Tristan et Iseut, Héloïse et Abélard - le sentiment amoureux a divinement inspiré les auteurs du Moyen Age. Mais, fait moins connu, si au quotidien la libido reste sous étroite surveillance, le sexe et les plaisirs de l'amour physique ne sont pas interdits. D'Héloïse à Juliette, Jean Verdon dresse un amusant et très sérieux panorama de l'amour, avec le mode d'emploi... Tristan et Iseut, Héloïse et Abélard - l'amour a divinement inspiré les auteurs du Moyen Age. Les troubadours proposent un art d'aimer et une " carte du tendre " s'élabore. Les œuvres littéraires nous parlent d'amour, et la sexualité n'est pas si mal connue, d'autant que les Arabes tout proches ont une culture raffinée de l'art amoureux... Même si, pour l'Eglise, l'amour est une passion inquiétante qui fait perdre la tête, le lien amoureux existe à l'intérieur du mariage. D'Alcuin, dans la première moitié du ixe siècle, ne cache pas son immense douleur après la mort de son épouse. Des rapts ont lieu, avec le consentement des jeunes femmes, pour permettre des unions que refusent les familles. Hors mariage, l'amour triomphe aussi : ainsi le concubinage de saint Augustin ou la passion éprouvée par Roméo et Juliette... Historien du Moyen Age, spécialiste de la vie quotidienne, Jean Verdon a pris un plaisir évident à composer ce manifeste de l'amour au temps des troubadours et parvient avec finesse à montrer comment les hommes vivaient réellement un sentiment qui met en jeu à la fois le corps et l'esprit.
Professeur émérite d'histoire du Moyen Age à l'université de Limoges, Jean Verdon a publié plusieurs ouvrages chez Perrin, dont deux couronnés par l'Académie française, parmi lesquels : La Nuit au Moyen Age , Le Plaisir au Moyen Age , Voyager au Moyen Age , Boire au Moyen Age , Le Moyen Age. Ombres et lumières .
Jean Verdon, professeur d'histoire médiévale à l'université de Limoges, a publié de nombreux ouvrages, notamment Les Loisirs au Moyen Age, chez Perrin : Les Françaises pendant la guerre de Cent Ans (couronné par l'Académie française), La Nuit au Moyen Age, Le Plaisir au Moyen Age et Voyager au Moyen Age.
Ofrecemos un comentario crítico a El amor en la Edad Media, un libro en el que Jean Verdon, profesor titular de la Universidad de Limoges, aborda una exposición de la vivencia del sentimiento amoroso en la época medieval. El autor se sirve de fuentes documentales como archivos judiciales, eclesiásticos, obras literarias, hagiográficas, historiales médicos y libros penitenciales para ilustrar las concepciones mentales sobre el amor y las prácticas amorosas y sexuales, tanto en una vertiente jurídico-normativa (de evidente estirpe cristiana) como en una vertiente profana y, cual diría Unamuno, intrahistórica.
El autor nos ofrece una disección transversal de la cuestión en tres bloques: 1) ¿Lo excluido?, en donde Verdon habla de la constricción que supone la ideología cristiana sobre el amor, a través del corpus histórico-doctrinal de los padres de la Iglesia y de la vigilancia del sexo ejercida mediante el calendario litúrgico y la acción penitencial impuesta por los párrocos, por un lado, y por el otro del matrimonio como una institución política y económica de primera magnitud. 2) Lo imaginado, parte dedicada a los imaginarios amorosos manejados en la literatura, primero épica y luego cortesana, al nacimiento de las metáforas sexuales parejo al desarrollo de tales literaturas profanas y al tratamiento revolucionario que se da del sexo en diversos manuales, sobre todo médicos, influenciados por la traducción de textos árabes acaecida en el siglo XIII y la rehabilitación del placer que se produce a la par que la hegemonía del paradigma aristotélico. 3) Lo vivido, última parte, que trata del acomodo del amor en el seno de la vida matrimonial y de otros ejemplos, excepcionales por su modernidad, como el caso de Eloísa y Abelardo, el concubinato y el adulterio, es decir, de amores vividos extramuros del matrimonio. Verdon organiza el texto y expresa las pocas ideas que propone bajo un esquema que no es sólo desplegado en el libro objeto de nuestra atención, sino también en otra de sus obras como Luces y sombras en la Edad Media . Este estilo se caracteriza por iniciar los capítulos con una pregunta problemática, de la cual toma el tema del que se ha creado una imagen mítica, de ser necesario reconoce la veracidad parcial de dicha visión por medio algunos ejemplos, luego toma esa postura y la somete a un cuestionamiento con el fin de refutarla o matizarla, proponiendo posteriormente algunos ejemplos y finalizando con una conclusión que por lo general se sitúa en el marco de la ambivalencia.
