“La señora le dejó allá sus ojos la mañana del rodeo en Mata Oscura, y él, por más que se resista, tiene que venir a traérselos.”
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Empiezo diciendo que considero a Doña Bárbara, del escritor venezolano Rómulo Gallegos, publicada en 1929, una obra maestra.
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Se trata de una novela cuya simbología y mensaje son representativos del realismo literario en boga en Latinoamérica en el primer tercio del siglo XX. Una literatura que denunciaba el atraso y la injusticia y que a menudo esbozaba un programa civilizador.
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Estos rasgos, claramente presentes en Doña Bárbara, ya hacia mediados del siglo XX se consideraban superados por la nueva literatura que se abría paso en Latinoamérica e incluso eran vistos con desdén por cierta crítica literaria de inspiración borgiana (véase el libro Los nuestros de Luis Harss, publicado en 1966).
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Pero así como ni a Dante ni a los lectores posteriores, el caracter inicialmente propagandístico de la Eneida es algo que les haya estorbado para apreciar el valor literario de la gran obra de Virgilio, también los lectores del siglo XXI podemos disfrutar de la bellísima narrativa del llano venezolano contenida en Doña Bárbara al margen de su mensaje “político”.
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Cierto que los personajes de la novela están construídos con desigual acierto. Mientras personajes secundarios como Juan Primito, Pajarote, Carmelito y Melquiades son perfectamente retratados a través de sus diálogos en un fascinante registro dialectal, y el arco que describe la compleja personalidad de la avasallante doña Bárbara a lo largo de la novela es trazado con maestría, en cambio los protagonistas románticos, Santos Luzardo y Marisela, son planos y poco creíbles.
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Pero lo que hace de Doña Bárbara una de mis mejores lecturas de este año es el uso prodigioso de la lengua –tanto en su registro culto como en el dialectal– para describir la vida en el llano venezolano y la amenazadora belleza de la naturaleza. Sencillamente asombroso!
Comentarios adicionales
Alguien cuyas opiniones literarias normalmente tengo en estima, me ha dicho recientemente que Doña Bárbara (1929) de Rómulo Gallegos y Casas Muertas (1959) de Miguel Otero Silva son novelas que comparten los mismos defectos y virtudes. No es que no esté de acuerdo, sino que me parece que es casi como decir que un buen café de especialidad y un café requemado de bar comparten la virtud de la cafeina y el problema de causar insomnio.
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Hay desde luego paralelismos entre ambas novelas, quizás porque Miguel Otero Silva se inspiró para Casas Muertas en no pocos aspectos de la considerada por la mayor parte de la crítica la mejor novela venezolana de todos los tiempos.
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Supongo que entre las virtudes que comparten ambas obras está la belleza del lenguaje con que se describe la desolada naturaleza venezolana; pero lo que en Gallegos fluye como sin esfuerzo y deja al lector con la boca abierta, en Otero Silva también llama la atención del lector, pero pudiendo dejarle la sensación de ser un remedo que unas veces sale bien, pero otras roza el almibaramiento y la afectación.
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Luego están los personajes, que, según mi amigo, pecan en ambas obras de poca profundidad. De nuevo debo matizar la afirmación. En Casas Muertas todos los personajes son estereotipados, empezando por la aburridisima heroina Carmen Rosa, mientras que del amplio elenco de personajes de Doña Bárbara, solo a dos puede achacárseles ese defecto: a la pareja romántica formada por Santos Luzardo y Marisela, auténticos personajes de culebrón.
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Sin embargo, no hay en Casas Muertas ningún personaje construido con la sutileza y complejidad de la propia cacica del Arauca que da nombre a la obra de Gallegos. Un personaje que además pertenece al reducido círculo de aquellos que han trascendido las fronteras de la literatura para alimentar la imaginación popular. Por contraste, en Casas Muertas, Carmen Rosa, es una de las heroinas más sosas y estereotipadas de la literatura venezolana -y hay unas cuantas: siempre perfecta, siempre plana, a la única que no rozan las enfermedades que asolan el pueblo, la que se hace novia del único chico guapo del lugar, quien muere oportunamente para que la heroína, a lo Scarlett O'Hara, jure renacer de sus cenizas y así pueda protagonizar una secuela titulada "Oficina Nº 1". Carmen Rosa es si acaso comparable con ese personaje femenino secundario e igualmente poco creible de "Doña Bárbara" que es Marisela.
