la densidad normales que otrora tenían y guardan sus propias distancias respecto del sujeto en cuestión, mutante en la estructura. La alteración se manifiesta en las nociones espaciales, en el ordenamiento mental de los ritmos de la ciudad, en la percepción de las actitudes de la gente en la calle y en las respuestas que en cada caso tiene que dar el individuo para no entorpecer ni chocar. La idea que se tenía sobre el aire, el viento, la lluvia, el canto de los pájaros, ha sufrido una transformación en los años de ausencia y todo se ofrece, cuando se tiene la mejor suerte, con un aura desconocida e inaugural, pero todo puede también echarse a perder y ser, además de distante, ajeno.
Hay un largo período en los retornos, el de la evocación, pautado por señales que se producen a cada paso, como si una masa de significaciones hubiese estado a la espera de quien la excitara para desencadenarse, irrefrenable. Se sale a la calle en estado de memoria, ya sea que se la bloquee o se la deje en libertad de prenderse a los datos de la realidad. Es muy difícil preservar ese material de las generales de la ley y singularizarlo: hay retornantes que vuelven al barrio y suspiran, retornantes que reconocen, gozosos, antiguos lugares en los que su vida transcurrió y quieren hablar a toda costa de sus sensaciones, retornantes que se quedan paralizados ante un olor o un sabor recuperados y se tientan con la imagen literaria que ha sabido clasificar esos instantes privilegiados para toda eternidad, retornantes que endilgan a los demás su carga memoriosa pero que se impacientan cuando uno de sus semejantes quiere hacer su propio ejercicio de recuperación.