El autor y su método: crítica de la historia cultural a la que pertenece el libro
La obra historiográfica de Verdon responde a un objetivo de criba de las oscuridades y confusiones que rondan en torno a la Edad Media, de lo que podríamos rotular como la leyenda negra medieval. Verdon, sin negar los depósitos de verdad que anidan en tal concepción, reconoce, así como en la montaña hay un lado umbrío y otro soleado, una faceta luminosa en el mundo medieval que, en muchos casos, anula los tópicos y clichés negativos. Es, sin duda, encomiable esta labor, aunque tenemos mucho que objetar al método verdoniano, tan coherente con la “estética” de la historia cultural francesa. El siglo XX desarrolló la disciplina sociológica hasta ramificarla en incontables especialidades. Hoy en día, a través de la prensa, se invita al público a una dosis diaria de estudios, que indican mediante números cómo se comportan en determinadas condiciones grupos de individuos. Con frecuencia la legislación se guía por esos informes, las estadísticas de delincuencia son un ejemplo, a pesar de que los estadísticos siguen poniendo en cuestión la precisión de los datos. El pasatiempo universal de hacer encuestas es un vástago de esta sociología. Además, hay una sociología para cada actividad: la ciencia, el arte, el juego o la sexualidad; la de la delincuencia es la criminología. Al mismo tiempo, con la proliferación de ciencias sociales, la escritura de la historia se vio sometida a mitad de siglo a revisión y reforma, adaptándose también al temperamento populista. En Alemania, Dilthey reformuló la historia de las ideas para convertirla en algo parecido a la historia de los mitos sociales, mientras que Lamprecht reclamó una historia que utilizara los descubrimientos más recientes de la psicología y la sociología. Cuando el mítico Lord Acton, decano de la profesión y editor de la Cambridge Modern History, dijo a sus jóvenes colegas: “Ocupaos de un problema, no de un periodo”, les estaba dirigiendo a una situación social en lugar de a una serie de acontecimientos. En Francia, un grupo encabezado por Lucien Febvre tuvo una idea similar: basta de acontecimientos, ocupémonos de las “mentalidades colectivas”. El grupo publicó los Annales, y ese nombre, como se sabe, pasó a denominar una doctrina y una técnica a las que se convirtieron en todas partes la mayoría de los historiadores. La naturaleza de la historiografía se alteró radicalmente; la narración, las figuras individuales, el arte literario, se prohibieron en la definición y la práctica de la disciplina. En historia, estos objetivos se han venido persiguiendo hasta el momento presente y Fernando Braudel y su colega Roberto Mandrou se consideran los maestros del género reformado, que se basa en el estudio minucioso de los hechos corrientes que el curso vital va dejando en los ayuntamientos, comisarías, empresas y trasteros: donde quiera que se acumule papel, en definitiva. Algunos consideran que así la historia se convierte por fin en una ciencia y otros piensan que de esta forma se logra una síntesis de las “ciencias del hombre”. Según la teoría, en esos lugares es donde se aprecia la vida real de la gente. En estas historias, como la historia del amor que ofrece Jean Verdon, la narración da paso a la descripción. El objeto de estudio domina la continuidad temporal y el historiador se convierte en un sociólogo que trabaja con el pasado. Estudia la violencia o el coste de la vida, las costumbres religiosas o las formas del negocio empresarial en un determinado lugar y momento; en nuestro caso, el amor en Francia durante el Medievo. Al abrir tan enormes depósitos de hechos “menores” antes infrautilizados, estos historiadores han hecho un trabajo pionero y sus laboriosas obras merecen respeto. Los historiadores anteriores no menospreciaban tales temas, pero lo único que hacían era seleccionar las fuentes a medida que iban tejiendo sus densos hallazgos para elaborar narraciones de acontecimientos y acciones individuales. Ahora los individuos dejan de ser importantes, ni los grandes hombres ni los de rango medio tienen influencia en el libro de Verdon. El poder recae en la multitud anónima, y lo que esta producía no eran acontecimientos, que importan poco, sino condiciones de vida generales. Esta historia inmóvil pone en cuestión una tradición de 2.500 años. Otro resultado de este tipo de nueva historia fue que el público dejó de leer historia como lo había hecho en el siglo XIX. Algunos historiadores profesionales continuaron escribiendo monografías sobre personas y acontecimientos, pero faltaban Michelets y Mommsens; sus descendientes estaban ocupados buscando sobras referentes a la historia de la amistad, la envidia, o como en Verdon, el sexo. El gran público lee a los divulgadores, sus obras pueden ser excelentes pero lo más habitual es que sean llamativos recitales carentes del vivificante ingrediente que supone una visión propia.
