Cuando terminé de leer «El Diablo Sobre Las Colinas» por primera vez, empecé a reír. Me estaba pasando algo que nunca antes me había sucedido con un libro: el decir sin lugar a dudas «¡Qué libro de mierda!». Así, con insolencia jocosa. Recuerdo la tarde, el volver a poner en su sitio el tomo en mi biblioteca, todavía tentado de la risa, e irme a hacer otra cosa. Tenía entre 14 y 16 años. Durante al menos diez años, que se sintieron como si fuesen una multitud más por ser los formativos de la adolescencia, no volví a tocarlo. Cosa extraña ya que debo haber releído cada libro que se me ha cruzado, varias veces. Tantas en algunos casos que me daría pudor admitirlo. Pasó la obra de Pavese a formar una leyenda distinta, especial por sí sola: era el único libro que no me había gustado, del que no había logrado sacar nada. Y eso considerando que, incluso por aquella época, ya había leído cada cosa… que mejor no aclarar, que oscurece.
Diez años después, y con toda una relación de evitarnos mutuamente, le di otra oportunidad de análisis concienzudo a Cesare Pavese y su libro. Sin embargo, cuando llegué a la contratapa, la segunda vez, la sensación no podía ser más diferente.
Una década completa de mantener aquel honor horrible, de ser lo único que se me ocurría al pensar en algo que no le recomendaría a nadie. En el medio, recuerdo haberme cruzado con una reseña online, mucho antes de Goodreads. El autor de la misma contaba con brevedad sobre la vida de Pavese, soltando un poco de luz en detalles un tanto escabrosos. Los que había leído por arriba, de joven en el prólogo de mi edición, escrito por José-Carlos Mainer Baque. Ahí se introducía al lector la figura un tanto agigantada de Pavese. Dejaba un par de sutilezas que bien podrían pasar desapercibidas al ojo poco entrenado. Mencionaba algo sobre un diario; aparece el nombre de Hemingway. Cierta referencia a ser un profeta fracasado del futuro. Un pionero involuntario de la novela realista que vendría durante el resto del Siglo, llegando hasta nuestros días. Además de cierto tono trágico, como la vida de su autor. Bastante promesa para el libro que se venía.
En el análisis online que encontré antes de releerlo, habían un par de pistas extra, pero la principal fue la incomodidad que su escriba sintió, en la que me hice eco de inmediato. «No soy el único, entonces», pensé. En algo que pudo o no ser crueldad, el libro terminaba al final de la reseña, debajo de la pata de una mesa. Bien fuera para pegar el lomo descolado (cosa que pasó también en el mío), fuera porque su valoración era tan negativa que no le encontraba mejor uso que para estabilizar dicha mesa. En los comentarios, alguien volvía a mencionar el diario de Pavese. Se atreve a llamarlo su mejor obra. Dejando de lado apreciaciones subjetivas, no hizo más que alimentar mi ya glotona curiosidad. Algo tenía ese libro, El Diablo sobre las colinas, para generar esa clase de reacción, en especial entre gente que lee.
El mismo no trata de nada que no se haya intentado hacer antes o después, con igual o mejor resultado. Recorre las aventuras y mediocridades de un grupo de amigos italianos, allá por el principio del Siglo durante la posguerra. Amores, noches en vela, tragedias, flirteos con la lujuria eterna grabada en la memoria de los jóvenes. El tono y la narrativa son tranquilos, poéticos, lucen sin ser estridentes. Hay unas bellas descripciones de la naturaleza, la noche y ciertos conceptos abstractos. En otras palabras, se deja leer. Al menos allí hay oficio, costumbre, o lo que sea que un escritor debe desarrollar para serlo.
Pero, no es en la historia que se nos cuenta, a través de personajes como Orestes y Poli, que el corpus de la obra se presenta. Anda subrepticio por ahí, escondido. Va siguiendo a los protagonistas en sus calles italianas, desde lejos y sin ser vista por ellos. Se esconde cada vez que podrían llegar a verla. Los acosa en las colinas, durante sus baños de Sol, y es la que le da esas drogas duras a Poli, que tan mal le hacen y tan bien a la historia para su fin ulterior. ¿Quién o qué es? Tiene muchos nombres, mas si tengo que definirla de alguna forma, será así: es la nostalgia de lo que nunca vendrá. De las oportunidades perdidas y el tiempo que pasa inexorable. Es quizás, la muerte misma, coautora silenciosa del libro hasta su aparición cerca del final, tanto en la ficción como en la vida de Cesare Pavese.