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Pero además en Doña Bárbara encontramos personajes secundarios verdaderamente fascinantes que no vemos en Casas Muertas: el siniestro Melquíades, el bachiller Mujiquita, el inocente Juan Primita, y sus fantásticas aves, los “rebullones”, que prefiguran el muy posterior realismo mágico, entre otros.
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Por último, algunos críticos como Luis Harss ("Los nuestros", 1966) han señalado -como algo negativo- que ambas novelas hayan sido representativas de esa literatura latinoamericana anterior al boom de los 60 y los 70 llena de simbolismo sobre las realidades sociales de los pueblos latinoamericanos y la esperanza de progreso. Pero no es lo mismo que una novela como Doña Bárbara, publicada en 1929, esté marcada por esos valores extraliterarios tan característicos de su época, que que lo haga una obra publicada en 1959 como Casas Muertas cuando ya esa corriente estaba desfasada y superada en el panorama literario latinoamericano. Quizás ello contribuya a explicar por qué Casas Muertas fue completamente ensombrecida por una obra contemporánea como Pedro Páramo de Juan Rulfo, que a pesar de mostrar analogías temáticas (pueblo abandonado y habitado por sombras), emplea una técnica narrativa completamente rompedora con la literatura regionalista del pasado.
Más apuntes
Doña Bárbara está estructurada en tres partes; las dos primeras de trece capítulos cada una, y la tercera de quince capítulos.
1.- En el año 1955, la editorial venezolana Edime publicó un lujoso volumen en piel con obras selectas de Gallegos y un prólogo del autor escrito con motivo de los 25 años de "Doña Bárbara". En él Gallegos explica que salvo Santos Luzardo y Marisela, el resto de los personajes, incluyendo doña Bárbara, se basan en personas que conoció en el llano venezolano.
2.- Primera Parte, cap.III: "La devoradora de hombres".
La frase inicial que miles de lectores recuerdan de esta novela no está en el capítulo 1, como es habitual, sino en el inicio del 3: "¡De más allá del Cunaviche, de más allá del Cinaruco, de más allá del Meta! De más lejos que más nunca [...] De allá vino la trágica guaricha".
3.- Primera Parte, cap.III: "El Familiar"
Este es el nombre que los supersticiosos habitantes del llano venezolano daban al espíritu del animal que se enterraba vivo al fundar un hato o hacienda para que velara por ésta y sus dueños. La superstición es una parte importante del caracter de los personajes populares y juega un papel en el desarrollo de la trama.
4.- Segunda Parte, cap.II: "Los amansadores"
En este episodio que narra la doma o el "amansamiento" de una yegua apodada "La Catira", Gallegos establece un llamativo paralelismo con el amansamiento de Marisela, la hija que doña Barbará repudió al nacer y que se crió como una muchacha salvaje.
5.- Segunda Parte, cap.III: "Los rebullones"
Se trata de pájaros que solo ve el personaje de Juan Primito y que son la encarnación de los pensamientos criminales de doña Bárbara.
6.- Segunda Parte, cap.XI: "Soluciones imaginarias"
En "Doña Bárbara", Gallegos introdujo el monólogo mental o "interior", tan propio de la literatura modernista. Un buen ejemplo lo encontramos en este capítulo donde Santos Luzardo reflexiona sobre qué hacer con sus sentimientos hacia Marisela.
7.- Tercera Parte, cap.I: "El espanto de la sabana"
El personaje de Melquiades es como un alter ego de doña Bárbara: malvado, mestizo y "dañador" -es decir, brujo- pero leal hacia su ama.
8.- Tercera Parte, caps.XIII y XIV
El personaje de doña Bárbara experimenta un profundo cambio desde el momento en que conoce a Santos Luzardo, un cambio que alcanza su climax cerca del final de la novela, cuando, derrotada, decide abandonar su hacienda "El miedo". Podría decirse que desde el punto de vista psicológico, el núcleo de la novela es la narración de ese arco que traza el personaje principal de la novela. Santos Luzardo y Marisela, personajes planos, simplemente servirían de contraste y contrapunto para hacer más efectiva la narrativa de esa transformación.