Los cuentos de Lillo son pequeñas odas a la cotidianidad en las que vidas sin especial relieve ni glamour adquieren una nueva profundidad. La generosidad, la miseria, la fragilidad y la grandeza afloran en historias que nos revelan la abismal soledad que resuena en el centro de las relaciones humanas. Un hombre que lleva su vida entera encerrada en un coche destartalado y se gana el sustento vendiendo espléndidas mentiras, o unos hermanos que vuelven a encontrarse con el padre cuando ya no queda nada por decir y perdonar. Luego, de repente, la voz de una mujer cansada de un hombre que la hizo feliz, o un joven que lee en voz alta y una niña que escucha para olvidar... Entre camas deshechas y jarrones rotos, con las luces apagadas para contar la verdad, bailan los cuentos de Marcelo Lillo, un narrador que muestra de cerca la desolación y de vez en cuando se asoma con pudor a la felicidad. No estamos hablando de un autor joven que apunta maneras, sino de un hombre maduro, dueño de un estilo que lo une a los grandes maestros, y que hace tiempo ya publicó algunos de sus trabajos, pero pasaron los años y Lillo iba acumulando sus hermosas historias en un cajón sin atreverse a más y sin salir de Niebla, un pequeño pueblo costero de Chile. De vez en cuando, como todo el mundo quiere ser un homenaje a un gran maestro casi desconocido. ¿Cabe que sea tarde ya o que Niebla quede a trasmano? Nunca es tarde y nada está lejos cuando hablamos de buena literatura. Reseña: «Gloriosos [...]. Los cuentos de Lillo se recuerdan en esta época de adormideras y memorias frágiles [...]. El ejemplo de Lillo y de sus personajes llenará de esperanzas a los invisibles.» Marta Sanz, Babelia (El Libro de la Semana) «Los cuentos de Marcelo Lillo terminan en puntos suspensivos, como todos los argumentos de la propia existencia. Por esa razón tienen algo en común con el arte de la novela, aunque posean, por otra parte, la economía estructural de elementos que reclamaba Chéjov para el género.» Iñaki Ezkerra, La Verdad «Me apasiona su precisión, su aparente y deslumbrante sencillez, y las cargas de profundidad de todos los relatos. También cómo combina la concisión con lo melodramático, pero con contención, sin truculencias ni efectivismos.» Clara Usón, El Cultural
Se trata de un libro que reúne un total de 30 cuentos de Marcelo Lillo, algunos de los cuales, según he podido leer, se hallan también en otras obras similares a éstas (es decir, si has leído algún otro libro como éste, es probable que alguno o varios de los cuentos te resulte familiar).
Si no le he dado una mayor puntuación es porque, al tratarse de una recopilación de cuentos, tengo que valorar la obra completa y lo cierto es que algunos de esos cuentos (pocos, pero algunos) me han dejado totalmente fría. Supongo que se trata más bien de algo totalmente subjetivo y personal; historias con las que, por la razón que sea, no he conseguido conectar y me han llegado incluso a aburrir, a pesar de su calidad literaria (esto sí es algo presente de principio a fin).
Otras, sin embargo, es como si te golpearan. Situaciones y temáticas cotidianas (quizá por eso te dejen tocado, porque sabes que podrías ser uno de los personajes), contadas sin adornos; como decía Ignacio Echevarría, impecables e implacables.
Algo que podría parecer negativo y que, sin embargo, a mí me ha parecido una de las mayores virtudes de Lillo, es que casi todas esas historias acaban sin un final explícito. Yo, personalmente, lo he agradecido, porque eso hace que te dejen más poso, si cabe. Te quedas pensando en lo que acabas de leer y sentir, antes de pasar a la siguiente.
Una raccolta completa di racconti è una lettura difficile. Non conoscendo l’autore, mi ha sorpreso trovarmi di fronte ad alcuni racconti molto ma molto interessanti. Dopodiché, l’essenza della raccolta, fa sì che mano a mano che si addentri nell’opera dell’autore, sembri tutto un po’ abbracciato: temi che vengono ripresi e rielaborati, storie che sembrano sorelle nate a distanza di anni, ossessioni che riaffiorano dalle prime pagine a quelle finali. Nel complesso, una buona lettura.
Grandes cuentos, los de Marcelo Lillo. Deudores de la cuentística norteamericana y en especial de Raymond Carver, Lillo bosqueja aquí un universo de gente de a pie con los bolsillos llenos de fracasos, a la luz de una mirada compasiva.
Hay muchos cuentos que merecen las cinco estrellas y otros, los menos, que no llegan a ese esplendor. Aún así, con el "fumador" y un par más, logra llegar a la excepcionalidad y erguirse como un caso raro en la narrativa chilena. Se trata, a mi juicio, del libro de un maestro del género, pese a que ciertos personajes puedan ser acartonados y que Lillo tiene un estilo antilírico, prosaico, quirúrgico, muy carveriano o cinematográfico en su lenguaje. Copia a Carver o al que sea, pero preña lo que roba, como dice Gómez Dávila. Y eso es, precisamente, una seña de literatura de calidad.
Es triste que un libro tan bueno tenga tan pocas reseñas; más que triste, es una señal clara de los tiempos literarios que vivimos y del gusto de esta época: brilla lo mediocre, relucen las bisuterías para los miles de lectores que se contentan con bazofia comercial o panfletos disfrazados de cuento. Con todo, quizás es bueno que Lillo permanezca maldito y en la sombra, en Niebla o en algún tibio infierno valdiviano junto a la estufa, pues sospecho que esa soledad y falta de reconocimiento masivo le han servido para seguir escribiendo a su manera: como un creador legítimo. Como un cuentista de quilates.
Historias de familias rotas, padres ausentes, esposas que de un día para otro hacen saltarlo todos por los aires, decepciones por hermanos que se menten a ser actrices o a hacer la revolución o contraen el sida. Historias de marginados, de perdedores. Historias de barrios pobres, de pueblos pobres en lugares con costa, niebla y una desesperanza opresiva. Historias de gente pequeña que a veces consigue redimirse. Perdonar a una madre que nunca te amó. O que lo hizo de la manera equivocada. Perseguir al padre que te abandonó hace treinta años. Historias de gente que trata de sobrevivir a una herida del alma.
En fin, que me ha gustado una jartá. Tienes a un autor cuya vida parece trasplantada directamente de un relato de Carver mezclado con Bolaño. Una prosa lacónica con diálogos efectistas pero sin llegar a ser un melodrama. Y cuentos que parecen todos el mismo (además que la ordenación que propone la edición lo favorece) y, sin embargo, tienen por separado una candidez especial.
Mis favoritos: Una puta oración, El fumador, Hielo, Apaga la luz, Nunca he estado en Katmandú, Vida de un cachorro.
"vimos televisor", "tomamos bebida": terribles relatos tan derivativos de carver y hemingway pero en mala. otra impostura chilena promovida por echevarría.