“Es un hecho irrefutable que las personas, a medida que envejecen, van teniendo más recuerdos y menos planes”.
Perú.
Trinidad Ríos necesita un trasplante.
Y su padre es la única oportunidad de conseguirlo. De seguir viva.
Ese que canta y que ha ido desperdigando hijos por doquier.
Ése. Ése. Ése es su padre. Daniel Ríos.
O Danny de los Ríos como se le conoce en el mundo del espectáculo.
Cantante, bipolar, mujeriego. Quién da más.
Así que, aunque ésta pueda parecer tan solo la historia de ese encuentro presumiblemente bien avenido, el nudo es mucho más extenso. Tanto que en ocasiones se nos hará algo confuso, sin saber muy bien a dónde nos dirigimos. Perdemos el mando. Ganamos en diálogos. Y eso me gusta.
Me gusta que la variante peruana me traslade directamente a sus calles, a sus gentes y a sus desgracias, miedos y equivocaciones. Me gusta que no se esconda el machismo de ellos, los celos patológicos de ellas, la falta de medios, el interés interesado, o la envidia. También el cariño, el amor, el desinterés y la ilusión.
En cuanto al desenlace, llega como un torrente inesperado, dándole sentido a los detalles y las migajas que se han ido esparciendo. Con naturalidad, sin pretensiones y absolutamente exponencial, creo que es una novela que se inicia sin aspavientos, de la que empecé diciendo que me iba a dar absolutamente igual, pero que poco a poco va cogiendo forma y tamaño gracias a sus protagonistas y finalmente te deja un regustillo agradable.
No es un novelón. No.
Pero sí tiene ese punto canalla y festivo que me ha hecho pasar un buen rato. O ratito. Que es cortito.