Este libro me ha encantado. Tocando un tema tan delicado como las guerras, no está escrito en plan dramático para hacer llorar al lector contando los detalles más macabros, sino que trata el tema con delicadeza y a través de las historias de los muchos protagonistas. Combina el relato de los hechos con las historias personales de aquellos a quienes Olga Rodríguez conoció en sus muchos viajes a Oriente Medio. Siendo ella periodista, el libro es ameno y fácil de leer, aunque no por ello menos interesante.
"(IRAK) Tuve claro que la guerra -en realidad era una ocupación, pero todos a llamaron guerra- no iba a ser ni breve ni limpia ni exitosa cuando contemplé cómo ardía la Biblioteca nacional de Bagdad. Uno de sus empleados se acercó a las llamas hasta donde pudo, cogió un caldero con agua que alguien le acercó, lo echó sobre el fuego, miró hacia todos los lados en busca de más agua, de ayuda, gritó, y se sentó sobre la acera con la cabeza hundida entre las piernas. Tan solo unos metros más allá patrullaba un convoy estadounidense que en ningún momento hizo nada para intentar apagar el incendio. Miles y miles de libros, documentos y manuscritos de siglos de antigüedad fueron devorados por las lenguas de fuego en una metáfora inequívoca y premonitoria del futuro de la sociedad y la cultura de Irak."
"(PALESTINA, TERRITORIOS OCUPADOS) Mahmud no podía entrevistarse en privado con los presos. Aun así, los testimonios que recogía de ellos eran escalofriantes. Cuenta que los israelíes llegaron a desarrollar un método de tortura propio, el shaking, el agitamiento.
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