Opinión personal
Es lamentable que se haya sustituido la gran historia por esos intentos de sociología retrospectiva, no porque esta carezca de interés como tal (aunque puede ser tediosamente anecdótica, cual el libro verdoniense), sino porque, a pesar de toda su labor de excavación, fracasa. Verdon, con loable sinceridad, como la de quienes practican este tipo de historia, nos dice que los datos resultan incompletos, que hay grandes lagunas. El resultado es que la masa de detalles no nos dice más de lo que ya sabíamos antes por las referencias literarias. Otro de los inconvenientes que los asuntos tratados (el matrimonio, la lujuria) no son objetos de estudio definibles sino empresas abstractas; al igual que la sociología, agrupan bajo un mismo nombre acciones y situaciones que, desde el punto de vista existencial, son muy diferentes. Pero ¿qué hay de la gran historiografía totalista, interpretativa, weberianamente comprensiva, que pretendía explicar en grandes obras el significado de lo histórico? Tales intentos se clasifican dentro de la categoría de “filosofía de la historia”, porque encuentran un sistema y un propósito en el caos de los acontecimientos. Esto se hace considerando que hay alguna fuerza continua u objetivo predestinado que sirve de fuerza motora y que, al final, llevará a la humanidad a un fin deseable o desastroso. La divina providencia, el desfile hegeliano de la libertad o la lucha de clases marxiana aparecen como motores ocultos en la confusión. La tesis se demuestra agrupando ejemplos históricos que presentan una progresión constante. El mérito de estas ambiciosas obras radica en sus productos colaterales, en las partes descriptivas que, con frecuencia, son historia de buena calidad, original y persuasiva. El esquema se rompe cuando el autor mete con calzador acontecimientos y estructuras bien conocidas en un conjunto de cajas, verbigracia, cuando Marx despacha diez siglos de Medievo en un rígido sistema feudal inalterable. Lo que vicia este sistema, arrumbado por la historiografía posmoderna, es la búsqueda de una causa única, de un motor, su pretendida infalibilidad… pero, indudablemente, los registros históricos alcanzados por esta perspectiva conquistan una amplitud ignota para el microscopio de un Verdon. Echamos de menos referencias a otros historiadores que se hayan enfrentado a los distintos asuntos que toca Verdon en su libro, es decir, de la inserción del libro en una tradición historiográfica respecto al amor; referencias más enjundiosas de las obras literarias, desequilibradamente espigadas; alusiones más profundas a los filósofos y estetas del amor, etcétera. Nos valemos de estas consideraciones para calificar la propuesta de Verdon como decepcionante. El libro es asistemático, irregular y carente de ideas que articulen un argumento; la narración es tediosa y se atranca en un sinnúmero de anécdotas sobre personajes, casi siempre anónimos, en cuya narración el autor no sabe despertar la empatía del lector. Creemos que un tema tan apasionante como lo es el amor en el fecundísimo contexto medieval ofrecía muchas más posibilidades que las que Verdon logra extraer con su anecdotario deshilachado. ¿Somos duros en nuestra crítica? Pensamos que justamente: el libro, en algunos momentos, parece haber sido escrito con pereza, con desidia. Por un lado, resulta extremadamente específico con las ejemplificaciones de cada caso, pero por otro no profundiza teóricamente en ningún aspecto. El autor se limita a sugerir, y a derivar al lector a otros trabajos más completos si quiere hacerse con una imagen más elocuente. No sabe pintar un cuadro de época, no levanta inventario museístico del tema amoroso, sino que ofrece pinceladas impresionistas que saben a poco: echamos en falta al historiador tradicional que contemple el mismo asunto, el amor en la Edad Media, engranado en la infinita diversidad del carácter humano y su gama de deseos y poderes; la multiplicidad de instituciones sociales y políticas; las innumerables fes, códigos y costumbres apasionadamente queridas, ferozmente odiadas y objeto de incesantes guerras; el inmenso universo artístico expresado en una galaxia de estilos y lenguajes, todos ellos fenómenos acompañados de ritos, injusticias, sufrimientos y persecuciones impuestas o asumidas de buen grado. Quizá pidamos demasiado… quizá exijamos al historiador una sensibilidad que los males del cientificismo y la ultraespecialización han mutilado para siempre.