«Todo esto da asco. Un gesto. No escribiré más». Esas fueron las últimas palabras que Pavese dejó en su diario, el cual duró cantidad de años antes de finiquitar así. Diez días después haría lo mismo con su propia vida. Es fácil decirlo ahora, a posteriori. Pero esa sombra de la que los personajes del libro que toca se van escapando sin saberlo, también rondaba la existencia del autor. Así como la de todos, si nos ponemos a pensar en detalle. Se la siente, se la respira entre páginas. Vive escondida en esos paisajes hermosos que nos pinta la obra, en su paleta decadente, dionisíaca, entregada al placer de vivir. Uno que su propio autor añoraba sin dudas, y que sinceramente espero que haya logrado encontrar en algún momento, aunque lo haya perdido luego.
Al igual que yo, joven de entre 14 y 16 años, no podía entenderlo por no haberlo experimentado en carne propia; sus personajes no se dan cuenta. Fallan en sentir y ser conscientes de una cosa pavorosa: pueden estar viviendo los mejores y/o últimos momentos de su vida, sin percatarse de ello. Son jóvenes, tienen de cómplice al verano, sus tiempos libres y el dinero de Poli. Son una representación tristemente adelantada a un concepto escapista del vivir que, hoy en día, conocemos demasiado bien. Poseen el aura invencible de la juventud, del pertenecer a una generación nueva y contar con una armadura narrativa… hasta que les toca darse cuenta de que nunca estuvo ahí. Cuando eso sucede, la realidad patea como mula en un crescendo que jamás se materializa. El libro termina, se cierra el telón. La moraleja y el final, si los hay, quedan a discreción.
Lo abrupto del cierre contrasta en vigor con la tranquilidad, incluso la sensualidad previa. Aquel ocio y experimentación, tanto sexuales como de otros tipos. Se adivina la advertencia, a la luz de los resultados y sin caer en moralismos, sobre los flagelos que las drogas y el libertinaje traerán a camada tras camada de jóvenes. La caída de la aristocracia, su función, los peligros y la tumba social de los narcóticos, tan idealizada desde su concepción por esas fechas. A pesar de ser considerado por la historia un realista, Pavese hace gala de cierto resabio romántico, asqueado de su presente que se parece al nuestro también. Una necesidad de regreso a las fuentes, al equilibrio natural alejado del vicio contemporáneo. Allí puede residir una de las razones para que la historia neblinosa se lea en tono sepia, otoñal y nostálgico; o que su narrativa huya tanto hacia la naturaleza, la descripción. El contar a través de imágenes y no solamente por personajes y sus vivencias. Sin embargo, tampoco se contenta en dejarlo ahí: Pavese duda. Se podría interpretar a Poli como un representante de la aristocracia rancia, inmerecida, caníbal y en descomposición. También de lo conservador y decadente. Una muestra de que tampoco hay mucho lugar al que regresar, puesto que ya no existe o jamás lo hizo. Hay una tremenda dosis de genialidad allí, que de hecho, puede haber sido involuntaria.
Es posible que Pavese haya dicho lo mismo que yo la primera vez, al poner el punto final a su novela: qué libro de mierda. Que sintiera, una vez más, el peso de no haber logrado el cometido. De perder el tiempo en crear una atmósfera inesperada, cuando su objetivo consciente era otro. De mostrarse indeciso y sin un remate o conclusión para lo desarrollado, dando una fábula sin lección. De no lograr en la ficción transmitir lo que si conseguía en sus diarios privados a raudales. La pista viene dada por el abrupto final, una vez más. Que tiene olor a asco, hastío, fracaso. Al final melancólico de una fiesta que era demasiado buena para ser cierta. A creador decepcionado de su obra, así como Pavese lo estaba de su propia vida. Cesare escapa de su obra y lo hace de forma cruel consigo mismo y con ella: algún personaje no llegará a ver el final, y el de otros es tan explícito que no hace falta ponerlo en palabras, ni narrarlo en la duración de la obra.
