Conocí a Carles Porta el pasado año, gracias a Crims, una fascinante serie en formato true crime que analiza al detalle algunos de los casos más espeluznantes de la crónica negra catalana. Hay capítulos que te dejan en shock, todos son interesantes y acabas reflexionando sobre la vida y el mundo que te rodea. Merece la pena verlos.
Total, que me encanta la manera en que Carles Porta te introduce en la oscuridad y acabo escuchando algunas entrevistas que le hacen y conferencias en las que participa, por lo que voy conociendo un poco su trayectoria. Es periodista, productor y escritor. ¡Anda! Pues me encantaría leer algo suyo y descubro que tiene un par de libros que pintan interesantes: "Tor, la montaña maldita", sobre un crimen que desconozco, y "Fago", que está basado en un caso que sí recuerdo porque fue supermediático. Total, que me los apunto. El de Tor veo que está disponible y el de Fago debe de estar descatalogado y sólo encuentro ejemplares de segunda mano en catalán. No sé ni si está traducido al castellano, pero buscaré mejor.
Bueno, el caso es que, de repente, me salta una presentación de un libro. "Le llamaban padre". Y sale Carles hablando del caso, con esa manera tan suya de contar estas historias tan truculentas y busco información en Google porque no es un caso que me suene y entonces veo la cara de David Donet, un tipo normal, aparentemente.
Al final, le doy vueltas. No estoy segura de querer que mi primera lectura de 2024 sea el relato de unos hechos reales tan duros, pero al mismo tiempo, quiero leerlo, quiero tener esta información. La narración es cruda, no deja de ser una histotia real de abusos a menores. Pero también hay momentos muy humanos, esos pequeños detalles que te explican cómo este hombre pudo hacer lo que hizo durante 17 años sin que nadie se diera cuenta y con el silencio cómplice de sus víctimas.
"Los crímenes más atroces los comete gente normal". Es una frase que le escuché hace poco a alguien, puede que la dijera Carles Porta, no lo recuerdo. El mundo del crimen me fascina y, por mi profesión, puedo corroborar y me atrevo a constatar que esa frase no puede ser más cierta. Los peores criminales siempre son las personas que menos te esperarías. Eso es una verdad absoluta, universal, y aún sabiéndolo, siempre alucino con los casos más bestias.
El libro está estructurado en cuatro partes. Cada una plasma el punto de vista de cada personaje. Aunque habló con mucha gente, Porta seleccionó los relatos que consideró más importantes: el policía que descubrió los abusos, el niño que fue la víctima principal, el propio pederasta y la persona de la asociación de acogida que debía evaluar a David Donet. Lo hace en este orden, utilizando un lenguaje claro y conciso, sin caer en detalles especialmente sórdidos (lo cual tiene mucho mérito en un caso como este), pero explicando los hechos sin ambages.
El primer relato es el que te engancha y arranca con una primera frase demoledora. El policía es el personaje (o persona) con el que me sentí más identificada, por su sentido del deber, por su determinación por hacerles justicia a los niños, porque tiene que ser una persona maravillosa, porque si alguien tiene que servirme y protegerme quiero que sea alguien como el.
La propia narración pide a gritos que el siguiente en hablar sea el niño, ya adulto. Hasta el orden de los factores lo sabe elegir bien el autor. Lo que cuenta este muchacho te deja helado. Pienso que el todavía vive congelado a día de hoy. Me encantaría saber si tiene relación con Donet. Me da la impresión de que sí. Una historia de violencia tácita e invisible. Te pone los pelos de punta.
El siguiente en expresarse es el pederasta. Curioso que siempre digan lo mismo. Que si todo surgió de manera natural. Que si empezó el niño, que era el niño el que se insinuaba. Que si era consentido, que él no obligaba a nadie. Menudo desgraciado, hijo de mil p.t.sss. No voy a decir qué le haría. Se merece vivir en el infierno. Me da rabia pensar que está en prisión, viviendo una segunda oportunidad, seguramente con personas que le tratan como si fuera normal, ya que seguro que presenta un comportamiento impecable, con sus terapias de mierda y comiendo 3 veces al día gracias al dinero de todos, durmiendo en una celda de un módulo de respeto. Ganas de vomitar.
Ya, por último, habla la persona que tenía que haber visto algo y lo primero que leo que hace es echar balones fuera y decir que no vio nada porque otros antes tampoco habían visto nada. Es cierto que tiene que ser difícil detectar que una persona haya hecho algo así sin que los niños digan nada, pero es que a este monstruo le llegaron a dar hasta 8 menores en acogida al mismo tiempo y le visitaban mensualmente. ¿En 17 años en serio me dices que nadie ha visto nada? ¿Nada? ¿Ni un detalle? Queda muy claro que sólo vemos lo que queremos y que sólo encontramos aquello que buscamos. Fallos del ser humano. Y, por cierto, eso de la terapia, está muy bien, pero ¿quién le devuelve la infancia a los niños abusados?
En definitiva, una historia terrible y muy bien narrada. Gracias, Carles, por seguir encendiendo tu luz en la oscuridad.