Estoy seguro de que al leerlo, algunos sentimos eso, lo mismo que el autor estaba vivenciando al escribirlo: la presencia de una nostalgia mórbida, incómoda, sin remate. Hasta desesperanzadora. Los miedos de la adolescencia, las obligaciones, el curso irrevocable de la vida que no para y no espera a nadie. El baño dorado que arroja la memoria sobre los recuerdos, dibujando a su vez la suerte que tuvimos de sobrevivirlos en más de una ocasión, y que nunca agradecemos lo suficiente por no darnos cuenta, igual que los personajes del libro. Hay un Diablo bastante literal sobre esas colinas italianas. Un ente protagonista sin haber sido nombrado. Quizás, la presencia de la muerte misma. La nostalgia de la juventud, el final… y luego, la nada, pues ya nada importa. Tanto y tan poco, que el libro termina en un coitus interruptus, dejando las interpretaciones libres al lector. In media res, sin darnos el golpe de gracia que se presiente, cuando se llevan a un filosófico, desencantado y enfermo Poli a la clínica por una urgencia. Nunca sabremos qué pasó con él, ni con el resto. Como él mismo dice, «pronto terminará todo». Sea allí o unos años después, ¿qué más da?
Esto funciona como un poderoso testamento de las ideas que Pavese profesaba. He leído incontables veces que los autores decimos más de lo que nos gustaría de nosotros mismos en nuestras historias, y este parece ser el caso. Hay una cuota importante de cinismo, abandono a la vida y castigo por los placeres en Poli, que bien pueden representar los del autor. Tanto, que ni siquiera se nos da el final que esperaríamos. ¿Para qué, si el punto ya ha sido demostrado, y el cierre del grupo y Poli es inevitable, inexorable? Algunos de ellos volverán a las vidas que tenían predestinadas desde incluso antes que el relato comenzara, y Poli está condenado igual que ellos a encontrar su fin. A no durar mucho. En el último trazo de maestría, Pavese supo ahorrarnos todo eso y cortar la narración antes. Otra muestra de un estilo que transpiraba desde su propia vida. Pavese valora el oficio de vivir que tiene Oreste, pero llega al final del libro sabiéndose más parecido a Poli.
Diez años después, cuando llegué a la contratapa por segunda vez, mi impresión había virado ciento ochenta grados. Más viejo, contaba con una sabiduría en el oficio de vivir (nombre con el que se publicaron los diarios de Pavese), que me permitía ver tanto al Diablo silencioso en las colinas, como al maestro oscuro que lo había invocado. «Más sabe el Diablo por viejo que por Diablo», reza el refranero popular, y algo de razón tiene. Estando en medio de mi propia maduración, y teniendo una inclinación natural a la nostalgia, ahora estaba cumpliendo otro papel que el de leer una palabra detrás de la otra. Estaba comprendiendo, sintiendo. Estaba además aprendiendo que cuando el aprendiz no está listo, todos los maestros son malos. Porque, citando la correctísima reseña de Alejandro Teruel en esta misma página (que recomiendo para interiorizarse sobre pormenores del libro que no he nombrado a fin de no ser repetitivo), se trata de una obra maestra. Con el detalle ácido de que su lección no es la que se espera, puesto que los maestros no siempre enseñan lo que nos gustaría aprender, sino quizás, lo que necesitamos.
Dentro de poco se cumplirán otros diez años desde mi última relectura del libro. Si todo sale bien, le haré los honores correspondientes al antiguo «peor libro que haya leído», del maestro Pavese. Quien me enseñó en la práctica que a veces, simplemente, no estamos listos, o somos demasiado ávidos en juzgar desde nuestra experiencia. Sé que ya no me reiré, aunque si tendré una sonrisa cómplice. La gran diferencia con la primera lectura, será que esta y todas las veces que le sigan, podré verlo. Ahí, escondido en el fondo de la narrativa. Convirtiendo al único libro que no me había gustado, en un clásico personal y lección al mismo tiempo. Estaré viendo, igual que Pavese y todo aquel que quiera verlo, al Diablo sobre las Colinas.